29 de noviembre de 2007

Para Alfredo "Senior"



“Malagueña”, era la canción con la que mi padre animaba las fiestas familiares. En su familia, destacaban algunos componentes por sus cualidades para la lírica, mi padrino Alfredo y mis tíos Vicente, Carmen y Trini formaban parte de una coral que participaba regularmente, en los festivales de Habaneras de Torrevieja.
Lo cierto es que a mi Padre no le recuerdo tantas excelencias musicales, pero sí era un gran cómico, me lo imagino destrozando la canción con una versión histriónica, haciendo q
ue la concurrencia se destornillase de risa.


El primer tocadiscos que tuvimos en casa fue una pequeña maleta roja marca Philips, sus dos partes se separaban entrelazadas por un cable que alimentaba el correspondiente a los altavoces, dejando al descubierto el giradiscos y su brazo. El lote vino acompañado por unos vinilos de tamaño mayor al normal, con unas fotos en las portadas muy representativas y unos títulos que solamente había oído tararear en algunos encuentros familiares.

A partir de ese momento “Bohemios”, La Revoltosa” o “la Canción del Olvido”, se convirtieron en un fondo musical cotidiano. Mi afición por “La Zarzuela” aumentó cuando asistí frecuentemente a las representaciones que los domingos por la tarde se daban en el Teatro del Colegio del Patronato, donde además cursaba estudios primarios. Recuerdo las inconfundibles melodías que surgían de los grupos de cuerda, unos violines y chelos mas que regulares con sonido a madera y olor rancio, una orquesta muy limitada que reunía a entrañables ancianos, tenores, sopranos o barítonos a los que siempre recordare con trajes sacados del “fondo de armario” del teatro. El campesino vestido de pana de “El Caserío”. La mujer triste ataviada de seda negra de “La Dolorosa” o los coloristas y volantineros de Casta y Susana de “La Verbena de la Paloma”. Y sobre todos ellos, al Actor Mora, el único del que recuerdo el nombre, que daba vida a los personajes cómicos de las Zarzuelas.

Domingo tras domingo y desde lo alto del “Gallinero” fui familiarizándome con las situaciones, los personajes, los preludios y los intermedios, los títulos y sus autores. Ese, fue sin duda el poso que sedimentado durante mucho tiempo, me ha permitido demasiados años más tarde apasionarme por la Opera. Del comentario anterior podría desprenderse que mis conocimientos de la opera son amplios y precisos, pero la realidad es que mi introducción en este mundo esta limitada de momento y de forma particular a algunos autores italianos, Puccini y Verdi, son entre otros, a los que mejor y más fácil acceso he tenido.

En alguno de mis viajes a la feria de Milán, paseando por la puerta del “Teatro Alla Escala” soñaba con la posibilidad de coincidir algún año con la representación de alguna de mis Operas favoritas.
Durante algún tiempo estuve siguiendo de cerca la programación y comprobando año tras año, que no se daba esta circunstancia, valorando por supuesto, la enorme dificultad que supondría, que aún en el caso de que se diera, tendría para la obtención de las entradas.

A la compra por correo del libro que editaba el Teatro, con la programación anual de la temporada lírica, le sustituyó, el inmediato acceso a su página Web a través de Internet y de esta forma obtenía una más completa y puntual información. En una de mis visitas a la citada página, comprobé con enorme sorpresa una representación de “Turandot”, prevista para la primavera próxima, y aunque por unas semanas no coincidía con las fechas de la Feria, acaricie la posibilidad de cambiar el objetivo del viaje dándole un carácter más lúdico y menos profesional. Todavía quedaba lo más difícil... conseguir entradas para el evento. Fui desestimando la opción de conseguirlas por mis propios medios, y también la de obtenerlas por mediación de amigos y conocidos en Milán.

Casualmente la citada representación tenia además unas connotaciones especiales, La dirección musical corría a cargo del famosísimo Sínopoli -desgraciadamente falleció unas semanas antes mientras dirigía una opera en Berlín- la Dirección artística, era obra del japonés Keita Asari, que ya había impactado la temporada anterior con su puesta en escena de “Madame Butterfly”, y que junto al tenor Nicola Martinucci, las sopranos Alexandra Marc y Cristina Gallardo y el bajo Andrea Papi, hacían de la representación un exquisito bocado para los paladares operísticos, más exigentes del Mundo. Recordé la eficacia de otros viajes organizados por “El Corte Ingles” y pensé que planteado como un paquete que estuviera compuesto por el traslado, la estancia y las entradas, quizás habría alguna posibilidad, formulé la petición, y esperé paciente.

