24 de febrero de 2013

Este domingo, relato. Saltarse las normas.



Estaba pensando si 400 o 500 palabras serían suficientes, tendría que comprobar cuántas entraban en una página. Claro que dependía de muchas cosas, si negrita o normal, el tamaño, cursiva o recta, mayúsculas o minúsculas… depende, depende… 
¿Quién cantaba eso? Ah sí, eran los chicos de Jarabe de Palo, aunque dudo si realmente alguna vez existió el tal jarabe ese.  
Qué palo comprobar a cierta edad que se trataba tan solo de un símil, porque el jarabe, jarabe, sí que existió, lo recuerdo con variedad de sabores, limón, menta, frambuesa, pero el palo era otra cosa.

A propósito de palos, dicen que la letra con sangre entra, pero la realidad es que no era con sangre, sino con palos, como el del palomar pero sin palomos. 
Un amigo mío tenía uno, (palomar claro) y a los palomos les pintaban las alas con colorines para identificarlos en pleno vuelo. Nunca vi nada interesante en aquellas competiciones de media tarde, en las que nadie ganaba nada, salvo la obligación de mirar al cielo durante horas e intentar identificar unos colores que a esa altura eran imposibles de definir. 
Y encima, se equivocó el palomo, por ir al norte fue al sur y creyó que el trigo era agua, en fin, lo que venía diciendo… que me dijo mi primo Luis, que mi amigo, el de los palomos era rojo, como si yo no lo supiera. Eso sí, era el rojo más elegante que conocí en muchos años, vendía camisas de seda en unos grandes almacenes y vestía como un pincel. Cien pesetas valía cada una, el cuerpo azul celeste y el cuello y los puños de blanco inmaculado, con los botones en azul falange, nunca le compré ninguna.

Me acompañó aquella tarde en los Viveros, donde conquistamos a dos muchachas de servir y a las que dejamos con los delantales puestos porque tenía que ir a dar de comer a los palomos. Fue una semana antes de mi apendicitis, ¡Dios mío, que mal lo pasé! Me acompañó en un interminable viaje en tranvía de una punta a otra de Valencia, aquella noche acabé en el hospital, con una cicatriz en mi ingle de 12 cm. de largo.
De las muchachas de servir, no volvimos a saber nada y su padre, el de mi amigo el rojo de las camisas de seda, acabó vendiendo el palomar con todos los palomos dentro. Y yo me pregunto, ¿cómo se vende un palomar… se desmonta palito a palito, o uno se muda a la casa del comprador y él se queda con la tuya, palomar incluido?

Bueno a lo tonto a lo tonto, ya voy por las cuatrocientas cuarenta y cinco.

Hoy unos cuantos años después compruebo sorprendido, que ya no se ven palomares como aquellos, que de nuevo se llevan esas horribles camisas de cuerpo azul celeste y cuello y mangas de blanco inmaculado, que las muchachas de servir son todas peruanas y no llevan delantal, que no hay rojos y que mi cicatriz de 12 centímetros ha desaparecido, lo que me hace pensar que todo aquello fue una ilusión vivida en un tranvía con el que atravesábamos Valencia, a ser posible sin pagar.


20 de febrero de 2013

13 de febrero de 2013

Este jueves, relato. In fraganti.



Bebía los cielos en copa de plata. Exquisito, culto y aparente, era como un palacio de piel bronceada en soles de seis estrellas.
Serio y circunspecto. Silbador de sinfonías, oberturas e intermezzos.
Murmurador de sonetos y torre altiva de envidias glamurosas.

Hasta que se salió el conector del auricular y en todo el Salón se oyó...  “La barbacoa” de Giorgie Dann.

6 de febrero de 2013

Este jueves, relato. Un segundo de eternidad.



Puccini, fue un grandísimo libertino, mujeriego, infiel, dandi presumido y derrochador, irritable  hipócrita, asesino de patos, conductor suicida, bebedor compulsivo y depresivo.
Al final, el tabaco y la vida le pasaron factura y un cáncer de garganta se lo llevó a los infiernos… o tal vez no!

Pero… y su Obra? Qué hay de especial en su música? Por qué me hace llorar? Por qué me hace gritar enamorado el nombre de sus heroínas? Por qué me  emocionan sus mágicas melodías? Por qué me transporta en un primer compás desde el más incómodo desasosiego a la más absoluta paz?
Puede mi adulto corazón, resistir toda esa belleza, sin romper en un inevitable llanto por tanta felicidad?

Y todo eso… ¡en un segundo!

¿Qué voy a hacer contigo, Giacomo…?

Más segundos eternos en el Reloj virtual de Cecy

5 de febrero de 2013