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22 de marzo de 2017

Este jueves, relato: Círculo vicioso.


Mi círculo no es solo un círculo.
Es un círculo con dos líneas rectas que se mueven aunque yo no las vea moverse.
Dos líneas diferentes, no solo de longitud, que también.
Una, la más larga, corre más. La otra, la menos larga, menos. La larga es más fina y estilizada y, si no fuera porque no la veo moverse, diría que es más ligera. La corta, gordita y mofletuda, afirmaría que, si no fuera porque no la veo moverse, es más lenta.
Solo se mueven cuando no las miro, si lo hago quedan quietas, paralizadas, avergonzándose de que su movimiento las delate y el que las mira, que soy yo, descubra su dirección.
¿Hacia la derecha?
¿Hacia la izquierda?
¿Para arriba? ¿Para abajo?
Mi círculo no es que sea mudo, que lo parece.
Habla todo el rato con un secuencial, obstinado, incesante y continuo:
«Tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac…
Ahora son las 11:00.
Ahora, y no sé como se ha movido, las 11:10



15 de marzo de 2017

Este jueves, relato: Testamento


¿Se puede morir dos veces? ¡Sí, se puede!
Yo lo he hecho, en consecuencia he podido dejar dos testamentos. La duda fue si dejaba uno diferente o el mismo que en mi primera muerte. Evidentemente tenía que ser el mismo, muerto no había tenido ocasión de aumentar mi patrimonio.
Así que, aquí estoy, para mi sorpresa, resucitado y de nuevo fallecido. Al menos he tenido tiempo para dejar una vez más el mismo...

«Testamento en diez legados»:

Decía que me llamaba Jacobo, pero poco importa, cualquiera en mis circunstancias podría haber mentido. Mi pobreza, si que era real. Mal vestía con harapos sucios que en su día fueron un traje a medida. Mi edad indefinida, era la de un viejo que peinaba canas en una casposa y enredada melena blanca. Jamás fui prudente y ahora el frió y la calle, amenazaban con negarme la vida una madrugada cualquiera. Absorto, escribía con lápiz corto en las partes no impresas de un diario de izquierdas:
—Por si acaso y para que no hayan dudas, ni disputas, dejo mis pertenencias a:
—El carro de la compra que cogí prestado del “super” y que desde hace tiempo es a la vez mi armario y despensa se lo dejo a D. Juan Roig, dueño de Mercadona… al rey, lo que es del rey.
—Estos 2’25 euros que guardo, son para el director del banco de aquí al lado. Que me abra una libreta, un plan o lo que sea, todo menos jugar en bolsa, me preocuparía perderlos.
—A María, que me baja leche caliente y galletas con su nombre y que es mayor que yo, pero se conserva mejor (bendita familia), le dejo la cantinela que tanto le gusta escucharme cada mañana. Ahora le puedo confesar que es “Te quiero, te quiero” de Nino Bravo en una versión ininteligible.
—Al Generalísimo, esté donde esté (espero, que en los infiernos) le dejo estos trozos de metralla, que me han tenido con el cuerpo roto desde los 16 años, hasta los que soñé con ser un gran deportista.
—A Micaela, la niña del portal 22, que nunca me ha tenido miedo, le dejo el mío, para que lo conozca y no lo repita… al final te das cuenta, de que no merece la pena.
—A Julio, el ciego de la esquina, le dejo este libro sin tapas, sólo para que lo abrace entre sus manos, son poemas de Martí i Pol. ¡Sí, ya sé que está ciego, pero qué más da, tampoco sabe catalán!
—A Alfredo, ese señor serio que siempre me mira a los ojos, que no sé de dónde viene ni a dónde va, pero que comparte conmigo ese instante de segundos cómplices, le dejo esta última mirada.
No pude llegar a los diez legados, el frío de esa madrugada se me llevó para siempre.




