26 de febrero de 2015

Este jueves, relato: Una canción, un recuerdo.

   
    Me señalé haciendo el pino. Mi agilidad para mantenerme perpendicular al suelo no era ningún mérito, tenía la edad y la motivación necesaria para extenderme en piruetas que llamaran su atención.
    En el país de los ciegos el tuerto era el rey. Y yo, en aquel pueblecito de la Mancha era un Quijote entre tanto Sancho. Sólo se trataba de figurar, de atraer, de seducir, en definitiva de presumir de lo que no era, pero parecía que era. Un chico de capital, con vaqueros de marca, un reloj de pulsera y un diminuto transistor a pilas.  Algo impensable a principios de los sesenta para aquellos niños de pantalones de pana con culeras, alpargatas de esparto y pelo al cero.
    La culpa era de Rufina la hija del panadero, los ojos más grandes y bonitos de la plaza, que con sus largas trenzas y su rojiza piel llena de pecas, arrancaba deseos en el baile al run run de la canción del Dúo Dinámico. Fue nuestro primer beso, pero demasiado tarde para regalarnos el segundo. Estas cosas siempre suceden al final del Verano.


                       

Más música y sus recuerdos en el guateque de Juan Carlos

19 de febrero de 2015

Este jueves, relato: Argumentos Oníricos.



   Dormido, me deslizo hacia un lateral de la cama, y apoyando los pies en el tibio parquet me incorporo lentamente. Me adivino paseándome en la penumbra que cubre el recorrido hasta el balcón. Mi primera visión se detiene ante un espantapájaros, vestido con mi ropa de ayer. Lo intuyo en la oscuridad de la habitación, acaricio sus hombros que reflejan las luces que se cuelan desde el exterior. Erecto, suficiente, ordenado, arriba esto y debajo lo otro.
    El extraño maniquí, al que siempre le ha faltado el sombrero de paja, me saluda ausente, descabezado, parco en palabras. Lo suyo no es la interlocución. Solamente una vez, en un alarde de locuacidad me confesó que su fuerte era vigilar mi sueño, testigo del paseo de mi alma hacia el balcón.  
    El objeto no tenía nombre, en el onírico mundo de mi inexistencia no hacía falta, sólo vigilaba. Su sexto sentido era suficiente para identificar y señalar cada uno de los misterios de aquel rosario en blanco y negro que guiaba mi sueño.              

    Suena el despertador, son las siete, como cada mañana deslizo mi cuerpo hacia el lateral de la cama y apoyando los pies en el tibio parquet me incorporo. Misteriosamente tropiezo con el galán de noche que dejé al acostarme en el otro extremo de la habitación. ¿Se habrá movido solo?

15 de febrero de 2015

Colometa.


                                                 



"Cuando alguna vez había oído: esta persona es de corcho, no sabía qué querían decir. Para mí, el corcho era un tapón. Si no entraba en la botella, después de haberla destapado, lo estrechaba con un cuchillo como si hiciera punta a un lápiz. Y el corcho crujía. Y costaba de cortar porque no era ni duro ni blando. Y al final entendí qué querían decir cuando decían que esta persona es de corcho... porque, de corcho, lo era yo. No porque fuera de corcho si no porque me tuve que hacer de corcho. Y el corazón de nieve. Me tuve que hacer de corcho para seguir adelante, porque si en lugar de ser de corcho con el corazón de nieve, hubiera sido, como antes, de carne que cuando te pellizcas te hace daño, no habría podido pasar por un puente tan alto y tan estrecho y tan largo".

Mercè Rodoreda  (Biografía)
La Plaza del Diamante (Capítulo I - TVE)

12 de febrero de 2015

Este jueves, relato: La Máquina del Tiempo.


Mi vida está dividida en cuatro cuartos. Los tres primeros ya están consumidos; el cuarto, como lo fueron todos antes de suceder es una incógnita. Estos cuatro cuartos son exactos, cada uno de ellos comprende 22 años. Mi ocupación en estos meses es viajar a los tres primeros -pasado-,  y al cuarto -futuro- con mi peculiar transportador de materia.
Hace unos meses regresé del final del primero. Me vi con uniforme, sin galones, el pelo al cero, -casi como ahora- fumador empedernido de glorias benditas al alucinante ritmo de los Pink Floyd. Irresponsable, sabelotodo y torpe. 
Semanas atrás la máquina me llevó a mediados de la segunda etapa. Mi pelo había crecido. Comprometido con las causas perdidas y rey de la oscuridad en una noche que dominaban los grises. Errando en lo esencial y engañándome en los detalles.            
Ayer me desintegré en el tiempo y arañé unos minutos de la tercera etapa, esa que ya dibujaba en color, pero a la que necesito retrotraerme para olerla, tocarla, sentirla y dejarme llevar para emocionarme de nuevo. Comprobé que me habían perdido las emociones y mi sensiblería me hizo navegar en mares revueltos.
En cada una de ellas he corregido lo equivocado. Enderezado lo torcido. Purgado lo pecado. Pero ha sido un sueño, al volver todo seguía igual, las cicatrices, las pérdidas, los errores y sus consecuencias. Todo seguía en su sitio y todo pesando como una losa.
Estoy procesando el transportador de materia, para viajar a la cuarta etapa. En esta, al menos cuando regrese tendré la oportunidad de obrar en consecuencia.

Más máquinas en el Blog de Alberto.


4 de febrero de 2015

Este jueves, relato: Compartiendo el final.



Este jueves la propuesta viene de la mano de Lucía. Ella nos da el final del relato (entrecomillado en rojo) y nosotros ponemos lo que precede.

Le dijo que lo de ellos no podía continuar. Esa decisión, sólo añadió algo de drama a su corazón quinceañero recién estrenado en el ejercicio de amar. La sombra de sus ojos delataba una triste oscuridad seguida de unas lágrimas que no merecía. Era diecisiete años más joven que él. 
Un aventajado loco, experto en fabricar y romper sentimientos de cristal. Su dedo acusador le señalaba como el inconsciente instigador de esa engañosa locura de la que se sentía víctima. Alejandro provocó su ansiedad, sus dudas, y también el fin de aquel laberinto de deseos gastados que brillaban cuando lo veía. Guardaba aquel anillo de papel que arrancó de un tirón, ya no significaba nada para ella, en el suelo seguiría siendo sólo la vitola de un apestoso habano.
El viento le acarició de costado, y sin llorar decidió alejarse de él. Todavía hoy oye en la distancia esa excusa disfrazada de un adiós para siempre:
-Si tanto te gusta el arte deberías vivir en Ámsterdam, allí me olvidarás pronto.
"Siete meses después de aquél día imborrable le envió un telegrama: Alejandro, vivo en Holanda, trabajo en un local donde exponen sus obras todo tipo de artistas noveles. Estoy aprendiendo mucho y soy feliz"