6 de diciembre de 2015

Palabra 50 de 53: Pasión

     
     Un deseo largamente anhelado a tan sólo una carrera de taxi.
     –¡Avd. del Mar, 33!
     –¿Hotel Malvarrosa? -adivinó el conductor.
     –¡Sí! –contestó ausente John. 
     Ella lo tenía a dos paradas de bus, pero prefirió andar. El paseo junto al Mediterráneo, distraería su conciencia.
     Acordaron coincidir en el hall del hotel a una hora determinada, pero en el supuesto –más que probable– de que uno de los dos llegase primero formalizaría la reserva y esperaría en el bar. Mary llegó antes, sin embargo, nada más reservar, prefirió subir a la habitación para ordenar sus cabellos y reforzar el rojo carmín de sus labios, darse una última mirada en el espejo y buscar rápidamente el ascensor de bajada. En la luna del camarín se vio perfecta, gesticuló gustándose. Acarició, llevando al sitio, los rizos de su media melena, negra y brillante como sus labios rojos recién pintados. Él ya estaba allí, esperando.
     Con una cantidad exacta de rubor y deseo subieron a la habitación. Dejaron las etiquetas para otro momento y el amor se convirtió en una sucesión de diminutos y minuciosos ataques eróticos. Mary se abandonó a un futuro inmediato y se entregó en un gesto entre tímido y seductor, había soñado con ese momento, pero, ahora, enfrentada a una realidad tan tangible y dulce como el rocío que brillaba en su cuerpo, sólo quería beber y dar de beber hasta quedarse seca. John la miró, la admiró y la deseó, sus labios aparcaron su carnosa pasión sobre sus pechos, besó sus pezones hasta multiplicar su tamaño y su humedad. Los tomó entre sus manos, haciendo circular sobre su sonrosada corona la yema de sus dedos, al tiempo que fundían sus labios en un beso rebelde e interminable. Mary se sintió deliciosamente invadida. Se ofrecía rendida al placer mientras regalaba sus caricias a un cuerpo nuevo y despierto. Un solo calor y muchos escalofríos. Sus cuerpos al completo participaban de aquel acompasado y placentero banquete de pecado que los elevó al cielo entre gemidos y susurros.
     Acabada la batalla, John descansaba de espaldas. Su cuidado cuerpo mantenía despierto el atractivo de una piel suave y tostada por el sol. Ella deseaba acariciarlo una vez más antes de dejar la habitación. Apuraron la copa de vino y al anochecer, pidieron dos taxis, cada uno de ellos a un lugar diferente.
     Mientras esperaban, los dos se preguntaron al mismo tiempo:
     -Y tú, ¿dónde le has dicho que ibas?   

Siguiendo una idea de Sindel                                               


9 comentarios:

  1. Una pasión que cada vez se hace más generalizada.

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  2. Muy bueno! Una pasión que surge a escondidas, en secreto, que se acrecenta en la espera del encuentro y se vive siempre como si fuera la última vez.
    Me encantó! Un abrazo.

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  3. Todo lo prohibido es placentero. Puro Pecado, Alfredo.
    Sutil para describir tanta pasión. Eso me gusta porque he sentido, igual, cada una de las sensaciones que transmites en tu texto.

    Un beso enorme.

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  4. Me encantó el relato.

    Un beso dulce de seda.

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  5. En lo prohibido la pasión se multiplica, todos deberian probarlo alguna vez. Un abrazo

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  6. Pasión prohibida que en desenfrenada como un volcán en erupción.
    Bello relato.
    Besos

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  7. Lo prohibido siempre es lo más deseado.
    Una historia cada vez mas común pero siempre trepidante.
    saludos apasionados.

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