18 de agosto de 2016

Este jueves, relato: Jueves olímpico


Bolt se mantiene erguido, apoya la planta de sus Nike en la superficie porosa marcando sobre la arena rojiza la evidencia en la búsqueda de una mejor posición. Hunde la punta de su zapatilla para lanzarse en el primer salto. Espera concentrado el disparo que anuncia la salida.

Su cuerpo proyecta a través de su sombra, ligeros y oscilantes movimientos hasta encajar ambas figuras en un todo absolutamente controlado. Su sombra y él son uno, juntos, a volar hacia la gloria.
Pauta su respiración hasta memorizar los latidos. Siente el ritmo de sus pulsaciones y sueña; es lo único que reclama su atención: 135, 140, 145... golpean secuencialmente en el fondo de su pecho.

Su habitual silueta, se desvirtuaba perfilando en su perímetro corporal las alteraciones propias de un tono muscular en alerta, especialmente los gemelos que presionaban sobre su piel en un intento de escapar hacia adelante.
Un sudor helado le corre por la frente cuando ve por el rabillo del ojo, levantar el brazo del juez de salida. Un primero y último esfuerzo, que son el mismo y la coordinación en los movimientos le dispara hacia la gloria.

Inicia la marcha, uno, dos, tres y la zancada se perpetua en el aire, tan sólo cien metros. Nota en la palma de sus manos la velocidad, dejando atrás al viento que inevitablemente rellena su vacío. Avanza el pecho, solo, como de costumbre y sólo a dos centésimas para los diez segundos.


3 de agosto de 2016

Este jueves, relato: Un día en... Londres.


7’30
Con ropa deportiva atravesamos en hall del Grosvenor House y, una vez en Park Line, buscamos la entrada próxima a Hyde Park. Hace frío en este día de invierno, frío del que el corredor se sustrae fácilmente por la belleza del lugar. Giramos en el Speakers’ Corner y seguimos hasta la orilla del Lago Serpiente, a continuación el palacio de Cristal y de nuevo camino del Hotel.
9’45
La primera distancia la cubrimos en metro, la entrada más próxima está en la esquina de Park Line con Oxford St. cerca del arco de mármol blanco que da nombre a la estación del suburbano: Marble Arch. Después de algún trasbordo, llegamos a nuestro primer destino, una de las librerías más impresionantes de Londres, Waterstone’s, hay otras de la misma cadena en la ciudad pero este edificio tiene algo especial, mantiene el aspecto y sabor de los libreros que le precedieron, la famosa librería Dillons, tal y como la conocimos en Torrington Place.
12’00
Es hora de recogimiento y tranquilidad, de nuevo atravesamos la ciudad por sus tripas y emergemos por la base de la Reina Boadicea y su vecino Big Ben. Sorteamos el Parlamento y paseamos por los jardines de la Westminster Abbey.
14’00
En Londres, como en casi toda Europa las cocinas cierran cuando menos lo piensas, TatterSalls Tavern está frente a Harrods, en el 2 de Knightsbridge Green se come pronto y bien, lo que sea con una buena pinta de Guinness.
17.30
Cruzamos el río por el puente del Millennium y paseamos en dirección opuesta al Parlamento, buscamos el cambio de guardia de la Royal Horse Guard en Whitehall. Coincidimos con el solemne relevo de caballos y jinetes engalanados.
19’00
Ya ha anochecido y el cuerpo pide una retirada vergonzosa, esta vez será en taxi, pero antes una visita de cortesía a una de las tiendas de Terence Conran, los «Hábitat» de Londres son diferentes a los de España. Un culto al objeto, al diseño de las piezas y útiles domésticos más sencillos y cotidianos.
20’00
Mientras consideramos las diferentes opciones y, una vez recuperado el tono, hacemos una previa en la barra del Borbón, seguro que este Dry Martini nos ayuda en la elección.


23 de junio de 2016

Este jueves, relato: Miedos infantiles.



Está arriba del armario. Se asoma detrás de una vieja maleta de esas de cartón-tela con rayas marrones. 
Es grande, feo, gris, oscuro..., muy oscuro. Se confunde con la negrura de la noche y su sombra se pasea acompañando el reflejo que, cada vez que pasa un coche por la calle, su destello ilumina la pared frontal. Tiene que ser malo, con esa pinta y escondido, no augura nada bueno. Desaparece cuando enciendo la luz, obvio, no quiere delatarse. Eso me obliga a dormir, cada noche y desde niño, con la luz encendida. Sigue allí en lo alto, escondido tras la maleta. Lo adivino, lo intuyo. A oscuras, situación que trato de evitar a toda costa, huele a rancio, a viejo, a podrido.
Hoy con 68 años sigo durmiendo con la luz encendida, porque cuando la apago su sombra sale de detrás de la vieja maleta y su olor es insoportable.