Tres meses más tarde, cuando el asunto por mi parte estaba olvidado, recibí un fax con un presupuesto global de una opción remota pero viable, condicionada a la inmediata aceptación de dicho presupuesto.

El taxi nos dejó a Regina y a mí, en la puerta del teatro, era muy pronto, no obstante el acceso ya estaba permitido, queríamos vivir intensamente esas horas. Mirando, tocando y leyendo todo lo que se ponía a nuestro alcance, paseamos durante largo tiempo entrando a través de corredores en palcos, platea, vestíbulos, nos deteníamos ante las esculturas, que decoraban los foyer de las diferentes Galerías: Puccini, Verdi, Toscanini, Rossini...
Ocupamos nuestros privilegiados asientos en la quinta fila de platea, recreándonos en la visión de los palcos semi-iluminados en la penumbra general de la Sala, en el inmenso telón de terciopelo rojo con el escudo del Teatro bordado en oro y la espectacular lámpara de “araña” que dominaba desde la cúpula de platea, todo era pura magia.

Empezó “Turandot”, acabó “Turandot”, y nosotros de nuevo salimos los últimos.

24 de noviembre de 2007

El Llach que más me gusta.


Lluis Llach es mi músico de cabecera. Me ha acompañado en la segunda mitad de mi vida, lo he disfrutado en mis mejores momentos y lo he utilizado para recomponerme en los peores. Sigue siendo una referencia estimulante de la que no quiero prescindir. La presencia de su música ha sido una constante en lo bueno y en lo menos bueno, me gusta el Llach letrista, pero me apasiona el Llach músico.
Lo conocí una noche en un concierto en “La Sociedad Coral El Micalet” de Valencia, eran tiempos de “Madame” y “La Gallineta”, se acababa de editar su tercer disco “I si canto trist”.Asistí, con mi amigo Ramón Paredes y su jefe D. Salvador Mir. -30 años después D. Salvador sigue siendo su jefe, pero hace tiempo que para nosotros es sencillamente Salvador-.Aquella primera noche, Salvador llamó mi atención, por su aspecto pulcro y de porte elegante, trajeado y con corbata, el pelo cortado a navaja, aterrizado no sé por que extraña razón, entre aquella panda de “rojos” con barba, incluidos Ramón y yo, que aunque con cierta disposición a la protesta estábamos mas por “Com un abre NU” que por “La Estaca”.
Aquella noche descubrí un artista completo, sus textos eran frescos y valientes, expresados con unos registros líricos desgarradores, inusuales para un cantautor “Pop”. Textos que evidenciaban mensajes de fuerte compromiso social, y a la vez tiernos y poéticos sobre los que se construían las más bellas canciones de amor por las personas y por la naturaleza.
Huelga decir que a partir de ese momento, nos convertimos en incondicionales de la Obra de Llach, comprando sus discos y asistiendo a sus conciertos. Ramón me ha vuelto a acompañar en otras ocasiones, pero mi entusiasmo por el cantautor ampurdanés, ha hecho que también quisiera compartir esta fiesta de música y sensibilidad que son sus conciertos, con otras dos personas, Regina que me acompaña siempre y José Badenes que lo hace con frecuencia.
Recuerdo especialmente, un concierto al que asistimos una noche de verano, en el Teatro Romano de Sagunto, antes de la más que correcta intervención de los arquitectos Grassi y Portaceli, actualizando rigurosa y adecuadamente el Foro Saguntino. Aquella era una noche parcialmente nublada, las estrellas se dibujaban veladamente en un cielo gris oscuro. La luna se adivinaba tapada por el caprichoso movimiento de las nubes, con un aforo inusualmente reducido, casi familiar, la Comunión de Llach con el auditorio se consolidaba mágicamente tal y como avanzaba la noche, las canciones se sucedían una tras otra, y a pesar de los incómodos asientos de piedra con la hierba crecida alrededor, el tiempo, se nos escapaba entre canción y canción, justo en el comienzo de “Abril 74” las nubes se abrieron y nos descubrieron una inmaculada imagen de la luna, un murmullo general recorrió el desnudo anfiteatro celebrando la feliz coincidencia, la sonrisa cómplice de Llach acabo siendo una mueca agradecida, en un gesto que se perdió hacía lo alto del firmamento. Nos quedó la sensación de haber sido testigos de un momento mágico e irrepetible.

