27 de abril de 2011

Este jueves, relato. La radio de la noche.


La ventana cerrada era incompatible con el sofocante calor de la noche. Pero si la abría, entrarían los mosquitos y esa si que era una alternativa inviable. Optó por una ducha de agua fría y templar un cuerpo que amenazaba con no pegar ojo en toda la noche.
Una vez más, repitió el camino que le llevaba de las sábanas cálidas al frío de la nevera, encharcando su estómago con el helado y efervescente contenido de una mini de Vichy catalán.
Consideraba la posibilidad de contar lirones, pues habitualmente dormía como uno de ellos, pero fue entonces, al regresar al dormitorio cuando prestó atención a los puntos luminosos de su flamante equipo de música.
-Eso es, pondría alguno de sus discos favoritos-
Sin embargo la noche exigía algo menos predecible, conocía el orden de reproducción y el texto tantas veces oído de las canciones, necesitaba más improvisación, más sorpresa. Algo que lo distrajese por lo inesperado... ¿quizás la radio?.
-Claro, ¿como no la había pensado antes?-
Buscó al azar un dial y le atrajo la voz que reinaba en la oscuridad de aquella interminable noche:
"De nuevo con vosotros, Solos en la Madrugada. Por una vez en la vida, ese extraño salto en el disco, no ha sido culpa de Antoñito, nuestro hombre en los botones..."

                                                          

Pasaron las horas escuchando y sintiendo aquella presencia con suave tono de desafío, aquella melodía respetuosa que le proponía aires de cambio, aquel ritmo que le abría una nueva y soñada situación. Ahora menos que nunca quería dormir, se mantenía alerta y receptivo a cualquier sugerencia, a cualquier mensaje salido de aquel guión generado en y para la radio de la noche...


19 de abril de 2011

Un taxi con Ángel


Ángel tiene 25 y 53 años. 53 en el DNI y 25 como taxista. En estos años ha compartido tantas historias y situaciones con desconocidos, que cada día entiende mejor la naturaleza humana.
No es algo fácil de comentar ni con sus colegas de profesión ni con su familia, así que mantiene sus teorías de forma silenciosa. Ha llegado a catalogar las vidas de las personas. Según él, los humanos en realidad, sólo tenemos una lista muy corta de problemas..., y muchos de ellos son causados por el miedo o la falta de cariño.

Los viernes por la tarde suele hacer su servicio en el aeropuerto de Manises porque llega mucha gente para el fin de semana. Hoy apenas ha esperado 40 minutos y ya sólo tiene delante los taxis de Tomás y Jaime, dos nuevos amigos con quienes ha compartido tertulia hasta hace un rato.
"Veamos –piensa- familia numerosa con mucho equipaje, para Tomás. Irán a la zona del Saler.
Ejecutivo serio, para Jaime. Seguro que vuelve de trabajar en Madrid...
Y a mi me toca esa chica del móvil que tendrá la edad de Mariona". De unos treinta años y con gesto contrariado, la recién llegada parecía distraída. Apenas llevaba un maletín de viaje, lo que indicaba que sólo estaría una noche. Seguro que no era de Valencia porque, para un solo día habría dejado el coche en el parking.
Tras entrar en el coche, Ángel con su habitual respeto, le preguntó: -Buenos días señorita, ¿Me indica adónde vamos?
Ese primer instante es el único momento en el que Ángel suele girarse hacia su pasajero para sonreírle. Siempre ha creído que hay que ser cordial y luego dejar al pasajero su espacio.
-Al Hotel Petit Palace Bristol, por favor –contestó ella mientras continuaba su conversación- ¿Entonces no vas a venir hoy?... ¿Y que se supone que hago yo en Valencia sola? Mañana me vuelvo en cuento pueda... Olvídalo, esto es ridículo. Ya veré lo que le digo a mis padres por haber vuelto antes de lo previsto.

