Mostrando entradas con la etiqueta Masái. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Masái. Mostrar todas las entradas

8 de mayo de 2012

Tanzania. Las masái

          


Recogimos a Nema en la puerta del hotel. La joven masài, vestía un precioso Shuka en tonos rojos y azules. Completaban su aire festivo: collares, pendientes, brazaletes, pulseras y un elaborado tocado que casi tapaba su rizada cabeza.
Nema bajó un día a la Ciudad para vender los abalorios que confeccionaba su familia, conoció a un joven tanzano de Arusha, se enamoró y se casó con él.

  
Ni siquiera el Toyota 4x4 pudo con la encrespada colina, En esta época, la de las grandes lluvias, las riadas de agua hieren la tierra con grandes surcos que hacen imposible la conducción. Nema, sacó del interior de su Shuka un móvil marca Samsung y avisó a su familia del leve imprevisto. A mitad del camino nos esperaría su prima Laiza, que nos acompañaría hasta el campamento.
Más de dos kilómetros de valle, sorteando surcos y tierra volcánica arrastrada por la marea del último diluvio. Iniciamos la caminata: Nema, Sebastián mi compañero en el oficio de diseñar, Matie el asistente tanzano que la empresa ha puesto a nuestra disposición “Full Time” y yo. Sólo se oía el viento, baladas de algún lejano rebaño y el ruido sordo de las pisadas sobre la hierba crecida junto a los maizales.

       
Tal y como avanzábamos el paisaje se hacía más fascinante, puro, con olor a silencio y de intensos colores verdes.
Se nos unió al grupo la nueva masài, engalanada para la ocasión con ropas de exultante colorido rosa y blanco, luciendo en sendos tobillos anchas pulseras multicolores. Media hora más y alcanzaríamos el poblado. Nema y Laiza, caminaban a nuestro paso riendo cualquier observación, se diría que no hablaban, su conversación era una risa continua de agudos sonidos que acompañaban con el brillo de sus grandes y redondos ojos.
A lo lejos, esperando en la puerta del vallado, estaba la familia de Nema, la tribu de Imolea. Su madre Kivuyo, su tía Lukinai, su abuela Esta Likimuran, más primas y sobrinos, niños de chocolate, que deshacían su curiosidad clavándote la mirada, buscando un porqué a esas diferencias de aspecto y color, a pesar de sentirse únicos entre tantos iguales repetidos. 
Las mujeres, nos regalan una bienvenida llena de risas y danzas tribales al ritmo de la voz de una de ellas, que tararea un estribillo seguido a coro por el resto. Voces agudas, incansables moviendo rítmicamente los collares de plato que parecen volar en un cuello negro espigado y glamuroso. Orgullosas y presumidos hasta el más mínimo detalle.


Era media tarde, los hombres pastoreaban a varios kilómetros hacia la ladera del Monte Meru, donde los pastos son mayores y la caza es más probable. Ellas, como en toda cultura primitiva, están relegadas a un segundo plano, construyen y reparan la casa, recorren diariamente largas distancias hasta pozos o manantiales para recoger agua y cuidan y educan a sus hijos.
Una vez hechas las presentaciones, las Masài, nos invitan a pasar al interior de la cabaña que parece más importante, la única que tiene una pequeña placa solar sobre el chamizo exterior. No cabemos todos, el interior es diminuto y el brillo de sus ojos se acentúa sobre la oscura piel que parece más negra en la penumbra. El momento es mágico, la abuela Esta se incorpora y vacía el contenido de sémola de maíz en una botella de calabaza, con leche en su interior, lo mueve hasta marear nuestra mirada y vierte el contenido en cuatro tazas de barro cocido, el líquido es grumoso, denso el color y difícil el sabor… de algo hay que morir y éste, no sería mal momento.


Hablamos sobre los jóvenes masài, sus influencias del exterior, su fidelidad a las tradiciones, su supervivencia durante los treinta años de comunismo y especialmente, sobre lo poco que hace falta para ser feliz. Las preguntas sobran, el silencio cómplice se posa en el ambiente, en ese minúsculo espacio que compartimos apretados, tan limitado y a la vez tan inmenso.


Tenemos que partir, la tarde se ha pasado volando y de nuevo entre cánticos, danzas y abrazos cariñosos las mujeres y los niños masài nos despiden acompañando nuestros primeros metros de regreso. Anochece en la llanura, de nuevo Neme, Sebastián, Matie y yo deshacemos lo andado en busca del Toyota perdido. Todavía en nuestra retina, la mirada incisiva, el ébano de su piel y los estribillos de colibrí, repetidos a golpe de gorgorito tropical.
Una gente, los Masài, que todavía lucha por saber qué es lo suyo y quiénes son. Guerreros a tiempo parcial, obstinados en congelar el tiempo, que me temo, terminarán siendo unos cromos exóticos en un álbum de fotos.