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19 de abril de 2011

Un taxi con Ángel


Ángel tiene 25 y 53 años. 53 en el DNI y 25 como taxista. En estos años ha compartido tantas historias y situaciones con desconocidos, que cada día entiende mejor la naturaleza humana.
No es algo fácil de comentar ni con sus colegas de profesión ni con su familia, así que mantiene sus teorías de forma silenciosa. Ha llegado a catalogar las vidas de las personas. Según él, los humanos en realidad, sólo tenemos una lista muy corta de problemas..., y muchos de ellos son causados por el miedo o la falta de cariño.

Los viernes por la tarde suele hacer su servicio en el aeropuerto de Manises porque llega mucha gente para el fin de semana. Hoy apenas ha esperado 40 minutos y ya sólo tiene delante los taxis de Tomás y Jaime, dos nuevos amigos con quienes ha compartido tertulia hasta hace un rato.
"Veamos –piensa- familia numerosa con mucho equipaje, para Tomás. Irán a la zona del Saler.
Ejecutivo serio, para Jaime. Seguro que vuelve de trabajar en Madrid...
Y a mi me toca esa chica del móvil que tendrá la edad de Mariona". De unos treinta años y con gesto contrariado, la recién llegada parecía distraída. Apenas llevaba un maletín de viaje, lo que indicaba que sólo estaría una noche. Seguro que no era de Valencia porque, para un solo día habría dejado el coche en el parking.
Tras entrar en el coche, Ángel con su habitual respeto, le preguntó: -Buenos días señorita, ¿Me indica adónde vamos?
Ese primer instante es el único momento en el que Ángel suele girarse hacia su pasajero para sonreírle. Siempre ha creído que hay que ser cordial y luego dejar al pasajero su espacio.
-Al Hotel Petit Palace Bristol, por favor –contestó ella mientras continuaba su conversación- ¿Entonces no vas a venir hoy?... ¿Y que se supone que hago yo en Valencia sola? Mañana me vuelvo en cuento pueda... Olvídalo, esto es ridículo. Ya veré lo que le digo a mis padres por haber vuelto antes de lo previsto.

Era imposible no escuchar aquello pero Ángel ni siquiera la miró. Escuchó como ella empezaba a llorar intentando no hacer ruido, pero el interior del coche es un espacio demasiado pequeño para no respirar la tensión.
Ángel lleva toda la vida hablando sin mirar a las personas cara a cara y sabe que en realidad eso les hace sentirse cómodos. Así que, tras pensarlo unos instantes, simplemente empezó a hablar sabiendo que aquello produciría cierta sorpresa a su pasajero y que no le mandaría callar:
-El otro día mi hija me regaló por mi cumpleaños una corbata. Ella tendrá su edad más o menos. Recuerdo que al abrir el paquete lo primero que pensé es que este año la corbata era de las más bonitas que me había regalado y le di un gran beso. Cada año me hace más ilusión recibir una corbata suya.

Verá, yo paso muchas horas aquí solo, al volante, viendo a la gente pasar... Tengo tanto tiempo para pensar, que soy capaz de darle la vuelta a todo. Tengo 53 años y me paso 6 días a la semana conduciendo. Yo, en realidad, no he usado una corbata desde... déjeme pensar... pues precisamente desde la comunión de mi hija. Pero guardo todas las que me regala como un tesoro.
Cualquiera podría pensar que regalarme a mi una corbata es la demostración más clara de que mi hija y yo no nos tratamos mucho... Ella ahora vive su vida y tiene sus problemas como todo el mundo, pero sabe que me tiene aquí para lo que quiera.

Recuerdo un día cuando era pequeña, tendría unos 12 años, me preguntó por qué la mayor parte de las personas llevan corbata para trabajar y yo no la llevaba. Yo le contesté que la corbata no es más que una forma de intentar agradar a las personas cuando no las conoces. Y toda esa gente que veía con corbata seguro que tenía que conocer a gente nueva cada día. Pero ella me insistió: "Papá, tu en el taxi siempre conoces a gente nueva". Yo le contesté que realmente no llegaba a conocer a esas personas, que sólo intercambiaba algún saludo y apenas les veía la cara. Y como mucho por el espejo retrovisor. Pero ella insistió y me dijo algo que me dio mucho que pensar.
Me dijo: "Papa, tu siempre has dicho que a las personas se las conoce inmediatamente con una o dos palabras".