Era imposible no escuchar aquello pero Ángel ni siquiera la miró. Escuchó como ella empezaba a llorar intentando no hacer ruido, pero el interior del coche es un espacio demasiado pequeño para no respirar la tensión.
Ángel lleva toda la vida hablando sin mirar a las personas cara a cara y sabe que en realidad eso les hace sentirse cómodos. Así que, tras pensarlo unos instantes, simplemente empezó a hablar sabiendo que aquello produciría cierta sorpresa a su pasajero y que no le mandaría callar:
-El otro día mi hija me regaló por mi cumpleaños una corbata. Ella tendrá su edad más o menos. Recuerdo que al abrir el paquete lo primero que pensé es que este año la corbata era de las más bonitas que me había regalado y le di un gran beso. Cada año me hace más ilusión recibir una corbata suya.

Verá, yo paso muchas horas aquí solo, al volante, viendo a la gente pasar... Tengo tanto tiempo para pensar, que soy capaz de darle la vuelta a todo. Tengo 53 años y me paso 6 días a la semana conduciendo. Yo, en realidad, no he usado una corbata desde... déjeme pensar... pues precisamente desde la comunión de mi hija. Pero guardo todas las que me regala como un tesoro.
Cualquiera podría pensar que regalarme a mi una corbata es la demostración más clara de que mi hija y yo no nos tratamos mucho... Ella ahora vive su vida y tiene sus problemas como todo el mundo, pero sabe que me tiene aquí para lo que quiera.

Recuerdo un día cuando era pequeña, tendría unos 12 años, me preguntó por qué la mayor parte de las personas llevan corbata para trabajar y yo no la llevaba. Yo le contesté que la corbata no es más que una forma de intentar agradar a las personas cuando no las conoces. Y toda esa gente que veía con corbata seguro que tenía que conocer a gente nueva cada día. Pero ella me insistió: "Papá, tu en el taxi siempre conoces a gente nueva". Yo le contesté que realmente no llegaba a conocer a esas personas, que sólo intercambiaba algún saludo y apenas les veía la cara. Y como mucho por el espejo retrovisor. Pero ella insistió y me dijo algo que me dio mucho que pensar.
Me dijo: "Papa, tu siempre has dicho que a las personas se las conoce inmediatamente con una o dos palabras".

El silencio de su pasajera le indicaba que le estaba escuchando, así que prosiguió con su historia.
-Mi hija se llama Mariona y vive en Madrid. Recuerdo que una temporada lo pasó bastante mal por culpa de un indeseable que la tuvo muchos meses engañada porque estaba casado. Ese año su madre y yo sabíamos que no estaba contenta. Se notaba en su forma de hablar. Nos llamaba menos. Su madre le insistió en que viniera a verme por mi cumpleaños y nos costó convencerla. Es como si nos ocultara algo. Yo mismo vine a buscarla al aeropuerto. ¡Qué ilusión me hace verla de cuando en cuando! En este mismo trayecto, del aeropuerto a casa, me contó lo que le pasaba.
Yo notaba que estaba triste. Apenas hablé. Ella sabía muy bien que tenía que hacer pero necesitaba hablarlo, oírselo decir a ella misma.

Y estando ahí atrás sentada, como está Vd. ahora, tuvimos una conversación entre padre e hija. A veces la gente sabe perfectamente lo que le conviene pero, simplemente, no se atreve a planteárselo.
Después de eso fuimos a tomar un chocolate y no volvimos a hablar del tema. Pero ella sacó un paquete de su bolso y me dijo: "Papá esta corbata en realidad no es para ti, la acabo de comprar en el aeropuerto para otra persona. Ya se que no la usarás pero te la regalo para que gustes a todo el mundo". Y me dio un gran abrazo. Y desde ese año me trae o me envía una corbata. ¡Qué cosas!, aún me emociono al recordar aquella tarde.

La chica hacía un rato que había dejado de llorar. Había estado escuchando la historia de aquel taxista, que por alguna razón le había tranquilizado. Aquel hombre hablaba con ella, pero ni siquiera la miraba por el retrovisor, como hablando consigo mismo. Y eso le daba espacio y le hacía sentirse cómoda.

