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2 de mayo de 2010

La última Traviata


Hace casi treinta años, en una víspera de Reyes, mi madre me dijo: "Alfredo, como eres tan raro para la música, este año no te voy a comprar nada, yo te doy el dinero y tú te compras lo que quieras"
Me compré mi primera ópera.
Evidentemente aquella también fue mi primera Traviata, tres discos de vinilo editados por Decca Record con Sutherland, Pavarotti y Manuguerra.

La Traviata, También fue la primera representación que vi, en Diciembre de 1.990, en el Teatro Principal de Valencia. dirigida por Manuel Galduf y Nuria Expert,
Quiero decir con todo esto que La Traviata es mi ópera preferida y muy mal, muy mal tiene que estar para que se me indigeste.

La representación del pasado martes en el Palau de les Arts de Valencia de la que ya otros (Atticus o Titus) han hablado más y mejor, sólo presentaba un cambio respecto a las anteriores, el tenor Francesco Demuro sustituía a Vittorio Grigolo, por lo demás subrayo cualquiera de estas críticas, que bien valdrían para esta ocasión.

Parece ser que el toscano Grigolo no estuvo a la altura de las circunstancias, a pesar de ser un rol que domina a la perfección y que repite cada año tres o cuatro veces en los mejores teatros del mundo, y al que han llegado a llamar cariñosamente “Il Pavarottino”
Evidentemente, yo lo hubiera preferido, pues no he padecido antes un tenor más perdido que Demuro, perdido y amanerado en el escenario, perdido con la voz, incluso perdido en el traje (supongo que Grigolo, viste una talla más) creo que Maazel relentizó en más de una ocasión a la orquesta para no perder al tenor por el camino, el resto con muy buena voluntad resulto muy entrañable.

Verdi fue un compositor muy generoso con los barítonos (véase Rigoletto o Falfast entre otras) les regaló pasajes tan magníficos como este segundo acto de la Traviata, sin embargo llevados por una solemnidad mal entendida, algunos cantantes paralizan el personaje y se convierten en estatuas, temerosos de volverse sal en un giro o un movimiento que acompañe el drama, haciéndolo un poco más creíble.

Como también, Verdi, compuso uno de los más bellos y difíciles roles de soprano, pasando de la ágiles coloraturas del primer acto a la calidez y dramatismo de los segundo y tercero, que la rusa Gerzmava resolvió correctamente.

“La Traviata de los Espejos” como se conoce a esta producción italiana, es espectacular pero algo fallida, pues la efectividad de su diseño reside en la reflexión que de la base del escenario se hace en el paramento inclinado totalmente forrado de espejos. Algunas escenas resultan impactantes pero otras en cambio, increíbles y molestas.
Excepto la del último acto, que abre el escenario con una de las más coherentes, bellas e íntimas que recuerdo y que te convierte el sueño en pesadilla cuando al recuperar el paramento inclinado los 90 grados, refleja de lleno el patio de butacas (espectadores incluidos) al tiempo que este se ilumina, produciéndose una desconcertante carrera por encontrar a Wally entre las caras reflejadas.
Automáticamente te desconectas del drama, de la intimidad, de la música, de la obra, y no te levantas y te vas, porque sabes que Violeta todavía no ha muerto y no quieres perderte el glorioso final que nos tiene reservado el maestro Maazel.

La última de abono, que a pesar de esta Traviata, esta siendo una temporada inolvidable.

3 de septiembre de 2009

Héroes de cabecera. (XI) Giuseppe Verdi


¿Quien, no escucha la palabra “VERDI” e instintivamente le viene a la cabeza un sinfín de melodías conocidas? clásicos de la Lírica que desde hace años forman parte del repertorio popular.

Mi vecina del quinto (que entre nosotros, es una fresca) entona con cierta gracia las estrofas de “La Donna e Mobile” de Rigoletto, que repite incansablemente hasta acabar con la colada del fin de semana, en mi familia no hay Nochevieja en la que no acompañemos el Final de Año con las primeras notas (no sabemos más) de “El Brindis” de la Traviata y en la tertulia gastronómica de mi amigo Ramón no dan por concluida una comida sin arrastrar con la boca esponjosa los acordes del primero al último del “Va Pensiero” de Nabucco.