1 de marzo de 2017

Este jueves, relato: La ventana indiscreta


En el apartamento, la noche estrenada quedaba borrosa entre cortinas estampadas. A oscuras, jugué a levantarme y mirar a través de mi cámara. Me acerqué a la ventana y calculé el tiempo que faltaba para que, de nuevo, «aquello» se repitiese como cada noche. Solo unos segundos y ella me acompañaría en una ficción con el recelo del que sabe que el tiempo es limitado y que en el principio comienza la cuenta atrás. Imaginé en ese momento una escena de cine y encendí un cigarrillo. La primera calada se fundió en los cristales. El humo, sin avisar, dibujó mis ansias en la superficie transparente entre el visillo de tergal y la tupida cortina de cretona.

Me vi perdido ante el cristal, mirando hacia no sé dónde. Era una dispersión que ya conocía de antes, sabía exactamente de qué se trataba. Extendí el brazo y acaricié la tela que, ondulada, me protegía del exterior. Note la suavidad de su fondo y el cuerpo de sus relieves, flores, lazadas, volutas sin fin que recorrían el tejido de un lado a otro. Curvas lascivas. Rosetones que se alojaban en la palma de la mano. Tallos. Hojas. Pespuntes que anticipaban un hilván terminado.

Separada la cretona, sentí en mi mano la suavidad del visillo que me recibió con una ligera sacudida de electricidad estática. Blanco, sedoso, uniforme, frío, traslúcido, dejaba adivinar aquella colmena de vida que era la fachada de enfrente: El viudo con delantal en la cocina. Los niños recogiendo los cuadernos una vez hechos los deberes. La joven recién enamorada besando, una y otra vez, la pantalla de su iPhone. El matrimonio que, aburrido, compartía un infumable programa de televisión. El otro matrimonio que, divertido, compartía el mismo infumable programa de televisión. El joven estudiante que se enfrentaba a la segunda taza de café de la noche.
En todas las ventanas se escenificaba la vida, menos en la que yo esperaba, deseaba, moría, penaba y que, inexplicablemente, esa noche permanecía en sospechosa oscuridad.

Más ventanas indiscretas aquí.


23 de febrero de 2017

Este jueves, relato. La escalera


«Ojos que no ven, corazón que no siente».
Ella sentía.
Y olía.
Cada mañana su despertar era un prólogo estimulante, una fiesta para sus sentidos. Juntaba ilusiones. Abría los ojos y, entre sombras, disfrutaba como lo hace una niña acariciando, sin ver, su primera muñeca.              
No veía. Había aprendido a mirar y en esa permanente oscuridad, el resto de sus sentidos imaginaban en color.
Y olía.
Un giro suave, un golpe a traición, un bulto que desperezaba. Todo era una amable visión sintiendo como la naturaleza de su cuerpo simulaba dibujando una forma armónica.
¿Cuántos colores existirían que ella no había visto? ¿Y cuántos, cientos, que nunca verá? No era lo que sus ojos no veían lo que más le ocupaba, no tenía que indagar, divagar o imaginar. Su luz era de color azabache y su corazón la recibía como un tesoro por explorar en el fondo de su invidencia.      
Y olía.
Desde su casa, el camino al mercado, estaba a un paso que cada viernes hacía acompañada de Saúl. Subía y contaba con pausado orden los escalones de acceso a la puerta principal.                                
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Siete.
Ocho.
Nueve.
Diez.        
De pronto los olores y los colores imaginados. 
A la derecha las aves, a la izquierda las carnes, al frente los encurtidos y las especies, detrás el ruido de los coches y el murmullo de los grupos al mando de un paraguas de colores que ella no veía, pero que Saúl le había detallado: «Es la señal que todos los visitantes de un mismo grupo ven y siguen desde lejos, a cualquier distancia, en el caso de que se hayan retrasado». Qué curioso, pensó ella, no les basta con ver, además les han de señalar el camino.
Alicia, ciega de nacimiento subía cada día, de memoria, los diez escalones de acceso al Mercado Central.

(Fragmento de mi borrador «divinas criaturas»)

8 de febrero de 2017

Este jueves, relato: El protagonista oculto... Una guerrera.