El silencio de su pasajera le indicaba que le estaba escuchando, así que prosiguió con su historia.
-Mi hija se llama Mariona y vive en Madrid. Recuerdo que una temporada lo pasó bastante mal por culpa de un indeseable que la tuvo muchos meses engañada porque estaba casado. Ese año su madre y yo sabíamos que no estaba contenta. Se notaba en su forma de hablar. Nos llamaba menos. Su madre le insistió en que viniera a verme por mi cumpleaños y nos costó convencerla. Es como si nos ocultara algo. Yo mismo vine a buscarla al aeropuerto. ¡Qué ilusión me hace verla de cuando en cuando! En este mismo trayecto, del aeropuerto a casa, me contó lo que le pasaba.
Yo notaba que estaba triste. Apenas hablé. Ella sabía muy bien que tenía que hacer pero necesitaba hablarlo, oírselo decir a ella misma.

Y estando ahí atrás sentada, como está Vd. ahora, tuvimos una conversación entre padre e hija. A veces la gente sabe perfectamente lo que le conviene pero, simplemente, no se atreve a planteárselo.
Después de eso fuimos a tomar un chocolate y no volvimos a hablar del tema. Pero ella sacó un paquete de su bolso y me dijo: "Papá esta corbata en realidad no es para ti, la acabo de comprar en el aeropuerto para otra persona. Ya se que no la usarás pero te la regalo para que gustes a todo el mundo". Y me dio un gran abrazo. Y desde ese año me trae o me envía una corbata. ¡Qué cosas!, aún me emociono al recordar aquella tarde.

La chica hacía un rato que había dejado de llorar. Había estado escuchando la historia de aquel taxista, que por alguna razón le había tranquilizado. Aquel hombre hablaba con ella, pero ni siquiera la miraba por el retrovisor, como hablando consigo mismo. Y eso le daba espacio y le hacía sentirse cómoda.

Estamos llegando, señorita. Si me permite una sugerencia, le voy a dejar a Vd. en la Plaza de la Reina. Su hotel está a dos manzanas. Se va a pasar Vd. por la Chocolatería Santa Catalina, que está junto a la iglesia; ahí es donde nos tomamos mi hija y yo un chocolate, desde aquella vez, siempre que viene.
Luego camine un rato hacia la catedral. El centro de Valencia es siempre un sitio para no sentirse solo.

Verá, yo los sábados suelo trabajar también por esta zona. Llego cada mañana sobre las 10:00 a la parada de taxis; por si necesita que la lleven al aeropuerto.

A la mañana siguiente, a las 11 en punto, el taxi esperaba en la parada. Pasaron unos minutos hasta que la chica abrió la puerta y entró de nuevo en el taxi. Ángel como siempre se giró para sonreír al pasajero. En esta ocasión ya conocía el destino, pero no quiso ser explícito para no incomodarla.
–Buenos días señorita, ¿Me indica adónde vamos?
La chica le sonreía y le contestó:
-Al aeropuerto. A casa.

Durante el trayecto, Ángel no preguntó a la chica acerca del día anterior ni si había tomado el chocolate. Mantuvo su habitual cordialidad e improvisó una conversación que no incomodará a su pasajera. Al llegar a la terminal, Ángel se giro de nuevo:
-Son 17'50, señorita.
Apenas la vio salir del coche.
La chica había dejado en el asiento un billete de 20 euros y un paquete. Al abrirlo, Ángel sonrió al ver una corbata con una nota que decía: "Para el padre de Mariona".

Se quedó unos instantes pensativo hasta que oyó cómo alguien abría la puerta del taxi y se giró automáticamente hacia su pasajero:
-Buenos días caballero, ¿Me indica adónde vamos?

El autor de este relato es Enrique Tellechea, lo leí durante el vuelo Paris – Valencia en la revista de la compañía Vueling y con su permiso se lo dedico a Vivian/Casss, que en estos momentos habrá dejado un taxi en la T4 de Madrid, después de pasar unos días con nosotros y en los que hemos tenido el placer de probar a su lado el delicioso chocolate de Santa Catalina.