Tanto calor y popularidad parecen imposible que puedan emanar de este hombre pequeño, áspero, con el rostro frío, de mirada incisiva, nariz aguileña y canosa barba.
Así, es como lo recuerdo en un busto de mármol que comparte junto a otros genios de la Opera en el foyer de L’Scala de Milán.

Nació en una familia pobre, y en un pueblo pobre, Roncole, ducado de Parma, (curiosamente, francés en ese momento)
Su inquietud encontró apoyo y mecenazgo en un rico patrón de Busseto, pueblo cercano que frecuentaba para estudiar música, y que costeó su educación en Milán. Como en las películas de reír se casó con la hija del adinerado mentor y como en las películas de llorar, al poco tiempo fallecieron sus mujer y sus dos hijos.

Verdi no componía para la elite musical, sino que lo hacía para el populacho, cuyo principal entretenimiento era la ópera. Buscó temas que fueran originales, interesantes y pasionales, sobre todo pasionales. En plena madurez, sus trabajos son serios con finales infelices y trágicos, en la mayoría de ellos se mezclan sentimientos extremos de odio, amor, celos y miedo, subrayando con su poderosa música estas dramáticas situaciones.

Era un ardiente nacionalista que se manifestaba por una Italia libre y unida, y vió en su música un instrumento más, un símbolo de los italianos oprimidos. Con 28 años, compuso Nabucco, su tercera ópera, consiguiendo un éxito sorprendente y a partir de ese momento sus óperas se volvieron un símbolo de la independencia italiana.

Una década después, presentó dos de sus mejores obras, Rigoletto y La Traviata, con las que enamoró al público, al tiempo que escandalizaba a la crítica formal, que le censuraron su frivolidad para incorporar en libreto y partitura situaciones de violación, suicidio y amor libre. Pero Verdi, era independiente y consecuente con sus convicciones y así vivió con que la sería su segunda esposa durante diez años antes de casarse con ella.

Aquel, al que el conservatorio de Milán un día cerró las puertas, fue diputado electo en el primer parlamento de la Nación, relacionando de esta forma sus primeros éxitos, con la situación política que se vivía en Italia. Aparte de su calidad artística, sus óperas servían además para exaltar el carácter nacionalista del pueblo italiano. Quizás, por esta razón el coro de los esclavos de la ópera Nabucco, es uno de los más conocidos de Italia. Milán, esta vez si, le abrió las puertas de par en par.



Hoy, Verdi, sigue llenando los Teatros de Opera de todo el Mundo y conmoviendo los corazones con los grandes temas del espíritu y el amor y una música tan bella que se queda, obstinada dentro de nosotros, dispuesta para recordarla en cualquier momento. Salimos tarareando “La donna é mobile” o con el alma conmovida por el dueto entre Rigoletto y Gilda.

Y pensar, que en la soledad de su pensión en Milán, cansado y decepcionado a punto de abandonar, arrojó el manuscrito que llevaba entre las manos en un ademán violento y al caer al suelo, éste se abrió descubriendo una página, y sus ojos comenzaron a leer esta estrofa: Va, pensiero, sull'ali dorate (Ve, vuela, pensamiento, sobre las alas doradas). Siguió leyendo, conmovido, fragmento tras fragmento hasta aprendérselo de memoria

El 24 de enero de 1901, las calles adyacentes al Gran Hotel de Milán fueron alfombradas con paja de trigo para que los traqueteos de los carruajes de caballos no molestaran al huésped que agonizaba en el segundo piso a causa de un derrame cerebral. Y cuando, tres días después, se supo de su muerte, los balcones de la ciudad se cubrieron de banderas enlutadas, los teatros cerraron en señal de duelo y una multitud se aglomeró en el entierro del hombre cuya música había inspirado el resurgimiento y la unificación de Italia.