Encarni es actriz. Hoy tiene rodaje. 
Un rol dramático, como su vida. 
Sale de casa apresurada, nerviosa. Ha conseguido maquillar los hematomas de su cara y, de nuevo, darle brillo a sus expresivos ojos.
De camino al estudio se esfuerza por recuperar la normalidad. Ella es tierna, amable y apasionada con todo aquello en lo que cree; pero en casa... eso es otra historia, al menos hasta hoy. No sabe si, por fin, será capaz de cumplir lo que se ha prometido.

Toma consciencia nada más gritar el director:       
«¡Silencio, se rueda!».
La primera frase de su partenaire, rebota en la madera del falso decorado simulando un golpe que la arroja al suelo:   
«¿Que me calle? Todas sois iguales. ¡Unas putas!».
El limitado aforo, completo, contiene la respiración. 
Encarni traga saliva e inicia el diálogo con la que es su réplica:
«Si me vuelves a tocar me voy para siempre».
Él le grita de nuevo, salpicándole el alma con una desbocada ira:
«No te atreverás, si pones un pie en la calle, te mato».
Él es un perdedor, luce los harapos de la violencia y desde el centro de la escena, borracho, la ve salir con su maleta. Iracundo la detiene mientras ella abre una puerta de cartón y, una vez más, loco por la insumisión la fuerza hasta violarla sobre una rancia alfombra. Encarni, humillada y malherida reacciona desde la inferioridad lanzando al aire golpes ciegos y desordenados que él sortea con acierto. Ella sabe, por exigencias del guión, que esa rebelión física es su sentencia de muerte. Un certero golpe de él, la lanza contra el taquillón de chapa que acaba con su vida. Los focos, en un lento travelling, se deslizan captando la pintura roja en el rostro de Encarni, terminando en un desenfocado horizonte pintado sobre una tela. El director, satisfecho con esa toma exclama:
«¡Corten! Vale. Hemos finalizado».
Encarni se levanta y decide salir por esa puerta que nunca llegó a cruzar.  Coge su maleta y dirigiéndose a la salida mete la mano en el bolsillo del abrigo palpando el contorno de un pasaje de avión. Mira a ambos lados sin miedo. 
Libre.
Solidaria.
Guerrera.
Ha elegido ser ella misma. A partir de ahora las cosas van a cambiar y, con la cabeza alta, hace «mutis por el foro».


25 de enero de 2017

Este jueves, relato: Soledades


Soledad transgredida.

Busco la soledad entre la gente. 
La soledad elegida.
La que reconforta y estimula.
La que encontraba hace años al salir a la calle. En el autobús. En las terrazas. 
En los pasos de peatones, incluso en el bar.
Soledad, hoy hipotecada, perdida, vendida al diablo.

Los espacios grandes o pequeños, abiertos o cerrados se han convertido en un inmenso, incómodo, incontable, irrespetuoso y universal locutorio telefónico.
Gestos. Exclamaciones. Risas gratuitas. Gritos que intimidan y susurros que también.

Al instante, uno se convierte, sin querer, en testigo de confesiones, planes, divagaciones, reproches. Espectador —más bien auditor— de secretos, enfermedades, verdades a medias y mentiras enteras. La vida de otros en definitiva, que al mismo tiempo es la nuestra. Poco a poco, día tras día, año tras año, agresión tras agresión.
La búsqueda de la soledad se ha convertido en una insufrible pesadilla.

¿Dónde estás, querida soledad?