Estamos llegando, señorita. Si me permite una sugerencia, le voy a dejar a Vd. en la Plaza de la Reina. Su hotel está a dos manzanas. Se va a pasar Vd. por la Chocolatería Santa Catalina, que está junto a la iglesia; ahí es donde nos tomamos mi hija y yo un chocolate, desde aquella vez, siempre que viene.
Luego camine un rato hacia la catedral. El centro de Valencia es siempre un sitio para no sentirse solo.

Verá, yo los sábados suelo trabajar también por esta zona. Llego cada mañana sobre las 10:00 a la parada de taxis; por si necesita que la lleven al aeropuerto.

A la mañana siguiente, a las 11 en punto, el taxi esperaba en la parada. Pasaron unos minutos hasta que la chica abrió la puerta y entró de nuevo en el taxi. Ángel como siempre se giró para sonreír al pasajero. En esta ocasión ya conocía el destino, pero no quiso ser explícito para no incomodarla.
–Buenos días señorita, ¿Me indica adónde vamos?
La chica le sonreía y le contestó:
-Al aeropuerto. A casa.

Durante el trayecto, Ángel no preguntó a la chica acerca del día anterior ni si había tomado el chocolate. Mantuvo su habitual cordialidad e improvisó una conversación que no incomodará a su pasajera. Al llegar a la terminal, Ángel se giro de nuevo:
-Son 17'50, señorita.
Apenas la vio salir del coche.
La chica había dejado en el asiento un billete de 20 euros y un paquete. Al abrirlo, Ángel sonrió al ver una corbata con una nota que decía: "Para el padre de Mariona".

Se quedó unos instantes pensativo hasta que oyó cómo alguien abría la puerta del taxi y se giró automáticamente hacia su pasajero:
-Buenos días caballero, ¿Me indica adónde vamos?

El autor de este relato es Enrique Tellechea, lo leí durante el vuelo Paris – Valencia en la revista de la compañía Vueling y con su permiso se lo dedico a Vivian/Casss, que en estos momentos habrá dejado un taxi en la T4 de Madrid, después de pasar unos días con nosotros y en los que hemos tenido el placer de probar a su lado el delicioso chocolate de Santa Catalina.

13 de abril de 2011

Este jueves, relato. Un relato histórico


Convinieron la Boda para Mayo. Eran muchos años de relaciones y el final de la Guerra Civil propiciaba una normalidad aparente. Todavía quedaban temores e incertidumbres, pequeños resquicios por donde cualquier nueva ilusión podía sucumbir a los miedos propios o a los recelos de los demás.
En Valencia, todavía con la secuela de "zona roja" nadie podía estar plenamente tranquilo.

Hubo que conseguir y rellenar muchos "papeles" certificados de buena conducta, partidas de nacimiento, documentos de empadronamiento...
Él lo tuvo fácil, había nacido en la ciudad y pertenecía a una discreta familia de notorias costumbres cristianas.
Lo de ella en cambio, era más difícil, inmigró de niña desde un pueblecito de la Mancha y ante lo inminente de la Boda, pidió al abuelo Máximo que viajara al pueblo para obtener algunos de aquellos tan complicados como necesarios papeles que sólo el cura o el alcalde podían validar.

Máximo, regresó a su pueblo después de muchos años e inició las gestiones en la Iglesia y Ayuntamiento para conseguir los documentos que posibilitarían la boda de Amparo. El pueblo estaba malherido, el enfrentamiento entre hermanos dejaba rastros de desconfianza que no se disimulaban al mirar a los ojos, las victimas de uno y otro bando compartían sangre y apellidos y a partir de ese momento y por muchos años, el odio se instaló en sus corazones.