5 de febrero de 2009

...Gualtier Maldé, “Caro nome"




“El gobernador militar de Venecia, señor Gorzowski, deplora que el poeta Piave y el célebre músico Verdi no hayan sabido escoger otro campo para hacer brotar sus talentos, que el de la repugnante inmoralidad y obscena trivialidad del argumento del libreto titulado La Maledizione. Su Excelencia ha dispuesto pues, vetar absolutamente la representación y desea que yo advierta a esta Presidencia de abstenerse de cualquier ulterior insistencia al respecto...” Así, es como se las gastaba la censura de la Época, a pesar de que Verdi, intuyendo ese riesgo aceptara previamente el cambiar los nombres y los lugares, pero manteniendo el núcleo del Drama tal y como se lo había adaptado Piave sobre la novela de Víctor Hugo “El Rey se divierte”. La Obra ya había estado censurada en París, por manifestar abiertamente el libertinaje de un Rey, por ambas razones Verdi se avino a negociar con la autoridad militar italiana los cambios en el contenido de la nueva Opera que el Teatro La Fenice de Venecia le había invitado a componer para ser estrenada en la ciudad de los canales.


El asunto se resolvió gracias a la diplomacia de los administradores del teatro que una vez de acuerdo con Verdi y su libretista Piave, convinieron en modificar cinco puntos, a saber: Trasladar la acción de la Corte Real a una Corte menor. Cambiar los nombres de los personajes inventados por Víctor Hugo. Cambiar la escena en que el libertino posee una llave para acceder al cuarto de la protagonista por otra distinta que respete la necesaria decencia y por último la visita del Rey a la taberna será casual y no dictada por bajos propósitos. Verdi aceptó estas condiciones y el contrato se firmó. El Maestro, en cambio mantuvo la estructura tradicional del Melodrama con la complejidad de su protagonista, Rigoletto, y eso no lo pudo cambiar la censura con sus condiciones. Así fue cómo nació la ópera tal y como hoy se la conoce. El bufón Rigoletto es un personaje grotesco, que se mueve entre el afecto por su hija y el odio por el Duque y los cortesanos, exactamente tal y como Verdi lo quería reflejar.


A lo largo de la vida de las personas hay instantes especiales en los que se enciende una luz que es el principio y causa de otros muchos momentos iluminados, obviamente por aquella época ya conocía la existencia de los populares “brindisi” de la Traviata, el “va pensiero” coro de los esclavos de “nabucco” o incluso “La donna e inmobile” del mismo Rigoletto, pero fue precisamente al escuchar el “caro nome” cuando sentí el flechazo y me enamoré incondicional de algunas de las óperas del maestro parmesano. “Caro nome” es una de las más famosas arias de soprano de todos los tiempos, cantada por Gilda con sencillez y dulzura, empieza tímidamente y su voz se dispara llenándose de coloraturas que se hacen mas complejas tal y como avanza el aria, acompañada con una mínima orquestación ligera de flautas y violines que envuelven musicalmente este romántico tema. El duque escondido se entera de que Gilda es en realidad la hija de Rigoletto y tras sobornar a su doncella Giovanna logra entrar en el jardín de su casa y le declara su amor. El duque miente a Gilda sobre su identidad diciendo que es un estudiante y que su nombre es Gualtier Maldé. Afuera se oyen las voces de los cortesanos Ceprano y Borsa que planean el rapto de Gilda, a la que suponen equivocadamente amante de Rigoletto. El duque se marcha y ésta se queda sola repitiendo el nombre de su enamorado, “Caro Nome”.

                       


Caro nome che il mío cor
festi primo palpitar,
le delizie dell'amor
mi dêi sempre rammentar!
Col pensiero il mio desir
a te ognora volerà,
e pur l' ultimo sospir,
caro nome, tuo sarà.




