30 de mayo de 2012

Este jueves, relato. En la quietud de la noche


En la quietud de la noche, deambulo por la Gran Avenida.

Es casi madrugada, y los escaparates de las tiendas permanecen oscuros. No se distingue su contenido. De lo que se trate, se confunde con la oscuridad. Los codiciados objetos de deseo y la noche son la misma cosa. Mejor aún, la noche se sabe lo que es, como huele, lo que mide, que música tiene y si llora o no, los objetos en cambio permanecen sin identificar, incoloros, mudos e inertes, sin corazón.

En este inmenso establecimiento, se suponen miles de excusas, cientos de motivos que, de día deslumbran y acaloran. Decenas de peligros para nuestra irresponsable vanidad. Artilugios de autor de tiempos contados, tal vez oropeles exclusivos de estridentes formas, o criados de última generación incapaces de sonrojarse.

Es la Modernidad, la Civilización. El “no va más” de nada. A oscuras intento adivinar el color de centenares de artículos expuestos y, todos son negros, el calor frío de unas imaginadas prendas de vestir, busco la sonrisa de unas aparentes muñecas boca abajo o la melodía que no fluye de unos aparatos de música desenchufados.

En la quietud de la noche sigo mi camino, con la desesperanza de encontrar algo de sentido a toda esta oscuridad.

27 de mayo de 2012

A fuego lento. Ristorante Puccini. Lucca


Conocer la historia de uno de tus compositores preferidos es enriquecedor a pesar de que se trate de un personaje tan controvertido como el maestro de Lucca.
Pero comer delante de la puerta de su casa, por la que salió y entró de niño miles de veces a patear un balón de tripas cosidas a mano, o más tarde con alguna de sus primeras partituras bajo el brazo, resulta de lo más emocionante.
La imaginación se hace pájaro, y todo adquiere de pronto el sabor y el color de su Butterfly, o su Boheme, que dicho sea de paso no dejan de sonar por cualquier rincón de la ciudad toscana.


En mercado: 
Farro. 200 gr. - 4 personas (cebada a medio moler, después de remojada y quitada la cascarilla)
1 zanahoria, 1 cebolla, 4 tomates, bacón o panceta 50 gramos, un apio, caldo 1/2 litro, queso pecorino, pan tostado
y aceite de oliva virgen extra
En Cocina:
Remojar el farro al menos durante seis horas en abundante agua fría. Preparar un sofrito con la verdura, cortada muy fina, y el bacón o panceta. Añadir caldo al sofrito junto con el farro y cocer durante una hora. Una vez cocido el farro, añadir pecorino rallado y servir con el pan tostado.


26 de mayo de 2012

Este jueves, relato. "Repicantes"



Todavía suenan a mi alrededor como auras esparcidas, los dulces tintineos de las campanas de San Pedro.

Domenico, todos los días a las 12 disfrutaba de su minuto de gloria anónima, aquel que iba desde la primera campanada a la doceava que ilustraba el medio día romano.
Para él, un minuto apasionante, pues sabía de la atención prestada por los cientos de fieles que escogían esa hora, para deambular entre la columnata de la Plaza.
Para mí, ese minuto sublime que siempre recordaré unido a la estremecedora visión de la imagen de La Piedad de Miguel Ángel en el hall del Vaticano.

Domenico, era natural de Lucca. Había crecido con el ligero sonido del duro bronce. Decidió ser repicante aquella mañana de Domingo de Gloria y Resurrección, cuando acabada la parte negra de la Pascua, los niños de su pueblo recorrían las calles golpeando las aldabas de los portones en señal de fiesta... Jesús, había resucitado y la benevolencia y permisividad de los vecinos se hacían cómplices de un acto que en otro momento del año habría tenido fatales consecuencias.
Le gustó lo de repicar con las aldabas y se le abrió un mundo de instrumentos, campanas, campanillas, cascabeles...

-¡¡ALFREDO!! ¡¡ALFREDO!!
-Dime Gustavo...
-Esta vez te has pasado tres pueblos... dije “replicantes”
-¡¡Seguro... quizás tengas razón, ya decía yo que la foto no iba mucho con el tema...



Esta tontería está dedicada a mi nieto ALEX que hoy cumple 4 años.

17 de mayo de 2012

Este jueves, relato. Un pacto con el Diablo.



Y yo que no... y él que sí.

