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14 de marzo de 2008

Un dúo de entonces


La primera chica de la que me enamoré, se llamaba Blanca, apareció un día en el barrio y de pronto, se tambalearon las inocentes relaciones que hasta ese momento todos los niños y niñas del vecindario soñábamos como definitivas, acababa de llegar un ángel y como si de la propia Marisol se tratara, cautivó a propios y extraños.
Su familia se instaló en un bajo, a la vez comercio y vivienda situado justo en la esquina de la Av. Gaspar Aguilar con la calle Agustina de Aragón, y estableció en lo que había sido hasta entonces un viejo ultramarinos, una moderna tienda de comestibles, dejamos de comprar queso y mortadela envueltos en papel de estraza, el aceite ya no lo obteníamos en cualquier recipiente medido en un aparatoso artilugio de cristal y con la aparición de los primeros refrigeradores dejamos de comprar el hielo en barras, pero cualquier excusa era buena para dejarse ver por la tienda-casa de los Sres. de Luna.

Blanquita, como le llamaba su familia era curiosamente muy morena y con unos grandes y hermosos ojos negros,
solía salir a pasear únicamente los Domingos y lo hacía acompañada de una amiga menos agraciada que ella, la persecución de la chiquillería masculina era por tanto despiadada y unidireccional, era agotador esperar durante toda la semana y centrar todos los esfuerzos y recursos conquistadores en las pocas horas de una tarde de Domingo que además, para todos los efectos, inevitablemente acababa siempre poco antes de esconderse el Sol.


Desde el principio me pareció percibir cierta predilección, que se manifestaba sobre todo en la elección de pareja en los juegos compartidos y en los intercambios de las miradas, sin embargo, donde yo más cómodo y seguro me encontraba era cuando coincidíamos en nuestros gustos musicales, teníamos preferencias comunes por algunos cantantes o grupos del momento.
Nos gustaban los “Blue Diamonds”, “Connie Francis” o “Paul Anka” pero seguíamos con exagerada ilusión las canciones del “Dúo Dinámico”, hasta memorizarlas de principio a fin.

Mi único acceso a la música, era a través de los programas musicales que emitían las pocas emisoras de radio que en ese momento existían, La Voz de Levante (Emisora del Movimiento), Radio Valencia o Radio Popular eran algunas de ellas, y en esta última, el incombustible Enrique Gines nos ponía al corriente de los últimos temas que llegaban al mercado nacional. A través de su programa diario “Discomoder”, podíamos conocer los últimos éxitos del Dúo Dinámico, que él repetía día tras día hasta la saciedad.

Manolo y Ramón nos abrumaban con sus canciones, las ediciones de sus “singles” se sucedían con una inmediatez asombrosa y a la vez gratificante, pues nuestra avidez por descubrirles nuevas canciones no tenía límite.
En aquel momento y de no ser por curiosear en los créditos de los discos, todos los temas nos parecían suyos, ya que las versiones originales nos llegaban meses mas tarde de que las hubieran hecho famosas los versioneros locales de turno, pero lo cierto es que el Dúo Dinámico, combinaba composiciones propias con versiones que personalizaba con mucho acierto.

Siempre he recordado con una extraña precisión, las letras de aquellas canciones que el inefable Dúo, componía o versioneaba con tanta regularidad, “Oh Carol, Amor de verano, Esos ojitos negros, Poseía en movimiento, Somos jóvenes, Balada gitana o la grandilocuente Perdóname” no son sino una pequeña referencia de los innumerables títulos que acompañaron nuestros enamoramientos en aquellos primeros años de la década de los sesenta.