8 de enero de 2009

...Dos de Cal

Días de fiesta, de vacaciones, de mini o maxi puentes,

Días de horas libres, de ocio controlado y disposición para recuperar actividades y situaciones aparcadas en el que terminó siendo un verano corto e insuficiente y sin saber como, instintivamente se extiende el brazo a la estantería donde reposa ese libro por terminar, esa película por ver de nuevo o esa música que recordabas con cierta distancia o habías olvidado y que siempre querías volver a escuchar.
...en esas estaba, cuando en el fondo de una hilera de Dvd’s reparo con sorpresa en dos Óperas que creía perdidas o prestadas, que a efectos viene a ser lo mismo.

La Traviata de Aix-en-Provence (2.003) y La Boheme de Sydney (1.993)

Tengo que reconocer que no son dos grabaciones de referencia, pero por tratarse de quienes y de cuales se trata y recordando que su estética en su día fue reveladora para mí, alimento al instante la posibilidad de una revisión casi inmediata.

Han pasado muchos años y otras versiones en Dvd’s y en directo he presenciado y evidentemente el impacto no es el mismo que el de entonces, pero me las calzo una detrás de otra, vacío la caja de bombones, lo cual me traerá mas tarde algún que otro contratiempo familiar, pero no importa he aprovechado la tarde, Puccini, Verdi y los bombones se me salen por las orejas y me han dejado una maravillosa sensación de felicidad, son más Fiestas a partir de ese momento.

Baz Luhrmann en 2003 llevó su producción de La Boheme a el Teatro Broadway en la ciudad de Nueva York, donde obtuvo 7 Premios Tony.
Originalmente fue en Sydney en 1990, cuando dirigió la puesta en escena de esta ópera de Puccini, de la que se editó en 1993 según cuentan, la primera ópera en formato DVD de la historia. Revitalizando esta Obra romántica y acercándola a un público mas joven, lo que hace de esta versión una introducción ideal a la ópera para los no iniciados.

Reambientada en los años '50, los cantantes representan una edad y un físico que suaviza el crudo salto imaginativo al que nos tenían acostumbrados con un tenor poco agraciado como el bohemio poeta Rodolfo o una robusta soprano como la enferma de tisis Mimí.

Las Interpretaciones son correctas, suficientes, especialmente las del tenor David Hobson y la soprano Cheryl Barker, ambos australianos, sus voces son bastante livianas y adecuadas a los roles, puesto que el énfasis está según Luhrmann en hacer la historia emocionante y no en la perfección musical.

La Producción grabada en vivo en The Sydney Opera House, permite mediante planos cortos ver a los cantantes desde más cerca, lo que le da cierta credibilidad y un aire de verosimilitud que se aprecia solapada con una actuación acertada o al menos no tan amanerada como era lo habitual.

Luhrmann crea un espectáculo que junto a la música emocional de Puccini hacen una combinación ganadora y los cantantes / estrella que lleva son jóvenes y físicamente atractivos, con una escenografía algo transgresora e interesante, donde los colores vivos que usan los amigos bohemios contrastan con el blanco y negro de una extravagante muchedumbre parisina, sobre un permanente fondo de tejados abuhardillados que nos recuerda en parte la estética que retomaría en Moulin Rouge, en especial viendo a Rodolfo y Mimí cantando "O Soave Fanciulla" en una azotea, frente a un gran letrero que dice "L'amour. "

Para los fans de la ópera en Francia, en 2003 se suponía que iba a ser el año de “La Traviata".

Dos montajes compiten en el país galo, en los festivales líricos de Aix-en-Provence y el Chorégies d'Orange, se ofrecen dos candidatas para la Violeta de Verdi, Mireille Delunsch e Inva Mula.
La producción de Aix, conducida musicalmente por Yutaka Sado y con dirección de escena de Peter Mussbach, estaba prevista para principios de julio con una retransmisión televisiva de cobertura nacional.
A finales de junio, sin embargo, una tormenta política estalló con un paquete de reformas para los trabajadores temporales en las artes del espectáculo.
La Traviata de Aix es una de sus primeras víctimas, pero sobrevive con una única actuación, en la que una radiante rubia platino Mireille Delunsch, bordea los límites de su arte.

