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12 de julio de 2008

...Loco Iván, en L’Estrella Damm Lounge


Ayer estuve en un concierto de Rock, hacía muchos años que había dejado de sentir las notas arrancadas de una guitarra eléctrica, golpeando y hundiendo mi vientre.

Otras Músicas habían ocupado su lugar provocando efectos similares en emoción y vibración, quedaron atrás los años de Zappa, Page, Fripp, Mayall, May o McLaughlin, “Directos” que amueblaron mi cabeza y quizás sentaron las bases de aquello en lo que me acomodé después.

Pues bien, ayer en el Estrella Damm Lounge, en el Puerto de Valencia, terraza de copas abrazada por el agua en tres de sus cuatro caras, asistimos a un concierto eminentemente rockero, Iván Moya, líder del grupo Loco Iván (nombre tomado de la famosa “Maniobra Crazy Iván”, que enfrentó en plena guerra fría a submarinos americanos y rusos y que dio pie a un tema con el mismo título de Siniestro Total) me trasladó a un pasado de tantos directos inolvidables cargados de Vatios y Adrenalina.

Iván Moya es hijo de mis amigos Suco y Cachito (“La Cachito”, por obra y gracia de Hot Mail) Rockero activo y musa de rockeros en los 60/70

El concierto, que nos supo a poco, fue un paseo trepidante entre alguna balada y mucho Rock and Roll, con dos deliciosos homenajes a Hendrix “Little Wing” y a Clapton “Layla”

Iván, en el escenario, como otros muchos artistas se transforma, desdobla su personalidad y se abre en decenas de brazos que te atrapan, su voz justa de cantidad pero rica de tonos y matices es áspera, cruda, herida, todo lo herida que precisa para curarse con la fuente de texturas que le extrae a su Fender Stratocaster cuando la ataca con la púa.

Los bajos filtrados por el pedal dibujaban Wha–Whas al más puro estilo Electric Ladyland y las sombras líquidas de Hendrix o Amador ronronean en el fondo del escenario como emergiendo de las aguas del puerto.
Le toca el turno a Gallagher, devoción por Rori, un tema entero para él y empieza a anochecer.

Aprendiz de Sabina, autor de casi todo, acróbata del verbo y mago de las letras, (como presume en su Web)
Interpreta tema tras tema y entre slide y slide, lloran y chillan, El y su Fender.

“Un barco naufragó en una pinta de Guiness,
Una pena quedó tatuada en una dama
Siempre se pone el Sol en un mástil de Fender
Cuando Rori toca la guitarra”

God Save to Iván

24 de noviembre de 2007

El Llach que más me gusta.


Lluis Llach es mi músico de cabecera. Me ha acompañado en la segunda mitad de mi vida, lo he disfrutado en mis mejores momentos y lo he utilizado para recomponerme en los peores. Sigue siendo una referencia estimulante de la que no quiero prescindir. La presencia de su música ha sido una constante en lo bueno y en lo menos bueno, me gusta el Llach letrista, pero me apasiona el Llach músico.
Lo conocí una noche en un concierto en “La Sociedad Coral El Micalet” de Valencia, eran tiempos de “Madame” y “La Gallineta”, se acababa de editar su tercer disco “I si canto trist”.Asistí, con mi amigo Ramón Paredes y su jefe D. Salvador Mir. -30 años después D. Salvador sigue siendo su jefe, pero hace tiempo que para nosotros es sencillamente Salvador-.Aquella primera noche, Salvador llamó mi atención, por su aspecto pulcro y de porte elegante, trajeado y con corbata, el pelo cortado a navaja, aterrizado no sé por que extraña razón, entre aquella panda de “rojos” con barba, incluidos Ramón y yo, que aunque con cierta disposición a la protesta estábamos mas por “Com un abre NU” que por “La Estaca”.
Aquella noche descubrí un artista completo, sus textos eran frescos y valientes, expresados con unos registros líricos desgarradores, inusuales para un cantautor “Pop”. Textos que evidenciaban mensajes de fuerte compromiso social, y a la vez tiernos y poéticos sobre los que se construían las más bellas canciones de amor por las personas y por la naturaleza.
Huelga decir que a partir de ese momento, nos convertimos en incondicionales de la Obra de Llach, comprando sus discos y asistiendo a sus conciertos. Ramón me ha vuelto a acompañar en otras ocasiones, pero mi entusiasmo por el cantautor ampurdanés, ha hecho que también quisiera compartir esta fiesta de música y sensibilidad que son sus conciertos, con otras dos personas, Regina que me acompaña siempre y José Badenes que lo hace con frecuencia.
Recuerdo especialmente, un concierto al que asistimos una noche de verano, en el Teatro Romano de Sagunto, antes de la más que correcta intervención de los arquitectos Grassi y Portaceli, actualizando rigurosa y adecuadamente el Foro Saguntino. Aquella era una noche parcialmente nublada, las estrellas se dibujaban veladamente en un cielo gris oscuro. La luna se adivinaba tapada por el caprichoso movimiento de las nubes, con un aforo inusualmente reducido, casi familiar, la Comunión de Llach con el auditorio se consolidaba mágicamente tal y como avanzaba la noche, las canciones se sucedían una tras otra, y a pesar de los incómodos asientos de piedra con la hierba crecida alrededor, el tiempo, se nos escapaba entre canción y canción, justo en el comienzo de “Abril 74” las nubes se abrieron y nos descubrieron una inmaculada imagen de la luna, un murmullo general recorrió el desnudo anfiteatro celebrando la feliz coincidencia, la sonrisa cómplice de Llach acabo siendo una mueca agradecida, en un gesto que se perdió hacía lo alto del firmamento. Nos quedó la sensación de haber sido testigos de un momento mágico e irrepetible.