-Mira diablo, un pacto tiene que ser beneficioso para ambas partes, si no, es una estafa, y yo, me siento estafado.
-Es absurdo que insistas, no te entregaré mi alma a cambio de una chapuza.
-Te dije joven, guapo, rico y con glamour.
-Sí, me has dejado joven, guapo, rico y con glamour, pero te has olvidado de mi úlcera, mi artrosis, mis lentillas, mi tartamudez, mi impotencia, mi hipertensión, y por si fuera poco, dónde quieres que vaya midiendo dos metros y cincuenta centímetros... descalzo.
-Mira diablo, esto me parece absurdo y no estoy dispuesto a seguir discutiendo, devuélveme a mis sesenta y tantos, con mi pelo canoso, mi metro cincuenta y mi vulgaridad...

Y yo que sí, y él que no...


15 de mayo de 2012

Tanzania, objetivo cumplido.



A través de la ventana de nuestro estudio, se ve un frondoso jardín. Colibrís y lagartijas, ajenos a nuestra presencia, comparten sin quererlo folios emborronados, hojas en blanco que se llenan de rayas de oscuro grafito, bocetos, cálculos, perspectivas, secciones y detalles que en el peor de los casos van llenando la papelera de pelotas arrugadas que lamentan en silencio lo que pudieron ser y ya no serán. Otras sin embargo, son como los colibrís y las lagartijas, cobran vida, dan y reciben color y son el prólogo de dibujos más complejos y determinantes.

Así han pasado los 21 días, que entre lluvia y lluvia, hemos necesitado para diseñar los "Showroom" de Arusha y Dar es Salaam. Ahora, con el trabajo terminado, nos volvemos llenos de recuerdos y experiencias y especialmente con la satisfacción del deber cumplido. 
Algunos ejemplos del Proyecto:

Este es un Proyecto de Estudio Cot, con la colaboración inestimable del diseñador de Interiores Sebastián Ruíz.

10 de mayo de 2012

Este jueves, cuento. Erase una vez...


Erase una vez que se era… un elefante de cuatro patas y de piel gris perla, casi blanca; por lo de las patas no se diferenciaba de los demás, pero sí por el tono plateado de su envoltura.

A vista de pájaro, todos parecían iguales. Desde el balcón panorámico, la manada, se confundía con unos diminutos puntos oscuros, que se desplazaban con una lentitud irreal.
Bajo, en el interior del inmenso cráter del Parque Ngorongoro las vidas de los diferentes animales seguían su curso natural. Paseaban cuando tenían que pasear, comían cuando tenían que comer y dormían cuando tenían que dormir.

Para todos, era exactamente igual, excepto para Sanna el pequeño paquidermo de sangre roja y de piel lechosa, que perplejo por su descarada diferencia, pasaba las horas cuestionando su evidente desigualdad.
El resto de los elefantes de su edad le señalaban con la trompa burlándose de su rareza, lo que acomplejaba a Sanna, dolido en su particular calvario.

¡Ya está! Musitó entre colmillos, se pintaría del color de los demás y por fin sería uno de ellos, gris oscuro tirando a antracita. Ni corto ni perezoso, llenó una charca de esmalte casi negro y se remozó en ella una y otra vez. Durante unos minutos vio con alegría como cambiaba la textura de su piel, hasta conseguir una espesa capa de tinte Elefante Estándar.

Su alegría duró poco. Con esa nueva apariencia se dio cuenta de lo alienante y convencional de su nuevo look… era uno más. Uno entre muchos, vulgar y repetido, ya nadie se fijaba en él, aunque fuera para burlarse. ¿Qué podía hacer? Nada, salvo lamentar su error y asumir el hecho de que su verdadera identidad la había perdido para siempre. Sólo un milagro venido del cielo le devolvería su añorado color de aluminio anodizado.

En eso estaba, abatido y pesaroso, cuando le cayó una gota del cielo, seguida de muchas más y a estas, un agua torrencial que alertaba del comienzo de la temporada de grandes lluvias, en la que las laderas del Kilimanjaro se inundan de rápidos riachuelos.

Siete días de intenso lavado, aguantó Sanna a la intemperie hasta eliminar la última partícula de pintura que engañosamente le había disfrazado de elefante común.

Moraleja… si eres raro o diferente, no cambies, se consecuente.


8 de mayo de 2012

Tanzania. Las masái

          


Recogimos a Nema en la puerta del hotel. La joven masài, vestía un precioso Shuka en tonos rojos y azules. Completaban su aire festivo: collares, pendientes, brazaletes, pulseras y un elaborado tocado que casi tapaba su rizada cabeza.
Nema bajó un día a la Ciudad para vender los abalorios que confeccionaba su familia, conoció a un joven tanzano de Arusha, se enamoró y se casó con él.

