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5 de noviembre de 2010

El cuarto caballo, es Blanco


Si ella, no recuerda esta historia es normal, está muerta. No muerta de vivir, sino muerta de ser.

La última vez que miró a Luis le dijo: -no te preocupes, me tomé el antabus-, a lo que él respondió: -Eso, no es la solución, tan sólo es una herramienta más-.
Pero Paula, en un engañoso alarde de autosuficiencia, murmuró entre blasfemias, que aquello estaba controlado.

El pegajoso verano, con sus lentos y bochornosos días, la obligó a modificar sus pautas de comportamiento.
El día pasó a ser un largo sesteo, dedicado exclusivamente al descanso de un maltrecho cuerpo y a imaginar estímulos para un alma que cada vez le pertenecía menos.
La noche, la convirtió en un peligroso espectáculo. Bastardos de todo tipo, se daban cita en oscuros antros en medio de una vorágine de sexo, drogas y alcohol.

De madrugada, descompuesta, regresaba a casa sin intención alguna, simplemente arrastrada por una inercia intuitiva que la ponía en su cama sin que recordase detalles del camino recorrido.
Aquella noche, con la luna retirándose, Paula conoció la crudeza de una nueva paranoia, su presencia y el terror que la acompañaba.
Ebria de todo, giró la cabeza en busca de una simpleza que llevarse a la mente, pero la noche le respondió con un denso silencio. La sentía más próxima tal y como se acercaba a su casa, una sombra sin cuerpo, un ruido sin objeto, una proximidad impalpable.

El alcohol y la cocaína, le nublaban la razón y su ansiedad crecía por segundos. Era miedo a nada y a todo, miedo a ella y a la obstinación inconsciente, propia de tan traidora rutina. Pronto, si recordaba el camino estaría en su casa y el fantasma quedaría atrapado entre la humedad de su jardín.

Abrió la puerta al tercer intento y el viento se coló entre los pliegues de su falda, se oía a si misma andar, respirar, y se extrañaba, como si no fuera ella. Buscó un rincón en su habitación y sin desvestirse se protegió contra el estuco veneciano. Se sentía invadida, doblada por una forma traslúcida que repetía en centímetros su yo más lúcido, y multiplicaba por miles su imagen que giraba sin control en el techo de la alcoba.

Paula, no despertó aquella mañana, al menos para seguir siendo y si lo hizo, fue en el Infierno, sin despedirse de nadie, salvo de aquello que ella pensó que le seguía, pero que hacía tiempo anidaba en su cuerpo y que seguro será lo único que la acompañe para siempre.

Foto: Iban Ramón