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13 de julio de 2011

Este jueves, relato. "Un lugar en el mundo"



El lugar que me ha elegido, es un pueblecito de La Mancha.
Dos pequeños núcleos de población enlazados por una larga calle que distancia lo suficiente como para que cada uno de ellos crezca con personalidad e iglesia propia.
Las Casas de Arriba y las Casas de Abajo, están separadas, (o unidas, según se mire) por la calle Mayor, con una sola línea de casas a ambos lados, que terminó por llamarse las Casillas.

Pero todo el pueblo huele igual, sus gentes hablan y visten igual, incluso la mayoría piensa igual.

Por sus calles, especialmente las de Casas de Abajo, he pasado meses de verano, perdiéndome casi desnudo entre eras para trillar el trigo y balsas de regadío para refrescar mi desnudez.
Es un pueblo de mulas y moscas, las mulas tienen nombre, las moscas no, al menos que yo sepa. He tocado, primero con miedo, luego con fruición el lomo de la roja “Colorada” el morro de la negra “Mora” o las patas de la parda “Lucera”
En sus plazas, al anochecer corrí por primera vez detrás de una chica y por primera vez la alcancé.
Los domingos, mudado hasta las cejas, me refugiaba en el interior de la Iglesia, disfrutando de las frescas temperaturas que garantizaban los antiguos y gruesos muros de mampostería y, para alargar más mi estancia, hacía turno para confesar inconfesables pecados sobre no recuerdo qué mandamientos.

El trigo, en espiga y grano, las uvas, blancas y negras. El pan en orza, para cortar a llescas, untado con aceite y magro por la mañana o con moscatel y azúcar por la tarde.
Y esa calle... la de El Arenal, al final del pueblo con su visión misteriosa del principio del monte. El camino de arena que empezaba en la última casa y terminaba junto a las viñas escondidas entre lomas.

Ese lugar, como tantos otros perdido en el Mundo, me enseño a oler, a tocar, a esperar... Y ahora, volver me da miedo, ¿qué quedará después de 50 años de modernidad?