Filmado por Don Kent, con un punto de vista totalmente cinematográfico, expresando la dulzura, la emoción, explorando todos los registros de la soprano francesa, que vestida de un blanco inmaculado nupcial, evoca el icono del sacrificio atrapada por la tragedia, una producción atrevida con un brillante y largo flash back, que deja sin aliento al espectador y donde la escena se ve iluminada desde el asiento de un hipotético conductor, que presencia una sombra conmocionada que vaga por la carretera en una noche fría y lluviosa, personaje frágil que busca aliento en el escenario para lograr un equilibrio que el destino acaba negándole, lejos de usos tradicionales la visión de Mussbach funciona perfectamente incidiendo en todo momento que el fondo principal de esta ópera es la Muerte

15 de noviembre de 2008

...La Miller que yo vi.

Tengo un amigo que tiene la costumbre de limosnear en cualquier caso y circunstancia a los músicos callejeros, él opina que “La Música hay que pagarla” estoy de acuerdo con él y ya me he acostumbrado a rascarme el bolsillo en busca de alguna monedita cuando el músico-mendigo de turno se acerca con su abollada y vieja caja de galletas para recoger las dádivas por su irrepetible versión del concierto de Aranjuez con el que nos acaba de castigar, digo esto por que la Música en cualquier formato es un regalo de Dios, no me imagino lo duro, que después de haberla conocido, sería vivir sin Ella.

Asistir a un concierto en directo es lo mas sublime que nuestro adulto corazón puede soportar y si en este caso se trata de una Opera, en el Palau, con un Maazel magnifico, una Orquesta disciplinada, joven y madura y un Coro entrañable, pues el acontecimiento se eleva al límite máximo de lo soñado.

En alguna ocasión he comentado que la Opera tiene una peculiaridad que difícilmente se produce en el Cine, en la Pintura, en la Literatura o incluso en otro tipo de Músicas, si es cierto que en todas estas manifestaciones artísticas y cuando se trata de auténticas Obras de Arte están permanentemente “vivas” y su multivisión te permite extraer lecturas diferentes, matices nuevos, descubrimientos y percepciones que están mas relacionadas con nuestra creciente madurez, el mejor conocimiento del medio o una explicación o aclaración en un momento determinado, de esta forma no es lo mismo ver el cine de Buñuel con el paso del tiempo, el Guernica después de la cuarta visita al Reina Sofía, la lectura de García Márquez por enésima vez o un concierto enlatado de los Crimson cuando ya crees que te los sabes de memoria.

Pero, ...¿que pasaría si fuese Coppola el que versioneara “Viridiana” o Barceló el que reinterpretase a “Picasso”, Pérez Reverte reescribiera “Cien años de soledad” o U2 lo intentase con “In the Court of the Crimson King”?


Situaciones que sin embargo son habituales en las representaciones de la Opera, o ¿..es acaso esta Luisa Miller la misma que la de su estreno en el napolitano San Carlo en Diciembre del 49?, claro que siendo rigurosos esto vale para todas las óperas existentes.

La Luisa Miller que vi por primera vez el pasado 13 en el Palau distó algo de la me imaginé después del acelerado cursillo por fascículos (robados al blog de Maac) que me descubrieron tímidamente detalles
de este melodrama con luchas, intrigas y traiciones por el poder y por el Amor a los que ya nos tienen acostumbrados los libretos operísticos.

Opera de música amable, distendida y serena con pocos recitativos, por lo tanto mas continuada, la quinceava en el orden compositivo de Verdi y al parecer caldo de cultivo de lo que podrían ser a partir de ese momento otras óperas del maestro parmesano, en el segundo acto se apuntan repetidas las primeras notas del que mas adelante sería uno de los mas bellos y estremecedores arias de “La Traviata”
Un tercer acto brillante en el que tanto Álvarez como Voulgaridou levantaron un listón que hasta ese momento sólo me pareció correcto, no pude evitar echar de menos al otro Álvarez.