                                                 

..Mariposas de Hierro


Del Pop Inglés y Americano nos llegaba la música de Grupos llamados de Rock Experimental, que componían pequeñas sinfonías con una duración mayor que los temas convencionales. Temas básicos a partir de los instrumentos de siempre o en la mayoría de los casos con la incorporación de nuevos equipos de teclados, sintetizadores, etc. Más tarde algunas de las Obras más sobresalientes se grabarían de nuevo con arreglos más ambiciosos y la colaboración de Grandes Coros y Orquestas Sinfónicas. Algunos de estos trabajos por su largo desarrollo y lo descriptivo de su contenido se les llamó “Operas Rock”
La primera canción de estas características que yo escuché fue “In a gadda da vida”, un tema contundente, repetitivo en el que la percusión y el órgano eléctrico asumían todo el protagonismo, que hasta ese momento correspondía a las guitarras.
Solíamos ir a la discoteca “Studio” la más Pop-Art de Valencia Una puesta en escena galáctica, cromados y telas con dibujos geométricos en las paredes y una obra gráfica que era un homenaje a la obra de “Warhol”. Se repetían con diferentes colores los famosos retratos a una tinta de las caras de los Beatles, Marilín y la Sopa Campbell. Con la misma técnica, retratos del Che y Mao. Una iluminación basándose en claroscuros y deslumbrantes golpes de flash, con las que transcurrían las tardes de los domingos.

Pero en aquella ocasión era de noche y día laborable, hacia tiempo que trabajaba como delineante en el Estudio del Decorador Ramiro de la Torre, y con frecuencia, coincidiendo con su santo, cumpleaños o algún éxito profesional, solía invitarnos a cenar con nuestras parejas. Con el tiempo he llegado a la conclusión de que aquellos encuentros, además de confirmar unas excelentes relaciones entre nosotros, tenían una intención filosófica muy propia de la personalidad de él. Trataba de crear momentos con un componente lúdico y al margen del ambiente estrictamente profesional que alimentase la idea de “Equipo". Situaciones estas que propiciaba creando unas relaciones desenfadadas pero a la vez de una total incondicionalidad.

D. Ramiro era un hombre culto, con grandes habilidades, tanto en su relación con las personas como con los objetos. Titulado como Profesor Mercantil y Aparejador, había centrado sus esfuerzos y conocimientos en la creación de un Estudio de Decoración, sus excelentes relaciones sociales y familiares le permitieron tener un envidiable “Fondo de Comercio” y con una extraña mezcla de técnica constructiva y creatividad se había

posicionado como uno de los mejores Decoradores del momento. Amante de la Obra y de su planimetría, que desarrollaba y resolvía hasta los más insignificantes detalles. Todo lo que tenía de riguroso con su trabajo, lo tenia de sencillo y hasta un tanto descuidado en su vida personal, recuerdo los esfuerzos de Chelo, su secretaria, para que mantuviese su guardarropía actualizada. Buen lector de revistas especializadas en temas mecánicos y científicos, recibía puntualmente entre otras la suscripción del “Reader Digest”, lo que le permitía ser un locuaz y animado conversador.

Aquella noche, de pronto sonaron las primeras notas de “In da gadda...” y como con un resorte nos levantamos a bailar. Fue media hora mágica, envolvente, un tanto ayudados por el carácter de “Fiesta” que tenía la velada y otro deshinividos por las dos o tres copas que nos hacían entrar en situación. En cualquier caso, ahí estaban los “Iron Butterfly” llenándonos de un ritmo machacón, e interminable, en ese momento todos los gestos valían, los mas rítmicos de los jóvenes y los menos ortodoxos de los “mayores”. Ese “In da gadda...” fue el punto de partida de una pequeña colección de temas especialmente raros.
Años más tarde, otra noche de día laborable, y después de las que llegaron a ser habituales partidas de Frontón, los martes en el “Jai Alai” me encontré de nuevo con el tema de los “Iron...”. Cenábamos después de la partida en el mismo bar de los Frontones. Acompañando a Vicente “Suco” o a Manolo “Don Pío” que por aquel entonces tenían una relativa actividad en el mundo del “Show-Business” terminábamos la velada tomando una copa en alguna Discoteca de moda.
Hacia unos días que habían reformado unos sótanos ubicados en la esquina de la antigua calle de Falangista Esteve y San Vicente, convirtiéndolos en la Sala de Baile “Stop” que ya entonces me pareció demasiado oscura y con una estética mas que cuestionable, pero con un formidable equipo de sonido. Al sonar de nuevo las primeras notas del “In da gadda...” sentí la misma atracción hacia la pista, pero esta vez las circunstancias no eran las mismas, y me pareció ridículo dejar el grupo y ponerme a bailar yo solo, cosa que sí hicieron unas parejas que compartían otro rincón de la Sala, reconocí entre ellos a Alfredo Mayordomo, amigo al que hacia tiempo que no veía, nos saludamos cuando terminó la canción y hablamos de ella, sus preferencias musicales tenían muchos puntos en común con las mías, y me reprochó el exceso de pudor que me había privado de esa irrecuperable media hora de baile.