Más soledades en el blog de Pepe

11 de enero de 2017

Este jueves, relato: Juegos de infancia



Juegos en el barro.
Mi calle era estrecha y larga. Tenía nombre de heroína y ambas, calle y heroína, fueron testigos de mis primeros juegos.
Me veo en ella de niño. Descubriendo olores, compartiendo tiempos, haciendo amigos e inventando enemigos.
Frente a mi puerta las casas se interrumpían y el sol colaba sus rayos iluminando las fachadas que iban del 60 al 68. Ese gran solar todavía no robado al campo era cuartel general de lagartijas, perros, gatos y alguna que otra gallina.
Tengo tres fotos de aquella calle. 
En una de ellas, agachado, lanzo una canica de arcilla marrón al aire:
Chiva.
Pie-bueno.
Tute.
Matute... 
¡Gua!.
Calle de panas y boinas, delantales y alpargatas. Y barro, mucho barro, que despiadadamente nos dejaba la lluvia para enfado de mi madre.
Al fondo un solar donde se interrumpían las casas y mi abuela, con la colada repartida sobre el confiado arbusto, recibía gratis el sol a través de linos, lanas y algodones. Yo, con ropa de ensuciar, miraba —que no veía—, mientras me comía una yesca de pan con aceite y sal.
En otra foto al grito de: «¡Churro va»! me lanzo sobre las espaldas de Agustín y Federico que, inclinados, soportan mi embestida:
Churro.
Media-manga.
Mangotero...
¿Cómo se quedó?
Una calle llena de corazones curiosos, de azulejos de Manises y miles de sueños que nacían y morían cada año.
En la tercera foto, sorteando el barro, lanzo con la pala, al aire, el pic lo más lejos que puedo.

29 de diciembre de 2016

Este jueves, relato: Sentimientos encontrados en la Navidad



Había decidido dedicar la primera hora de la mañana a comprar algunos de los regalos de Reyes. Eran mínimos. Solo unos pocos faltaban para completar mi lista de compromisos. Intuyo un principio de mañana tranquila, la hora es buena y el día todavía no ha hecho más que empezar. Alcanzo las puertas del gran almacén, recién abierto y al fondo veo la sección de música cuando empieza a sonar mi iPhone:
—Escucha con atención, me da lo mismo que sea víspera de Reyes, necesito el proyecto, quiero algo para primera hora de esta tarde, ya sabes mi correo.
Alterado y confundido llego hasta el mostrador de clásica, busco y pregunto por «La Traviata» de Salzburgo.
—Lo siento pero acabo de vender la última —me responde la dependienta.
Ya en la calle, en busca de la dichosa ópera y al doblar una de las esquinas, me tropiezo con un indigente:
—¡Dame algo para un café!
Rastreo el fondo de mi bolsillo y al tacto reconozco una moneda de 2 euros, no quiero sacar la totalidad de ellas y delante de él elegir la de menos valor, total, qué hago yo con 2 euros. 
Suena de nuevo el móvil, es el director del banco:
—Necesito urgente que me ingreses, ¡tienes la cuenta «en rojo»!
Me detengo y apoyado en la pared intento relajarme.
De nuevo suena el tema del iPhone (los primeros acordes de «el loco de la colina»). Tengo que cambiarlo, estoy empezando a odiar a los Beatles.
—Jefe han llamado de la imprenta, las fotos que les enviamos no sirven, que les mandemos otras con mejor resolución antes del mediodía.
Todavía no he comprado nada. Paciencia, es cuestión de tiempo, me acerco a la librería, cerca de la puerta me aborda una gitana, me coge la mano e insiste en predecir mi futuro:
—Señorito, si me da unas moneas le leo el mañana.
—Lo siento, no es el momento y mi futuro depende más de hoy que de lo que digan mis manos.
No me lo puedo creer son las once y la cola ya llega a la calle. Cuando entro mi libro ya no está. 
Saliendo de la librería, los acordes de The Fool on de Hill, me trasladan al mundo real:
—Jefe esta mañana necesito salir una hora antes, ya sabe... los regalos del niño y todo eso. Nos vemos el lunes.
Se suman las llamadas: el carpintero que quiere cobrar, mi mujer que no me olvide de la tintorería, don Jesús que la transferencia que tenía que hacer hoy, la hará la semana que viene, total por unos días.
Abatido, desesperado, exhausto llego al portal de mi estudio y...
—Señor, estoy en el paro, vendo 6 pares de calcetines por 12 euros, ¿le interesan?
—¡No! no me interesan —pensándolo mejor, le llamo y le digo Oiga Ud. el de los calcetines, que le parece si le doy algo por todos los calcetines que le quedan.
El parado de los calcetines, se marchó con cara de ganador, sin calcetines y mi iPhone en el bolsillo.
¡Benditas Fiestas!