Sin obviar que es una producción del teatro Massimo de Palermo que cuenta con fondo de escenario que es una caja de cerillas comparado con el Palau entendemos que la puesta en escena sea tan limitada y precaria, ingeniosa con buenas vibraciones cuando se levanta el telón, pero decepcionante cuando empieza a desnudarse y se parece mas una corrala propia de las tópicas zarzuelas madrileñas que el resultado de un concienzudo estudio de escenificación, amén que cada uno de los habitáculos en los que se desarrollaba parte de la acción quedaban pequeños y con una ornamentación impropia tanto de las dependencias de Miller como de los salones del castillo del Conde, por primera vez he echado de menos a Zeffirelli.

Una vez mas la precipitación en el merecido aplauso de la mayoría de los asistentes me ha dejado sin el completo disfrute de los soberbios últimos treinta segundos del final de la ópera, pero a pesar de todo he salido contento, satisfecho y orgulloso por haber presenciado de nuevo un acontecimiento musical de esta tesitura en nuestra ciudad.

25 de enero de 2008

Ls tres traviatas



Violetta vestida de noche, deslumbrante entre las luces de esta Navidad pasada: la fiesta del primer acto de La traviata, una ópera sobre la vida y muerte de una mujer que encarna la condición generosa de media humanidad, podría hoy celebrarse en cualquier principal ribereño del río de oro que es el nuevo paseo de Gràcia.

A ellos dedico mis tres recomendaciones de hoy, Tres Traviatas inolvidables, protagonizadas por tres mujeres fascinantes en sendas tomas en directo -dejo de lado las grabaciones en estudio-. Puede que haya errado en mi elección y me convierta en el blanco de su renovado enfado, pero, siempre malévolo, sé de sobras que los más listos y sensibles de entre ellos se rendirán tras ver y oír el milagro de Verdi. Vamos con la primera.

Cada década tiene su Traviata. La de ésta, que ya va mediada, probablemente será una que se puso en escena en Salzburgo hace unos veranos y que exhibe, ejemplar, la gran ilusión de una cultura cosmopolita y levemente fraternal: una joven soprano rusa e increíblemente hermosa, Anna Netrebko, canta y se mueve en escena extraordinariamente bien dirigida por el alemán Willy Decker, quien hizo girar toda la producción en torno a Violetta, como debe ser. La acompaña, correcto, Rolando Villazón, un tenor mexicano, cuyo padre en la obra, el barítono estadounidense Thomas Hampson, madura en el tercer acto cuando reniega de su hijo y brama: "De desprecio digno se vuelve quien, incluso en la ira, a una mujer ofende". El italiano Carlo Ricci dirige la Orquesta Filarmónica de Viena. Encontrarán el CD en cualquier buen comercio de discos, pero sugiero que elijan el DVD: a la Netrebko, hay que verla.

El anciano maestro Georg Solti dirigió, a sus 82 majestuosos años, la Traviata de la década pasada, protagonizada por la entonces joven soprano rumana Angela Gheorghiu, quien, hipnótica en sus dúos de amor con el tenor, corta la respiración del oyente: compren el DVD de la grabación en directo en La Scala de Milán en 1994 si no quieren esperar a Netrebko, aunque tampoco sabría a qué carta quedarme si tuviera que decidirme por cualquiera de ellas. A Gheorghiu, Violetta le llegó en el momento justo, pero no le cayó del cielo, pues merecía un papel que se gana a pulso en cada gesto.

Mi tercera Traviata es la primera, la mejor de la historia, pero en ningún caso debería ser su elección prioritaria, pues las grabaciones existentes -siempre en directo- oscilan entre lo malo y lo mediano. En cualquier caso, Maria Callas fue, sin discusión, la Traviata del siglo XX: este año ha hecho justamente 55 que cantó una Violetta transfigurada en La Scala, bajo la dirección musical de Carlo Maria Giulini. El hiperestésico director de cine Luchino Visconti -envidiada mezcla de aristócrata, homosexual y marxista- se encargaba de la escena sin permitirse un fallo, mientras que una increíble Lila de Nobili iba vistiendo a Violetta, primero de negro, claro; luego en tonos apagados de verde y azul; de satén rojo en el tercer acto, y, al fin, de blanco.

