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23 de junio de 2009

...Mi Dalí particular. (Lluis Llongueras)



Mucho se ha escrito sobre el Genial pintor de Figueras, pero existe una relación poco conocida de éste con el peluquero catalán Lluis Llongueras de la que alguna malicia se puede contar, aunque sea a grandes rasgos: 
Todo empezó, un 24 de Septiembre de 1.961, día de la Merced cuando Dalí, acudió a la inauguración de la peluquería que Llongueras abría en la Av. General Goded (hoy, Pau Casals) en Barcelona.
Confiesa Llongueras, que antes de conocer a Dalí, su obra ya le fascinaba y su obsesión por descubrir el trabajo del pintor le acuciaba en extremo, esa tarde, Dalí le pidió un martillo con el fin de dejar su marca rompiendo una luna del escaparate de 3x2’5, a lo que el estilista se negó, argumentando que todavía las debía al cristalero, ésta a sido una decisión, que ha lamentado hasta el día de hoy, sin embargo, si le hizo caso, colocando como tirador de la puerta de entrada una caracola marina de considerable tamaño (16 x 20 cm.) que le había traído de Port Lligat y que los pescadores solían sacar de las redes.


En la primavera de ese año, en New York, Dalí decide cortarse sus bigotes en público, para ello había imaginado un Show en el que acabaría cortándoselos delante de las cámaras, pero se arrepintió y hubo que prepararle unos postizos que enroscó a su cabello, evitando de esta forma acabar con los auténticos, no obstante hubo que confeccionar un surtido de postizos para que una vez en Port Lligat decidiese la forma que definitivamente estos debían tener. A partir de ese momento la relación profesional se estrecha y los viajes del peluquero catalán a Port Lligat, se repiten con irregular frecuencia. Dalí confiaba en Llongueras, tanto que le permitía que en la mayoría de las ocasiones no fuera éste quien le cortase el pelo, sino algún empleado aventajado de la Peluquería, sin embargo con frecuencia se personaba en el Salón de Pau Casals, entreabría la puerta y desde la calle pedía a la recepcionista que llamase al Sr. Llongueras, obligándole a interrumpir su trabajo y acompañarle, ante las protestas airadas de las clientas, que el Pintor justificaba con un “Ya se harán cargo otros... ¡Vamos!” y tan sólo para acompañarle a callejear próximo a la Catedral y escuchar sus ocurrencias y comentarios del todo intrascendentes.
El Salón de Pau Casals era exclusivamente de señoras, de ahí la reserva que Dalí tenía para entrar en él en pleno trabajo, para arreglarse el pelo o probar sus extravagantes pelucas, siempre le citaba, durante sus estancias en el Hotel Ritz de Barcelona o posteriormente en el hotel Meurice de Paris.
La suite 108, con baño romano incluido, fue durante años el domicilio de Dalí en Barcelona. En el Ritz celebró ruedas de prensa, subió un caballo por las escalinatas y examinó, junto a Amanda Lear, a 20 efebos desnudos buscando al mejor modelo para pintar un San Sebastián. En el mismo Hotel apareció en un acto benéfico, que organizó Llongueras, con una capa y un cachorro de ocelote en brazos. A Dalí, le gustaba el pelo largo, en la medida que pudiese llevarse en cada momento, cortado recto de la parte trasera de la melena y nunca se tiñó las canas, como nunca dejó que nadie le tocase el bigote, que se recortaba personalmente, de forma que siempre estaba en la medida deseada, lo dirigía con agua y azúcar o jugo de dátiles maduros, el estilista recuerda que fue al primer hombre al que le puso rulos para poder darle forma al cabello, en alguna ocasión, a falta de inspiración el Pintor le pidió que le hiciera unas pelucas con el estilo de Velazquez, se las pondría mientras pintaba, pues verse con esa imagen “velazqueña” le inspiraba y le hacía pintar mejor, la idea de revestirse con pelucas al pintar o escribir le estimulaba.

A finales de los 70, Dalí, empezó a frecuentar el nuevo local “Nova Gent” para hombre y mujer de la calle Beethoven de Barcelona, su extravagancia premeditada o su inadaptación para determinadas situaciones cotidianas, le llevaba una y otra vez a utilizar de forma poco ortodoxa los lava cabezas con forma de teja, arrodillándose ante ellos y metiendo la cabeza en vez de sentarse y dejarla caer hacia atrás, como es habitual. Una y otra vez se reía de su ocurrencia repitiendo: “Sólo alguien como YO puede hacer una cosa así”

El Peluquero, le debe al Pintor, la audacia para enfrentarse al Proyecto de abrir salones por las mejores capitales de Europa, Asia y América, justificando de esta forma el hecho de que nunca le cobrara por sus servicios.
Al final de sus días, Dalí recibió a Llongueras. Este, consciente del deliberado aislamiento del Pintor tras la muerte de Gala y pensando que quizás no lo volvería a ver, se personó en Figueras para estar, suponía que por última vez junto un Genio, sin ganas de vivir, solamente el Rey, el alcalde de Barcelona y el President Pujol, habían conseguido despertar en Dalí el mínimo interés para concederles un poco de su tiempo.


Sentado en un sillón frente a una ventana que no daba a ninguna parte, triste, la piel blanquecina sin vida, la mirada perdida, llevaba un batín acolchado, el cabello larguísimo con las puntas amarillas, Dalí sólo balbuceaba al oído susurrando con monosílabos indescifrables, aguantó 25 minutos, durante los cuales Llongueras aprovecho para limpiar el color amarillento y descuidado de las puntas de los cabellos, al sacar las tijeras del bolsillo, la imagen moribunda de Dalí, gritó la única palabra entendible de toda la conversación: “Llarg”... (largo) un esfuerzo sublime del hombre que en sus últimas horas todavía le apasionaba la longitud de sus cabellos.
Oportunista, histriónico, genial, avaricioso, fetichista y egocéntrico. Así era Salvador Dalí. Uno de los artistas más cuestionados del siglo XX, dueño de una personalidad poliédrica, fue un personaje irritante para unos y fascinante para otros, e inclasificable para la mayoría.
Llongueras, conoció la muerte de Salvador Dalí, a media tarde del 23 de Enero de 1.989, recogido y emocionado en un rincón del Picolo Hotel de Ándalo en Italia.


Fuente y Fotos: "Mi Dalí particular" por Lluis Llongueras