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19 de septiembre de 2014

A cada latido. Poema


"A cada latido..." 
Poema de Paco Alberola.

             

Paco Alberola, nace en 1943 en Benifairó de la Valldigna, en la comarca de La Safor de Valencia. En 1947, se traslada a la capital, donde estudia Bachiller, Preuniversitario y asiste a cursos de cine, teatro y poesía.
En los años sesenta, es crítico de teatro y cine en la Cartelera Turia. En 1964 hace el Servicio militar en El Aaiún, dirigiendo el gabinete de fotografía de la Policía Territorial del Sahara. (donde escribe la mayoría de sus poemas)
Durante los años 1966 a 1968, vive y trabaja en Madrid como fotógrafo en la agencia de publicidad Larios.
Como consecuencia de una estrecha relación con el grupo Equipo Crónica, se convierte en el fotógrafo de la mayoría de los artistas de esa generación, Rosa Torres, Miquel Navarro, Equipo Realidad, Carmen Calvo,  Manuel Boix, Arturo Heras, Armengol, Pablo Serrano, Josep Ginovart, Manolo Valdés, Ángela García, J.M. Ciges, Rafael Marti Quinto, Eva Mus, etc.

Ha impartido cursos y seminarios de prácticas de fotografía publicitaria en el CEU San Pablo, MasterClass (Kodak) y en la Universidad Politécnica de Valencia.

De 2005 a 2008 fotografió los proyectos de la Fundación La Luz de las Imágenes, especialmente en el seguimiento de la restauración de los Frescos de la Catedral de Valencia.

Miembro fundador de la Asociación de Fotógrafos de Publicidad y Moda de la Comunidad Valenciana. (AFEP)




20 de diciembre de 2009

Poema reeditado (César Vallejo)

Dedicado a los SEÑORES de la Cumbre de Copenhague, por su "maravilloso" acuerdo de Mínimos, (...ya les vale)

Al fin de la batalla,
y muerto ya el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: "No mueras, te amo tanto!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:
"No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando: "¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: "¡Quédate, hermano!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vió el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar...

César, desde el cielo, perdónales, porque no saben lo que se hacen.