Toda una generación de artistas e intelectuales catalanes fue literalmente raptada por el talento dramático de la voz rara, imperfecta e irrepetible de la Callas, por la inmensidad de su rostro y por la elegancia de su delgadez estrenada y suicida. Gentes como Lluís Pasqual o Terenci Moix han sabido ver que La traviata culmina en la escena tercera del segundo acto, cuando Violetta se despide de su amante sin contarle lo que está haciendo, extraviándose para siempre y arriesgándose a morir sola, como un perro: "Ámame Alfredo, ámame tanto como yo te amo, ámame Alfredo, siempre, siempre, siempre".

Si ustedes se empeñan en hacerse con una versión de las tres o cuatro grabaciones en directo de las Traviatas de Maria Callas, la más potable es una de 1958, tomada en el Teatro Nacional de San Carlos, de Lisboa (Franco Ghione, director).

Hoy, a diferencia de lo que sucedía en los años cincuenta del siglo pasado, prima la dirección escénica, a veces en detrimento de la calidad musical y vocálica, pero una de las ventajas de La traviata es que exige cantantes muy polifacéticas y, a ser posibles, creíbles en escena: cualquiera de las tres que les he seleccionado resultan modélicas.

En La traviata, Verdi todavía no es el compositor de Otello, entre otras cosas porque ni su libretista de la época -Piave- era Arrigo Boito, ni Alejandro Dumas hijo era Shakespeare. Pero aun así, su música consigue condensar en cada frase emociones dramáticas que, en una buena novela, necesitan varias páginas, y si a ello se suma la magia del buen teatro, el resultado es literalmente espectacular.
Un buen ejemplo colateral es Match point, la película de Woody Allen, en la cual su director puntúa sin descanso el ritmo narrativo de la acción con una frase de Donizetti, cantada por la voz inmensa de Enrico Caruso, hará casi 100 años. Si se fijan bien, también allí sale una Traviata a quien cantan su amor un buen día. Un día todavía feliz. (*)

                                                        

(*)"Pablo Salvador Coderch" es profesor de la Universidad Pompeu y Fabra.

18 de diciembre de 2007

Amparín.


El tren conocido popularmente como Alcazareño, tenía prevista su llegaba a la estación término de Valencia a las 21.15, pero siempre llegaba con retraso. Se le conocía por ese apodo porque la estación de partida era la de Alcázar de San Juan, histórica población de la provincia de Ciudad Real. Su salida era de madrugada y el recorrido por tierras castellanas y manchegas, hasta entrar en la provincia levantina era lento, permanentemente interrumpido por la cantidad de estaciones y apeaderos en los que paraba para recoger viajeros con destino a Albacete y Valencia. Regresaba en el Alcazareño como en otras tantas ocasiones, sentada en un banco de madera corrido y cargada de cajas, bolsas y paquetes; en tal cantidad que parecía imposible que ella sola hubiera podido subirlas y redistribuirlas por los desnudos anaqueles del compartimento de aquel incomodo vagón de tercera clase.


Eran tiempos, que aunque algo distantes de la posguerra, la precariedad y escasez con la que vivía el pueblo, obligaba a agudizar la imaginación para mantener en circunstancias de supervivencia normales un nivel de vida lo más digno posible. Trabajaba en La Fábrica de Vidrio, y adquiría lotes de piezas desestimadas por defectuosas, que una vez almacenadas y empaquetadas en cantidad razonable para su traslado, llevaba a los pueblos de Casas de Haro en Cuenca y Minaya en Albacete. Muy próximos entre sí. Ambos eran respectivamente lugares de nacimiento de mis abuelos, y en los que entonces y todavía hoy mantenemos relación con una gran parte de nuestra familia, y era con estas familias con las que Amparín intercambiaba vasos, jarras, y todo tipo de recipientes de cristal por latas de plancha metálica de galletas llenas de lentejas y huevos de las gallinas del corral de Santiago, cajas con racimos de uvas pasas de las viñas de Polonio, tomates y pimientos de la huerta de Consolación y piezas de tocino y chorizos procedentes de la última matanza de los marranos de su primo Joaquín.