8 de diciembre de 2016

Este jueves, relato: Pérdidas


Semana de pérdidas perdidas.

Hoy, primer día de mi ausencia me ahoga la melancolía y me desbordan los recuerdos. No quiero mirar atrás.
Hoy, segundo día sin mirar atrás, perplejo en este nuevo amanecer, me lleno de pérdidas irrecuperables. No me caben más de las que me traje.
Hoy, tercer día perdidas mis pérdidas me veo oscuro y gris, y no sé como iluminarme para encontrarme.
Hoy, cuarto día entre nubes me visto de mentiras, me disfrazo de otro que se me parece, lo intento... pero no se lo cree.
Hoy, quinto día de no ser yo, me circunda el amor. Sólo tengo que estrechar el círculo y hacerlo mío. Se me escurre, es de agua.
Hoy, sexto día de llorar intento rehacerme deseando el deseo, pero el deseo es muy caro y no está a mi alcance.
Hoy, séptimo día de renuncias me lleno de recelos y envidias gratuitas. Solo, llego hasta el horizonte, cruzo su puerta y me pierdo para siempre.

3 de marzo de 2016

Este jueves, relato: Blanco y negro.


En mi familia cuando jugábamos al dominó, el que tenía el seis doble, además de empezar la partida, la ganaba.
En mi familia siempre se han hecho trampas en los juegos de mesa.
Sin embargo sacar a colación en este momento el dominó, no es necesariamente por el resultado, ni por el entretenido placer de mover y mezclar las fichas después de cada mano, ni siquiera por la obligada y asumida norma de mantenerlas en erecta verticalidad mirando al cielo.
En mi familia el dominó era muy particular: lo negro era blanco y lo blanco, naturalmente, negro.
La parte posterior de las fichas era de un insolente blanco hueso y la delantera, la que mostraba la numeración era negra, con los círculos en blanco.
Nunca he sabido por qué, ni cómo llegó ese dominó a mi casa.
Desde hace años, jugar al dominó con las fichas normales, es todo un aburrimiento.

Más blancas y negras con Matices 

18 de febrero de 2016

Este jueves, relato: Cumpleaños


En general, los fantasmas, no cumplen años. Pero este,  el del jueves pasado, sí. 
No sólo cumple años, además los cumple cada ciento ochenta y dos días, por lo que es el doble de viejo que cualquier otro. Esas cosas se notan e indistintamente de que se sea, o no, fantasma… los años pesan..., y pasan.
En esta ocasión, su cumpleaños, no cayó en ese fatídico sábado en el que se ausentaba para matar y pudo celebrarlo con su pareja, ¡fantasma como él, claro! El evento se perpetró en un restaurante "cinco estrellas", el mejor del purgatorio: Transición, se llamaba. En la mesa, ella se dirige a él con una rosa roja en la mano. Él la mira inmutablemente a los escondidos ojos mientras recibe y aprieta el tallo del placentero vegetal, dejando en el blanco mantel un sedoso y cristalino charco de sangre. Ella devuelve la mirada, se inclina y lo besa mientras con los dedos juguetea en el charco purpura. Después del prolongado beso acerca su dedo índice sobre la parte delantera de la sábana de él y escribe: «Felicidades, ¡Te quiero!» 

5 de febrero de 2016

Este jueves, relato: Mis horas en la peluquería.