Alguien comentó en el cuartel de la Guardia Civil, que el "valenciano" había regresado al pueblo. Si, ese bastardo comunista que durante la contienda organizaba el auxilio social en un barrio de la "roja" ciudad levantina. Rápidamente y sin mediar mas explicaciones el abuelo fue encarcelado a la espera de sentencia por republicano y subversivo.

La boda se suspendió y ellos dos se desplazaron al pueblo para interceder por la libertad del abuelo. Alegaron que su labor era humanitaria, que no era un militante activo y que su afiliación a la base del PSOE la obtuvo para desarrollar acciones sindicales en la RENFE donde había trabajado siempre de maquinista.

A veces los enemigos dan más miedo por lo que representan que por lo que son en realidad y Máximo representaba la independencia, la autonomía, la libertad, en un pueblo manchado de odio, que seguramente jamás le perdonó su marcha, y que ahora, alguien de su "familia" se había encargado de remediar.

Un año después Amparo y Alfredo se casaron.
Máximo no pudo asistir, murió a las pocas semanas de su detención en la cárcel de Villarrobledo...

Más relatos históricos en la hemeroteca de Gus

10 de abril de 2011

A propósito de... “Los jueves, relato”


Parece fácil... una convocatoria, un tema a compartir y algún amigo incondicional para sumarse a la aventura de relatar sobre el título propuesto.
Nada aparentemente más sencillo. Libertad para expresarte, sin limitación de caracteres y aproximarte al jueves para publicar.
El tema es una excusa para encontrar tu propia interpretación o incluso darle la vuelta y llevarla a un terreno en el que obviamente te encuentras más cómodo.

Vale el drama, la tragedia, la comedia, la abstracción, el concepto, la ironía, la trascendencia o tal vez, todo lo contrario.
La poesía, la prosa, la prosa poética, la retórica, la investigación, la historia, la ficción o la realidad, a veces la nuestra.
El caso, es que relates acerca de “eso”.

Sin embargo, nada más difícil que mantener viva esta participación.
Con una frecuencia regular, semana tras semana, captando nuevos relatores y envejeciendo junto a la idea como un buen vino que mantiene el poso sedimentado en el fondo de la botella.

A estos “Jueves...” les precedieron “Los sábados...”
La convocatoria de Mercedes Martín, creó los estímulos y antecedentes para que la fórmula resultara familiar. Los “Sábados, en pleno éxito de participación, languidecieron, se distanciaron, fueron atacados y quedaron un tanto malheridos hasta sucumbir, dejándonos un agradable sabor a colectivo que trabaja al tiempo del pistoletazo de salida, codo con codo desde el desconocimiento personal, desde el casi anonimato, sembrando el deseo y construyendo la voluntad de que un día a través del plasma de nuestras pantallas encontrásemos nuestra tercera dimensión.

Como un visionario, que intuye la orfandad del colectivo. Tésalo propuso una alternativa gemela: “Este jueves, relato” unos meses más tarde, en septiembre de 2009, le ofreció el bastón de la aldea literaria a Gustavo, que lo recogió con fuerzas renovadas y en un alarde de voluntad, imaginación y generosidad personal ha mantenido esta provocación, moviendo cada semana ese poso que subyace en el fondo de esta botella que ya anda por las casi cien convocatorias.
Más de cincuenta relatores, han participado desde sus respectivos blogs de forma más o menos regular, publicando sus historias compartidas y comentando con cariño y respeto lo que cada semana se convierte en una ardua labor.

Este post, sólo quiere ser un reconocimiento a Mercedes, Tésalo y Gustavo, así como a los compañeros que alguna vez les han echado una mano desde su teclado, manteniendo vivo este proyecto de acercamiento del que tan buenos frutos se están obteniendo.
El botón ha sido este jueves, en el que los participantes han dado una brillante muestra de trabajo en equipo con esa original convocatoria a cuatro manos o en algún caso a seis.

Ánimo Gustavo, que no decaiga la fiesta, ya sabes que nos tienes para lo que necesites.

Fotografía de: Paco Alberola