Amparín tenía una extraordinaria capacidad para el sacrificio y el esfuerzo que suponía semejante tarea, que le obligaba a viajar en esas difíciles condiciones varias veces al año, pero también era poseedora de una gran sensibilidad para las relaciones personales, lo que hacia que la consideración, el respeto y el cariño que toda esa gente le profesaba, superase lo normalmente entendible para unas relaciones que eran algo mas que el hecho de un necesario y simple intercambio mercantil. En su casa, siempre había un sitio para cualquier conocido, familiar o no, que necesitara en un viaje de transición, una cama donde descansar o un plato con el que recuperar fuerzas, en el destino de la mayoría de los familiares de Minaya o Casas de Haro desplazados a la Capital para cualquier gestión, la estancia durante el tiempo que fuera necesario entre las cuatro pequeñas paredes de su casa, era de deseado cumplimiento.

Amparín murió el pasado Junio, su cuerpo le cobro intereses por una intensa, esforzada y emocionante vida, o quizás es que a Dios se le jubilaron los sabios que habitualmente le acompañan aportándole el ánimo y la luz necesaria, y ha resuelto ficharla para su equipo como si de un As del balón se tratara.

Su ultima mirada, que la fue seguro, no solo para mí, sino para todas las personas a las que ha querido, fue una mirada seductora y cómplice, pero no eran solo sus ojos los que miraban, esa seducción era toda su vida que se asomaba en bloque al exterior y como una luz de arco divergente, inundaba todo lo que era a partir de ella, y con esa complicidad daba por hecho, que compartíamos el conocimiento de que se enfrentaba a este ultimo viaje con la ventaja del jugador que juega a la vez a Negras y Rojas.

Pero, mientras tanto, entre aquellos primeros y continuados viajes y este último y definitivo, mi madre, ha vivido con una intensidad propia de las personas que como ella poseían las virtudes y los defectos de ancestrales Reyes, la Templanza, El Equilibrio y La Ecuanimidad, todo ello envuelto en un papel de regalo que era una Llaneza y Sencillez propia del más cándido y natural de los mortales, y se reconvertían filtrados por esta personalidad en continuas manifestaciones de tolerancia, bondad y comprensión, que todos percibíamos como hilos de luz desprendidos de un gran sol de una fuente luminosa inacabable.

Y por no dejar de ser al mismo tiempo, como cualquier Rey, lo mortal y vulnerable que era, sufrió y nos hizo sufrir también, especialmente cuando mi padre murió, porque durante algún tiempo ella murió con Él, y su luz se apagó, y le pudo el drama del que ella tantas vez después saldría airosa, la involuntariedad de quien de pronto sin quererlo se siente solo, de quien sin pedirlo se ve obligado a recomponer una situación impensable, no calculada, la ausencia definitiva de tu otro yo, que eres tu ti mismo y que no acabas de entender.

Toda esa fuerza moral, de la que tantas veces hizo alarde en sus años de joven viajera mercader, o mas tarde alimentando una actividad casi desenfrenada con mi padre compartiendo incansablemente relaciones amistosas y familiares, acudió a ella unos años después de la irreparable perdida, y en un extraño combinado de fuerza y melancolía, se debatió hasta el pasado Junio.

Por más que lo he intentado, no he sabido encontrar una canción que me identificara o trasladara a algún momento vivido con ella, por supuesto que le gustaba la música, pero nunca había demostrado especial preferencia por un cantante o canción determinada, le gustaba y compartía con agrado lo que les gustaba a los demás. En uno de los últimos traslados que hicimos juntos al hospital, sonaba en el coche algún fragmento de Rigoletto, por un momento pensé dedicarle una de las mas bellas arias jamás escritas y localicé al instante “Car Nome”. Sin hacer comentario alguno la deje sonar hasta el final, y después de un breve silencio me dijo: “hijo, yo no entiendo, pero esta canción que has puesto, me ha gustado mu
cho”