Cada día abro el local a las 10:00. A veces tengo cola. Esto sucede desde que mi jefe, Pedro Pacheco, conoció a Graciela. Fue entonces cuando tuvo la feliz ocurrencia de hacer la peluquería "Unisex". Hasta ese momento era sólo una barbería para hombres; pero Graciela, la cubana con la que mi jefe se lio, o se encamó, o vaya usted a saber, le convenció para ampliar el servicio a señoras.
-Sólo es una cuestión de marketing -le dijo ella-, mientras le mordía la oreja.
Al día siguiente colocaron un luminoso que decía "Grace & Peter - Estilistas".
No hace falta decir que la cubana está "para mojar pan". Y con tan sólo un curso acelerado por correspondencia, ha llenado las paredes de diplomas y los sillones de parroquianos.
Lo cierto es que yo, desde entonces, barro más que nunca y los clientes, los de siempre, los de la barba, ahora piden el servicio completo.

Más cosas sobre peluquerías aquí en la Plaza... 


28 de enero de 2016

Este jueves, relato: Entrevista con... DIOS


Llegó puntual como corresponde a un Jefe de Estado. Solemne y ceremonioso me reconoció... (¡era Dios!) le ofrecí asiento en una butaca de piel marrón.
-¿Qué le apetece tomar Señor?
-Un vino dulce -me contestó.
-El motivo de esta entrevista es para recordarle que hace ya más de tres mil años, su Padre, que es Usted, le dio diez Mandamientos a Moisés en el Monte Sinaí. Necesitó cuarenta días para escribir con su propia mano sobre dos tablas de piedra las leyes básicas. Poco tiempo para crear un reglamento de obligado cumplimiento, ¿no le parece?
-¿Tres mil...? -se preguntó desconfiado-. Cuarenta días fueron suficientes para que la fe de un pueblo se perdiera y me sustituyeran por un becerro de oro construido en honor de mi adversario Apis.                                                             
-Si, ya lo sé y la reacción de Moisés fue demasiado visceral y tremebunda rompiendo sobre todos ellos las pesadas tablas. 
-Mano dura y fuertes penitencias son lo único que entienden los fieles en tránsito. ¿Y dígame, que más quiere preguntarme? puede imaginarse que tengo otras obligaciones. 
-Después de miles de años, ¿cree que algunos de los Mandamientos podría sufrir algún cambio que los adapte a los tiempos presentes, alguna actualización que sea consecuencia implícita de nuevas lecturas, incluso pensando en los próximos años?
-El primero, ni tocarlo, sólo faltaría modificar el único que habla de Amor.
El segundo y cuarto valen como están, habida cuenta que Dios, o sea Yo, soy Padre, Madre, Hijo y Espíritu Santo.
El tercero es obvio si quieres cumplir con el segundo y cuarto.
El quinto, es de aconsejable cumplimiento, salvo para las Santas Cruzadas en su lucha contra el moro infiel.
El sexto y noveno valen, mientras no hayan niños de por medio, que la Iglesia no es de piedra.
El séptimo y el décimo van en el cargo, la Iglesia tiene voto de pobreza, por lo tanto, sólo están expuestos los fieles de escasa o enfermiza convicción.
Y para terminar, el octavo es un mandamiento de relleno, sólo para que quedaran equilibradas ambas tablas, hoy sería prescindible.
-Gracias Dios por su tiempo, por cierto, ¿le dice algo el nombre de Francisco?
¿Quién? No sé, ahora no caigo.

21 de enero de 2016

Este jueves, relato: Sucedió a bordo de un MG METRO.

