8 de febrero de 2017

Este jueves, relato: El protagonista oculto... Una guerrera.


Encarni es actriz. Hoy tiene rodaje. 
Un rol dramático, como su vida. 
Sale de casa apresurada, nerviosa. Ha conseguido maquillar los hematomas de su cara y, de nuevo, darle brillo a sus expresivos ojos.
De camino al estudio se esfuerza por recuperar la normalidad. Ella es tierna, amable y apasionada con todo aquello en lo que cree; pero en casa... eso es otra historia, al menos hasta hoy. No sabe si, por fin, será capaz de cumplir lo que se ha prometido.

Toma consciencia nada más gritar el director:       
«¡Silencio, se rueda!».
La primera frase de su partenaire, rebota en la madera del falso decorado simulando un golpe que la arroja al suelo:   
«¿Que me calle? Todas sois iguales. ¡Unas putas!».
El limitado aforo, completo, contiene la respiración. 
Encarni traga saliva e inicia el diálogo con la que es su réplica:
«Si me vuelves a tocar me voy para siempre».
Él le grita de nuevo, salpicándole el alma con una desbocada ira:
«No te atreverás, si pones un pie en la calle, te mato».
Él es un perdedor, luce los harapos de la violencia y desde el centro de la escena, borracho, la ve salir con su maleta. Iracundo la detiene mientras ella abre una puerta de cartón y, una vez más, loco por la insumisión la fuerza hasta violarla sobre una rancia alfombra. Encarni, humillada y malherida reacciona desde la inferioridad lanzando al aire golpes ciegos y desordenados que él sortea con acierto. Ella sabe, por exigencias del guión, que esa rebelión física es su sentencia de muerte. Un certero golpe de él, la lanza contra el taquillón de chapa que acaba con su vida. Los focos, en un lento travelling, se deslizan captando la pintura roja en el rostro de Encarni, terminando en un desenfocado horizonte pintado sobre una tela. El director, satisfecho con esa toma exclama:
«¡Corten! Vale. Hemos finalizado».
Encarni se levanta y decide salir por esa puerta que nunca llegó a cruzar.  Coge su maleta y dirigiéndose a la salida mete la mano en el bolsillo del abrigo palpando el contorno de un pasaje de avión. Mira a ambos lados sin miedo. 
Libre.
Solidaria.
Guerrera.
Ha elegido ser ella misma. A partir de ahora las cosas van a cambiar y, con la cabeza alta, hace «mutis por el foro».


25 de enero de 2017

Este jueves, relato: Soledades


Soledad transgredida.

Busco la soledad entre la gente. 
La soledad elegida.
La que reconforta y estimula.
La que encontraba hace años al salir a la calle. En el autobús. En las terrazas. 
En los pasos de peatones, incluso en el bar.
Soledad, hoy hipotecada, perdida, vendida al diablo.

Los espacios grandes o pequeños, abiertos o cerrados se han convertido en un inmenso, incómodo, incontable, irrespetuoso y universal locutorio telefónico.
Gestos. Exclamaciones. Risas gratuitas. Gritos que intimidan y susurros que también.

Al instante, uno se convierte, sin querer, en testigo de confesiones, planes, divagaciones, reproches. Espectador —más bien auditor— de secretos, enfermedades, verdades a medias y mentiras enteras. La vida de otros en definitiva, que al mismo tiempo es la nuestra. Poco a poco, día tras día, año tras año, agresión tras agresión.
La búsqueda de la soledad se ha convertido en una insufrible pesadilla.

¿Dónde estás, querida soledad?


Más soledades en el blog de Pepe

11 de enero de 2017

Este jueves, relato: Juegos de infancia



Juegos en el barro.
Mi calle era estrecha y larga. Tenía nombre de heroína y ambas, calle y heroína, fueron testigos de mis primeros juegos.
Me veo en ella de niño. Descubriendo olores, compartiendo tiempos, haciendo amigos e inventando enemigos.
Frente a mi puerta las casas se interrumpían y el sol colaba sus rayos iluminando las fachadas que iban del 60 al 68. Ese gran solar todavía no robado al campo era cuartel general de lagartijas, perros, gatos y alguna que otra gallina.
Tengo tres fotos de aquella calle. 
En una de ellas, agachado, lanzo una canica de arcilla marrón al aire:
Chiva.
Pie-bueno.
Tute.
Matute... 
¡Gua!.
Calle de panas y boinas, delantales y alpargatas. Y barro, mucho barro, que despiadadamente nos dejaba la lluvia para enfado de mi madre.
Al fondo un solar donde se interrumpían las casas y mi abuela, con la colada repartida sobre el confiado arbusto, recibía gratis el sol a través de linos, lanas y algodones. Yo, con ropa de ensuciar, miraba —que no veía—, mientras me comía una yesca de pan con aceite y sal.
En otra foto al grito de: «¡Churro va»! me lanzo sobre las espaldas de Agustín y Federico que, inclinados, soportan mi embestida:
Churro.
Media-manga.
Mangotero...
¿Cómo se quedó?
Una calle llena de corazones curiosos, de azulejos de Manises y miles de sueños que nacían y morían cada año.
En la tercera foto, sorteando el barro, lanzo con la pala, al aire, el pic lo más lejos que puedo.