  
Ni siquiera el Toyota 4x4 pudo con la encrespada colina, En esta época, la de las grandes lluvias, las riadas de agua hieren la tierra con grandes surcos que hacen imposible la conducción. Nema, sacó del interior de su Shuka un móvil marca Samsung y avisó a su familia del leve imprevisto. A mitad del camino nos esperaría su prima Laiza, que nos acompañaría hasta el campamento.
Más de dos kilómetros de valle, sorteando surcos y tierra volcánica arrastrada por la marea del último diluvio. Iniciamos la caminata: Nema, Sebastián mi compañero en el oficio de diseñar, Matie el asistente tanzano que la empresa ha puesto a nuestra disposición “Full Time” y yo. Sólo se oía el viento, baladas de algún lejano rebaño y el ruido sordo de las pisadas sobre la hierba crecida junto a los maizales.

       
Tal y como avanzábamos el paisaje se hacía más fascinante, puro, con olor a silencio y de intensos colores verdes.
Se nos unió al grupo la nueva masài, engalanada para la ocasión con ropas de exultante colorido rosa y blanco, luciendo en sendos tobillos anchas pulseras multicolores. Media hora más y alcanzaríamos el poblado. Nema y Laiza, caminaban a nuestro paso riendo cualquier observación, se diría que no hablaban, su conversación era una risa continua de agudos sonidos que acompañaban con el brillo de sus grandes y redondos ojos.
A lo lejos, esperando en la puerta del vallado, estaba la familia de Nema, la tribu de Imolea. Su madre Kivuyo, su tía Lukinai, su abuela Esta Likimuran, más primas y sobrinos, niños de chocolate, que deshacían su curiosidad clavándote la mirada, buscando un porqué a esas diferencias de aspecto y color, a pesar de sentirse únicos entre tantos iguales repetidos. 
Las mujeres, nos regalan una bienvenida llena de risas y danzas tribales al ritmo de la voz de una de ellas, que tararea un estribillo seguido a coro por el resto. Voces agudas, incansables moviendo rítmicamente los collares de plato que parecen volar en un cuello negro espigado y glamuroso. Orgullosas y presumidos hasta el más mínimo detalle.


Era media tarde, los hombres pastoreaban a varios kilómetros hacia la ladera del Monte Meru, donde los pastos son mayores y la caza es más probable. Ellas, como en toda cultura primitiva, están relegadas a un segundo plano, construyen y reparan la casa, recorren diariamente largas distancias hasta pozos o manantiales para recoger agua y cuidan y educan a sus hijos.
Una vez hechas las presentaciones, las Masài, nos invitan a pasar al interior de la cabaña que parece más importante, la única que tiene una pequeña placa solar sobre el chamizo exterior. No cabemos todos, el interior es diminuto y el brillo de sus ojos se acentúa sobre la oscura piel que parece más negra en la penumbra. El momento es mágico, la abuela Esta se incorpora y vacía el contenido de sémola de maíz en una botella de calabaza, con leche en su interior, lo mueve hasta marear nuestra mirada y vierte el contenido en cuatro tazas de barro cocido, el líquido es grumoso, denso el color y difícil el sabor… de algo hay que morir y éste, no sería mal momento.


Hablamos sobre los jóvenes masài, sus influencias del exterior, su fidelidad a las tradiciones, su supervivencia durante los treinta años de comunismo y especialmente, sobre lo poco que hace falta para ser feliz. Las preguntas sobran, el silencio cómplice se posa en el ambiente, en ese minúsculo espacio que compartimos apretados, tan limitado y a la vez tan inmenso.


Tenemos que partir, la tarde se ha pasado volando y de nuevo entre cánticos, danzas y abrazos cariñosos las mujeres y los niños masài nos despiden acompañando nuestros primeros metros de regreso. Anochece en la llanura, de nuevo Neme, Sebastián, Matie y yo deshacemos lo andado en busca del Toyota perdido. Todavía en nuestra retina, la mirada incisiva, el ébano de su piel y los estribillos de colibrí, repetidos a golpe de gorgorito tropical.
Una gente, los Masài, que todavía lucha por saber qué es lo suyo y quiénes son. Guerreros a tiempo parcial, obstinados en congelar el tiempo, que me temo, terminarán siendo unos cromos exóticos en un álbum de fotos.