            
Por primera vez y sin que sirva de precedente, voy a alejarme 180 grados de la ficción y bucear en la realidad. Una historia tan verídica como indecente y, no sé hasta qué punto verosímil; pero así es como sucedió y así es como la cuento. 
Fue en coche, uno pequeño y blanco.
Sonaron tres veces las campanas del Miguelete, cuando esto sucede después del mediodía quiere decir que son las 15:00. Terminábamos de tomar el aperitivo de esa mañana de sábado con el que Regina y yo habitualmente despedíamos la semana laboral. Como con un gatillo recién disparado la miré y le dije: Si me pagas el hotel, te invito a cenar en Arzak. Regina, que se apunta a un bombardeo, pidió la cuenta de la cerveza  y las aceitunas, y me arrastró a casa a por una muda limpia.
Al pasar Teruel empezó a llover y la conducción era lenta y la demora en la carretera la hacía más inquietante aún. La mesa estaba reservada para las 21:00 horas. En Zaragoza, llevábamos una hora de retraso sobre el horario previsto. 
-Buenas noches, soy Alfredo y tengo mesa para las 21:00, quizá nos retrasemos un poco, está lloviendo y la conducción es muy lenta.
-No se preocupe D. Alfredo, le esperamos. 
En la autovía intentamos recuperar el tiempo perdido. No solo no lo recuperamos sino que cruzar Pamplona nos sumó media hora más al retraso. Salvamos el puerto de Azpiroz y repostamos en Tolosa. Seguía lloviendo.
-Buenas noches, soy Alfredo, lamento comunicarle que nuestro retraso va a ser algo mayor, estamos en camino.
-No se preocupe D. Alfredo, conduzca tranquilo, le esperamos.
Entramos en San Sebastián a las 22:40, acompañados de un pertinaz chirimiri. Sólo quedaba cruzar el río Urumea, por el puente de Santa Catalina.
-Buenas noches, soy Alfredo, llegamos en unos minutos, buscamos aparcamiento. 
-No se preocupe D. Alfredo, nosotros aparcaremos su coche, le esperamos en la puerta.
Eran las 23:00 cuando entramos en el restaurante, el resto de los comensales nos miraban como si estuvieran al  corriente de las peripecias de nuestro accidentado viaje. En el hall se nos acercó un señor a recibirnos, se interesó por nuestro estado de ánimo y después de acompañarnos a la mesa nos dijo:
-Soy Juan Mari, relájense, aséense, pónganse cómodos, que después de esos meritorios 700 kilómetros, esta noche, yo elijo por ustedes.


13 de enero de 2016

Este jueves, relato: Tranviario

      
      Decía que se paraba echando piedrecitas por un tubo hasta que estas cubrían la vía. Lo recuerdo en los días de lluvia, yo iba a su lado, y me dejaba tirar puñados de arena gorda por el embudo cuando nos aproximábamos a la parada; él, al mismo tiempo, reducía la velocidad con la mano izquierda, girando la manivela que se deslizaba circular sobre un especie de reóstato; mientras, con la derecha, daba vueltas a un gran volante metálico que frenaba presionando las ruedas de acero.
      Vestía de gris, pantalón y chaqueta con botones cromados hasta el cuello, apenas se adivinaba la orilla del cuello de su camisa blanca, hasta que después de las primeras horas se desabrochaba un botón evitando apreturas incómodas; sólo uno, dos hubiese sido un atentado al buen gusto y decoro. Completaba su uniforme con una gorra de tela dura, también gris, y visera de plexiglás negro.
      A veces iba de cobrador: "¡Billetes por favor!" Preguntaba cruzando el tranvía de atrás a delante, manejando una calderilla de la que sólo él era el responsable; tantos billetes vendidos tantas pesetas con sus céntimos a liquidar. De la plaza de Jesús, en el barrio de Patraix a la Estacioneta del puente de Madera. Un solo turno de diez horas y un solo recorrido, el mismo todos los días.
      Al final el tranvía a dormir a las cocheras de la Avenida del Puerto y él a casa, cruzando la ciudad a pie, con la alegría y el estímulo del trabajo bien hecho. Más tarde, después del hervido y una cola de merluza, una buena sesión de Radio Nacional de España, la emisora del Movimiento, ¡Qué castigo señor! Poco faltaba para que apareciesen en las ondas: "Matilde, Perico y Periquín".
      Que, ¿quién era él? Ya os lo podéis imaginar...


10 de diciembre de 2015

Este jueves, relato: Aniversarios cruzados.


