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19 de agosto de 2008

...Gente de Altea


PEPITA tiene un horno casi centenario situado en una calle estrecha en la parte vieja. 
Su marido, Ximo, que falleció hace algún tiempo le dio nombre al establecimiento y sus hijos Joaquín y Alberto siguieron amasando harina para el disfrute de sus parroquianos. Sus hogazas son grandes, de forma redondeada y duran y duran como las pilas Duracel, su “coca alteana horneada y adornada con sardinas o morcillas con tomate, son un pecado mortal en el que apetece caer rendido.


Siempre han suministrado el pan a los pescadores del puerto que, a diario (excepto domingos), faenan por la bahía alicantina en busca de los pescados que al atardecer, en un espectáculo apasionante de olores plateados de escamas y colores cristalinos de hielo granizado depositan en la lonja para su subasta,
Ahora el viejo horno de "Ximo" ya no expende pan, sus hijos han buscado emplazamientos mas comerciales como el puesto del Mercado Municipal, donde los aromas de sus barras, bollos y cocas recién orneadas compiten con el olor frío de la atractiva pesca de esa misma madrugada en el puesto de su vecino de enfrente.
Pero en esos viejos obradores, los de siempre, los de la calle empinada, se sigue amasando pan y cocas para abastecer los diferentes puntos de venta.
Pepita, ya es mayor, le cuesta andar, sobre todo por esas calles hacia arriba y escalonadas del pueblo que ella ha conocido desde niña; de una Altea que en ese entorno, para bien, no ha cambiado mucho.


Conocí a Carlos por casualidad (y mira que me hacia falta). Vi un cartel publicitario suspendido en lo alto de su balcón que decía: “MASAJE, terapéutico – deportivo” y le llamé.
A lo largo de ese mes de Agosto, Carlos estuvo peleándose con mis glúteos, cuádriceps, gemelos y especialmente con un nervio: el ciático, parcialmente dañado y seccionado durante una intervención de cadera, mal que llaman Pie de Equino y que obliga a andar con célula, es obvio adivinar que aquel septiembre enterré para siempre el incómodo artilugio de plástico y metal.
A Carlos le gusta el Jazz, presume de tener grabadas amplias colecciones con las que se acompaña mientras trabaja y al ritmo de Charlie Parker o Miles Davis pasea sus poderosas manos por tus músculos y nervios en una mezcla intensa de laxitud y dolor.


Él, como muchos otros no está de acuerdo con la permisividad con la que se ha consentido la masiva y desordenada edificación en la costa alteana, recuerda como hace años frecuentaba con amigos las playas del Mascarat, hoy casi desaparecidas o sustituidas por incontables edificios a escasos metros del agua, conoce como nadie las actividades culturales de Altea a las que asiste regularmente y de las que da cumplida información, pero lo bien cierto es que cuando sales de la consulta notas que la presión atmosférica ha descendido a mínimos y el peso de tu cuerpo se hace más liviano, le hecho de menos el resto del año.



Los anaqueles del Café-Librería L’espill están llenos a rebosar.  
A una línea de libros ordenados en posición vertical le siguen otros en horizontal hasta completar el hueco libre de la estantería, guías de viajes, narrativa, colecciones por editorial, por actualidad, arquitectura, arte, en francés, alemán, inglés, italiano, revistas de moda, decoración, pasatiempos y prensa, toda la prensa que te puedas imaginar, sin contar las cajas que repartidas por el suelo esperan que lo recién llegado sea codificado y colocado donde corresponda.


PACA e ISABEL, son sus propietarias y junto con el resto de empleados desarrollan una incesante actividad de ordenar, clasificar, marcar, tal que al final la imagen que te queda de cada una de ellas es la de una señora con el brazo en alto y un libro en la mano.


Pero en L’espill al mismo tiempo que se compra para leer, se lee completando un desayuno al más puro estilo “bistró” parisino: P

or favor, un café con leche, descafeinado de “sobre” muy caliente, media tostada de aceite y sal, un zumo de naranja natural ...y El País, si es tan amable!!
Y mientras tanto la mirada se pierde en el azul de un Mediterráneo que desde aquí, atrae, subyuga y eterniza.



ENCARNITA, es conquense, nació hace ya muchos años en Casas de Haro, es relativamente nueva en Altea, desde hace seis años cuida de los ancianos en una residencia de la tercera edad, hace diferentes turnos aunque ella, prefiere el de la noche.
Parece tierna, es tierna, y lleva la ternura en la cara, es un trabajo difícil, depende cómo te lo tomes puede enriquecerte, reconfortarte, o todo lo contrario.

Sus paseos por el pueblo son algo así como contractuales, pero les saca partido (el pueblo se presta). De vez en cuando tiene tiempo para compartir un café y te cuenta cosas suyas y de su pueblo, tan diferente a este, ni mejor ni peor, sólo diferente.
También es abuela (como yo), tiene dos nietos.
La miro y la escucho y me sigue pereciendo muy tierna.



Paladar Altea es una tienda “gourmet” con productos muy atractivos y una enorme bodega con mas de 400 referencias en sus estanterías, conservas, salazones, quesos, patés, aceites y vinagres, pastas, mermeladas, mieles, dulces y turrones caseros.

EVA y ANGEL, son la pareja artífice del milagro, donde además del consejo o la sugerencia, combinan la lógica actividad del local con otras no menos atractivas y los mostradores de venta se convierten en espacios para cursos de iniciación y catas de vino casi todos los jueves noche del año, aperitivos a mediodía, o cenas a puerta cerrada con música en “vivo” los sábados del verano.


Eva vino desde Valencia hace 21 años con la intención de pasar unas cortas vacaciones y se que quedó para siempre, aquí tuvo la oportunidad de defender al equipo de remo del Club Náutico de Altea en pruebas nacionales y Ángel que llegó a Altea hace 23 años y amante-practicante de la buena cocina, decidió un día que ya estaba bien de cocinar gratis para los amigos, Ambos son perfectos anfitriones presentando entre sí a los asistentes con los que paladearás a banco corrido una velada gastronómica de lo más sabrosa y desenfada.



El primer ceramista que se instaló en la comercial Calle Mayor, en el corazón del casco Viejo, fue EUGENI MIRA, alicantino de Castalla y titulado en la Escuela de Bellas Artes de Alcoy.
Hace ya Veinticinco años que regala la vista al paseante con sus obras de barro, su exposición es parada obligatoria para aquel que venga de donde venga posea un mínimo de sensibilidad o de gusto.
Eugeni, se entusiasma ante la idea de compartir durante un rato (que se eterniza) aspectos de su Trabajo y de su Obra, sin embargo no le motiva lo mas mínimo salir en los papeles, cuenta que una vez lo entrevistaron para la TV rusa, no tiene Internet y reconoce que sus esculturas parten de un concepto vistoso y comercial, su barro cocido y terminado adquiere unas tintas entre un extenso cromatismo de ocres como la tierra que patea a diario y azules verdosos como el denso y algoso mar que se encuentra en la «Barreta del Mascarat».
Algún día el Ayuntamiento de Altea se dignará reconocerle y encargarle un mural de grandísimo formato, en el que sus láminas superpuestas dibujen un mar y un sol, con tantos ocres y amarillos, como esa tierra y ese sol que se quedaron como él a vivir en este singular paraíso blanco.