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24 de noviembre de 2007

..Mariposas de Hierro


Del Pop Inglés y Americano nos llegaba la música de Grupos llamados de Rock Experimental, que componían pequeñas sinfonías con una duración mayor que los temas convencionales. Temas básicos a partir de los instrumentos de siempre o en la mayoría de los casos con la incorporación de nuevos equipos de teclados, sintetizadores, etc. Más tarde algunas de las Obras más sobresalientes se grabarían de nuevo con arreglos más ambiciosos y la colaboración de Grandes Coros y Orquestas Sinfónicas. Algunos de estos trabajos por su largo desarrollo y lo descriptivo de su contenido se les llamó “Operas Rock”
La primera canción de estas características que yo escuché fue “In a gadda da vida”, un tema contundente, repetitivo en el que la percusión y el órgano eléctrico asumían todo el protagonismo, que hasta ese momento correspondía a las guitarras.
Solíamos ir a la discoteca “Studio” la más Pop-Art de Valencia Una puesta en escena galáctica, cromados y telas con dibujos geométricos en las paredes y una obra gráfica que era un homenaje a la obra de “Warhol”. Se repetían con diferentes colores los famosos retratos a una tinta de las caras de los Beatles, Marilín y la Sopa Campbell. Con la misma técnica, retratos del Che y Mao. Una iluminación basándose en claroscuros y deslumbrantes golpes de flash, con las que transcurrían las tardes de los domingos.

Pero en aquella ocasión era de noche y día laborable, hacia tiempo que trabajaba como delineante en el Estudio del Decorador Ramiro de la Torre, y con frecuencia, coincidiendo con su santo, cumpleaños o algún éxito profesional, solía invitarnos a cenar con nuestras parejas. Con el tiempo he llegado a la conclusión de que aquellos encuentros, además de confirmar unas excelentes relaciones entre nosotros, tenían una intención filosófica muy propia de la personalidad de él. Trataba de crear momentos con un componente lúdico y al margen del ambiente estrictamente profesional que alimentase la idea de “Equipo". Situaciones estas que propiciaba creando unas relaciones desenfadadas pero a la vez de una total incondicionalidad.

D. Ramiro era un hombre culto, con grandes habilidades, tanto en su relación con las personas como con los objetos. Titulado como Profesor Mercantil y Aparejador, había centrado sus esfuerzos y conocimientos en la creación de un Estudio de Decoración, sus excelentes relaciones sociales y familiares le permitieron tener un envidiable “Fondo de Comercio” y con una extraña mezcla de técnica constructiva y creatividad se había

posicionado como uno de los mejores Decoradores del momento. Amante de la Obra y de su planimetría, que desarrollaba y resolvía hasta los más insignificantes detalles. Todo lo que tenía de riguroso con su trabajo, lo tenia de sencillo y hasta un tanto descuidado en su vida personal, recuerdo los esfuerzos de Chelo, su secretaria, para que mantuviese su guardarropía actualizada. Buen lector de revistas especializadas en temas mecánicos y científicos, recibía puntualmente entre otras la suscripción del “Reader Digest”, lo que le permitía ser un locuaz y animado conversador.

Aquella noche, de pronto sonaron las primeras notas de “In da gadda...” y como con un resorte nos levantamos a bailar. Fue media hora mágica, envolvente, un tanto ayudados por el carácter de “Fiesta” que tenía la velada y otro deshinividos por las dos o tres copas que nos hacían entrar en situación. En cualquier caso, ahí estaban los “Iron Butterfly” llenándonos de un ritmo machacón, e interminable, en ese momento todos los gestos valían, los mas rítmicos de los jóvenes y los menos ortodoxos de los “mayores”. Ese “In da gadda...” fue el punto de partida de una pequeña colección de temas especialmente raros.
Años más tarde, otra noche de día laborable, y después de las que llegaron a ser habituales partidas de Frontón, los martes en el “Jai Alai” me encontré de nuevo con el tema de los “Iron...”. Cenábamos después de la partida en el mismo bar de los Frontones. Acompañando a Vicente “Suco” o a Manolo “Don Pío” que por aquel entonces tenían una relativa actividad en el mundo del “Show-Business” terminábamos la velada tomando una copa en alguna Discoteca de moda.
Hacia unos días que habían reformado unos sótanos ubicados en la esquina de la antigua calle de Falangista Esteve y San Vicente, convirtiéndolos en la Sala de Baile “Stop” que ya entonces me pareció demasiado oscura y con una estética mas que cuestionable, pero con un formidable equipo de sonido. Al sonar de nuevo las primeras notas del “In da gadda...” sentí la misma atracción hacia la pista, pero esta vez las circunstancias no eran las mismas, y me pareció ridículo dejar el grupo y ponerme a bailar yo solo, cosa que sí hicieron unas parejas que compartían otro rincón de la Sala, reconocí entre ellos a Alfredo Mayordomo, amigo al que hacia tiempo que no veía, nos saludamos cuando terminó la canción y hablamos de ella, sus preferencias musicales tenían muchos puntos en común con las mías, y me reprochó el exceso de pudor que me había privado de esa irrecuperable media hora de baile.

A Alfredo Mayordomo me lo presentó un amigo común que conocía nuestras afinidades por la Música y por el Deporte, casualmente vivíamos muy cerca el uno del otro, y además de coincidir para oír música, decidimos formar un equipo de fútbol en el barrio. Pertenecía a una familia acomodada y tenia muy buena relación con militares de graduación del Cuartel de Ingenieros próximo a nuestra casa, conseguimos utilizar sus instalaciones deportivas, así como toda la intendencia en prendas y material deportivo. Era la época en la que él jugaba en el equipo de Rugby de la universidad y yo, en los juveniles federados del Patronato y capitaneaba el primer equipo de los Jesuitas, con lo cual, y ante tanta actividad deportiva incompatible, aquel Proyecto de equipo de barrio tenia los días contados.
Compartimos algunas tertulias culturales, frecuentaba los grupos de teatro independiente y universitario valenciano. Una tarde de Domingo estando Regina y yo recién casados, se presentó en casa con los componentes de un grupo de teatro, encabezados por Rodolf Sirera, -hoy autor dramaturgo consagrado y entonces guionista en ciernes-. Rodolfo tomaba la iniciativa, era el genio creador del grupo, de aspecto taciturno y algo siniestro, con melena y barba ensortijada, y casualmente en ese momento pareja de Merche Rull, antes novia de aquel amigo común que me presentó a Mayordomo. Estaban preparando el estreno de una Obra de Teatro Experimental que precisaba una puesta en escena diferente, algo vivo, con movimiento durante casi toda la representación, no recuerdo el contenido del guión, pero durante un par de horas, en las que dieron buena cuenta de todas las existencias de nuestra neverao., les estuve dibujando diferentes escenarios, pantallas móviles, estructuras de madera y tela, que se superponían en las diferentes escenas.
La Obra, creo, nunca se llegó a estrenar.