16 de Enero de 1948                    
Dentro:
¡Qué nervios!  Intento llamar la atención, parece que se han olvidado de mí.     
Fuera:
Esta noche se ha verificado la cuarta emisión para América por los micrófonos de Radio Nacional, dirigida por el director de la Real Academia Española , don Ramón Menéndez Pidal.
Dentro:
Escucho una melodía, me resulta familiar, es la misma de otras veces sería capaz de tararearla a oscuras
Fuera:
La rápida distribución de la naranja a través de los nuevos trenes naranjeros ha influido en su precio. Según se ha informado en el Sindicato de Frutos.
Dentro:
Esto se mueve. ¿Otra vez de paseo? Ya he perdido la cuenta…
Fuera:
El embajador de España en la Argentina, señor Areilza, ha mantenido una cordial entrevista con el presidente Perón.
Dentro:
Oigo ruidos muy cerca, como suspiros acompasados… esto es nuevo para mí.
Fuera:
El gobierno de la India anuncia que por deferencia al Mahatma Gandhi, reanudará los pagos debidos al Pakistán.
Dentro:
Algo tira de mí, son unas manos gigantes. ¡Qué daño! Nueve meses deseando salir... ahora que me había acostumbrado.

3 de diciembre de 2015

Este jueves, relato: Sírvase usted mismo.


      "La verborrágica incontinencia de los necios".

     Soy un necio. ¡Sí, un necio! Uno de esos que aparentan, retóricos y trascendentes, que su verborrea sienta cátedra. Que presumen sacando pecho, que no cabeza, al tiempo que esconden la barriga para ocultar esos tres kilos (en realidad son seis), que tanto le avergüenzan. Ese que se peina volcando su insuficiente melena hacia un lado para vestir una irremediable y fatal calvicie, sin asumir que es la que hay y no hay otra.
     Sí, soy un necio. Lo digo yo, que me conozco como nadie. Soy un dibujo a lápiz que corrijo sobre la marcha, con más voluntad que solvencia. Que cuando vienen mal dadas y depende sólo de mí, me abandono en la más absoluta soledad llorando a moco tendido. Que empiezo el periódico por el final, leyendo sólo los grandes titulares, presumiendo de haberlo leído en su totalidad.
     Sí, soy el necio que para escribir un relato, a falta de conocimientos e imaginación, pone la mesa patas para arriba de libros de consulta. Abre páginas y páginas de Google y resume en escritos que luego con un total descaro firma como suyos.
    Escondo tanta necedad, porque no quiero que sepas nada de ese otro yo que malvive, trasteando, dentro de este doble pellejo, que ya empieza a descolgarse por viejo y por pellejo. Mejor hacer el amor y no la guerra. Tomarse un café negro, de esos de conducir, que despiertan los sentidos, abren los poros de la piel y me hacen parecer tan irresistible como tú esperas.
     O acaso, no sé que soy ese al que la vida le ha premiado, sin merecerlo, con un irrepetible presente envuelto en lazos de seda, y multiplicado, que no dividido, por tantas emociones como miradas tiene esta maravillosa mujer de nombre Violeta, y apellidos de todos los colores del Arco Iris.
     Sí, soy un necio, pero te quiero.

26 de noviembre de 2015

Este jueves, relato. Cartas a...


     
     Sabes abuelo, algún día te podré escribir una carta, esa que ahora garabateo porque soy un niño. Una carta de verdad, en papel, como las de tu época. Con letras cursivas, puntos, comas y todo eso que, no siendo lo más importante te dará una idea de lo que he aprendido. Una carta con su día, mes... y año, por si se extravía y te llega a destiempo. Una carta sin firmar porque tú sabrás de quién es. Una carta en la que, tarde, te dé las gracias por todo y te cuente que ya soy mayor, como tú y que siento la emoción de los primeros y extraordinarios descubrimientos, esos de los que tú ya me hablabas y yo, sólo oía sin entender.  Una carta corta y torpe porque no tendré práctica y mi mano se mostrará titubeante; ya sabes que ser joven no es ninguna ganga, pero tiene sus ventajas... Qué te voy a contar a ti que gozaste del privilegio del descaro, la osadía, la curiosidad y la seducción hasta que esa terrible enfermedad te borró la vida de un plumazo.
     Sabes abuelo, algún día cuando me haga mayor...    


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