A Alfredo Mayordomo me lo presentó un amigo común que conocía nuestras afinidades por la Música y por el Deporte, casualmente vivíamos muy cerca el uno del otro, y además de coincidir para oír música, decidimos formar un equipo de fútbol en el barrio. Pertenecía a una familia acomodada y tenia muy buena relación con militares de graduación del Cuartel de Ingenieros próximo a nuestra casa, conseguimos utilizar sus instalaciones deportivas, así como toda la intendencia en prendas y material deportivo. Era la época en la que él jugaba en el equipo de Rugby de la universidad y yo, en los juveniles federados del Patronato y capitaneaba el primer equipo de los Jesuitas, con lo cual, y ante tanta actividad deportiva incompatible, aquel Proyecto de equipo de barrio tenia los días contados.
Compartimos algunas tertulias culturales, frecuentaba los grupos de teatro independiente y universitario valenciano. Una tarde de Domingo estando Regina y yo recién casados, se presentó en casa con los componentes de un grupo de teatro, encabezados por Rodolf Sirera, -hoy autor dramaturgo consagrado y entonces guionista en ciernes-. Rodolfo tomaba la iniciativa, era el genio creador del grupo, de aspecto taciturno y algo siniestro, con melena y barba ensortijada, y casualmente en ese momento pareja de Merche Rull, antes novia de aquel amigo común que me presentó a Mayordomo. Estaban preparando el estreno de una Obra de Teatro Experimental que precisaba una puesta en escena diferente, algo vivo, con movimiento durante casi toda la representación, no recuerdo el contenido del guión, pero durante un par de horas, en las que dieron buena cuenta de todas las existencias de nuestra neverao., les estuve dibujando diferentes escenarios, pantallas móviles, estructuras de madera y tela, que se superponían en las diferentes escenas.
La Obra, creo, nunca se llegó a estrenar.

18 de noviembre de 2007

Cada Canción... un Recuerdo



“Cada Canción un Recuerdo”... es el título de un programa de radio que se emite desde los años 60, en el que utilizando el sistema tradicional de los Discos Dedicados, los oyentes solicitan con anterioridad y para una fecha determinada, la emisión de una canción que dedican a terceras personas, recordando algún momento especial que ambos han compartido con ese fondo musical.

Es muy difícil llevar al papel, a modo de diario, los recuerdos más significativos de Cincuenta y Cuatro años de existencia, me gustaría hacerlo con una cierta coherencia narrativa, y con algún orden histórico. No me refiero a seguir un orden cronológico, sino a que cada uno de los momentos relatados tenga un hilo de continuidad, que las situaciones, las personas y las emociones con ellas compartidas queden reflejadas con una cadencia fácil de seguir.

Lo cierto es que, si en todo este tiempo ha habido una razón que aglutine e identifique los diferentes momentos aquí recordados, esta sin duda, ha sido la Música.
El recuerdo de aquel programa de radio, me va a permitir conducir estas letras de forma fácil, aunque desordenada.

Otro aspecto de estos recuerdos sobre los que quiero insistir es su aparente tono de “Diario” es obvio que creemos escribir para nosotros solos, pero no es menos cierto, que en el fondo siempre nos queda una preocupación mal entendida, de que aquello que disfrazamos de secreto, también se pueda leer por terceros, circunstancia esta por otro lado, más que probable, y que por esta razón estos recuerdos pueden resultar algo “sesgados e incompletos”
(Un problema de memoria, o de excesivo pudor)