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25 de octubre de 2009

Héroes de cabecera. Alberto Giacometti (XII)


Mas de 27 millones de dólares se pagaron en Christie's por la obra “Grande Femme Febout” escultura de Alberto Giacometti, consiguiéndose en esta ocasión un récord mundial para el artista suizo italiano. Giacometti expuso por primera vez en su natal Suiza en la Galerie Aktuaryus de Zurich compartiendo espacio con su padre, Giovanni Giacometti, pintor post-impresionista, Alberto tenía 26 años y ese mismo año, también mostró por vez primera sus esculturas, en el Salón des Tuileries de París. Alberto Giacometti es uno de esos artistas raros al cual se puede ubicar en distintos movimientos: surrealista, expresionista, cubista y formalista. Experimentó tanto en el dibujo y la pintura como en la escultura, un creador nato en constante búsqueda absorbiendo la esencia de cada uno de esas disciplinas, para concluir imponiendo su propio estilo.
Su obra es fascinante y a través de sus dibujos y esculturas se adivina la mano de un artista cuya vigencia aún nos emociona. Y es que los protagonistas de las obras de este artista suizo, parecen tener la mirada extraviada en algún lugar del horizonte y escapan, con el gesto congelado y una palidez mortecina, que nos despierta de nuestro paseo adormecido por los pasillos de los Museos. 
Bocas en silencio con gestos que se escuchan en el fondo del bronce. 
Un crítico, señalo con cierto misterio que los personajes de Giacometti están a punto de ponerse a andar pero no tienen a donde ir.
Nueva York, siempre ha sentido una especial fascinación por su escultura. 
En un raro ejercicio de premonición, el Museo de Arte Moderno organizó una amplia muestra de Alberto Giacometti para cerrar las actividades del año 2001. Se conmemoraron cien años del nacimiento del artista suizo y la pasión compartida por la verticalidad no es más que una mera coincidencia. 
Como quiera que sea, la ciudad de los rascacielos era la más adecuada para presentar, en aquellos momentos, una gran retrospectiva del maestro.
Los retratos de Giacometti, parecen inacabados, argumentando este hecho como un absurdo, ya que al existir la fotografía no es necesario copiar la naturaleza a través de la pintura, dando de esta forma total rienda suelta a su propia realidad, lo que él ve y siente ante el modelo. 
Sin embargo tanta vehemencia, en momentos de fracaso le lleva a una frustración que desemboca en una auto negación, que le hace cuestionar sus capacidades artísticas.
Europeo universal, vive su aventura creativa como un asceta, con humildad, un humano demasiado humano, sin golpes de efecto. Convive, trabaja y aprende con los grandes Bourdelle, Bretón, Prevert, Miró, Calder, Picasso o Sartre, obteniendo en la XXXI Bienal de Venecia el gran premio de escultura. 
El hombre de Giacometti, es un hombre siempre de pie, sonámbulo, aplastado por su propia y misteriosa razón de ser.
Su vida es el trabajo, el espacio táctil de su estrecho taller que crece y crece rodeado de estirados bronces humanos. 
Próximo al Guernica, en el Museo Reina Sofía de Madrid, hay un retrato a lápiz de Giacometti que exige al menos el mismo tiempo de grata contemplación que el descomunal lienzo de Picasso, imaginarlo modelar con sus dedos y manos huesudas, debía ser un acto mágico, como testigos de su horizonte vertical.