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23 de agosto de 2011

Sentado, en la arena de la Bahía.



(Un viejo libreto y cuatro textos de antesdeayer)

Libro 1º
        Escucho a Rodolfo (Luciano Pavarotti), mientras suelta la mano de Mimí (Mirella Freni), quien yendo hacia atrás, encuentra una silla sobre la que se deja caer, abatida por la emoción…

“¿Chi son? Sono un poeta. Che cosa faccio? Scrivo.
E ¿come vivo? Vivo”.
(La Bohème. Acto Primero)

“Al caer la tarde entramos en Montevideo. No me apunté a la excursión. Achanté la mui y aguanté a bordo, que es lo sano. La chavala se puso de morro y me salió con que ella prefería no comer a perder la oportunidad de ver el Uruguay. La dije que bueno, pero ni intención. Ella porfió y yo acabé diciéndole que yo me visto por los pies y que acá y allá, en mi casa mando yo. Terminamos mal y se largo al camarote sin despedirse. A mí que me registren.
El sol tiene ya color de otoño. ¡Qué cosas! Retrasamos los relojes otra media hora. Mañana a la mañana en Buenos Aires. A lo que dicen ya no navegamos por el mar, sino por el río de la Plata. Si eso es un río, yo soy obispo. ¡No te giba! ¿Pero es que tiene uno cara de mamarse el dedo?”
(Miguel Delibes. Diario de un emigrante)


Libro 2º.
        Musetta (Sandra Pacetti), sentada, se dirige intencionadamente a Marcelo (Gino Quilico), que empieza nervioso a removerse en la silla de la terraza del café Momo…


“Quando men vo soletta per la via, 
la gente sosta e mira e la bellezza mia tutta
ricerca in me da capo a pie”...
(La Bohème. Acto Segundo)


“Camille se levantó y apagó la música.
-Tienes razón, no lo vamos a conseguir… Más vale que te largues… Pero déjame decirte un par de cosas antes de desearte buen viaje: la primera tiene que ver con los intelectuales, justamente… Es muy fácil descojonarse de ellos… Si, es tan fácil que te cagas… Muchas veces no son muy cachas y además no les gusta meterse con nadie… No les emocionan las demostraciones de fuerza, ni las medallas, ni los cochazos, así que es muy fácil… Basta con arrebatarles el libro de las manos, la guitarra, la pluma o la cámara de fotos, y ya no dan pie con bola, los muy  gilipollas… De hecho, es la primera cosa que suelen hacer los dictadores: romper gafas, quemar libros o prohibir conciertos, no les sale caro, y les puede evitar más de un problema más adelante… Pero déjame que te diga que si ser intelectual significa que a uno le gusta aprender, ser curioso, atento, admirar, emocionarse, tratar de comprender como funcionan las cosas e intentar irse a la cama un poco menos tonto que la víspera, entonces sí, reivindico mi condición totalmente: no sólo soy una intelectual, sino que además estoy orgullosa de serlo…”
(Juntos, nada más. Anna Gavalda)


Libro 3º
Mimí, tose entre sollozos, revelando su presencia a Rodolfo, que se lamentaba ante Marcelo. Al verla en tal estado, sorprendido, se acerca a ella invitándola a que se refugie en la taberna, donde, Musetta en un ambiente sofocante, se ríe y burla de Marcelo.


“¿Che?, !Mimí! ¿Tu qui? ¿M'hai sentito?
¿Ella dunque ascoltava?
Facile alla paura per nulla io m'arrovello.
¡Vien là nel tepor!
No, quel tanfo mi soffoca!
(La Bohème. Acto Tercero)


“…Pedimos un whisky con hielo y Perrier como aperitivo y, luego, vino tinto con una comida que apenas probamos. Chez Eux tenía un menú fijo, compuesto de exquisiteces que venían en unos cazos hondos, y nuestra mesa se fue llenando de patés, caracoles, ensaladas, pescados y carnes, que los sorprendidos camareros se iban llevando casi intactos para hacer sitio a una gran variedad de postres, uno bañado de chocolate hirviendo, sin entender por qué desairábamos todos esos manjares. Robert Arnoux me preguntó desde cuándo la conocía. Le mentí que sólo desde 1960 o 1961, en París, cuando pasó rumbo a Cuba, como una de las becadas del MIR para recibir entrenamiento guerrillero.
(Travesuras de la niña mala. Mario Vargas Llosa)


Libro 4º
       Mimí, recordaba su encuentro con Rodolfo aquella tarde de Navidad. Estaban a oscuras y su rubor no se apreciaba. Ahora, le susurraba aquellas mismas palabras al oído, pero presa de un espasmo de tos, extenuada, en silencio, se dejó caer sobre la cama…

“Che gelida manina...
Se la lasci riscaldar!...
Era buio e la man tu mi prendevi..."
(La Bohème. Acto cuatro)

"Era noche entrada,
mis vacaciones llegaban a su fin. Tenía que reconocer que habían pasado más
bien sin pena ni gloria. Algún amigo nuevo, alguna fiesta vieja. En fin, nada
que mereciese la pena. Bien es cierto, que yo tampoco ponía mucho de mi parte,
quería descansar y eso me predisponía en contra de aventuras incómodas, riesgos
innecesarios o desgastes emocionales de costosa reparación, me preguntaba si no
me estaba haciendo mayor. Apuré las últimas horas, para despedirme del lugar y
saludar por última vez a amigos y conocidos antes de mi regreso a mi global
mundo de mentiras, ruidos y contaminación.

        Macao cerraba al amanecer y decidí dejarlo para el final. Richard era mi amigo y quise quedarme con su compañía como último recuerdo. El local estaba lleno, fuera reinaba una tormentosa lluvia acompañada de fuerte aparato eléctrico. Me refugié en un hueco próximo a la barra, con un gesto salude a Sammy, la novia francesa de Richard, le hice señas de que tal y como avanzase entre la gente me acercaría a saludarlos, mientras tanto quedé durante unos minutos bloqueado, contemplando el espectáculo.

    Pasaba el tiempo y mi posición seguía siendo la misma, no avanzaba y me apetecía tomar una copa. Levanté el brazo junto a otros, y como pude le toque el hombro a una mujer que estaba de espaldas en primera línea:
-Señorita, por favor, me pide un Gin Tonic- Se volvió con desgana y con desgana asumió que total… un favor se le puede hacer hasta a un desconocido, asintió sin responder, lo que me hizo pensar que tendría Gin Tonic, pero no compañía.
Me acerqué como pude para recogerle la copa, al menos, era de agradecer su esfuerzo y pendiente de obsequiarle con la mejor de mis sonrisas, me apuré en dedicarle un comentario amable y agradecido, le cogí el combinado y tal y como me lo alcanzó por el aire, le susurre: “volando la copa del Amor, de las alas de un Ruiseñor”, ni que decir tiene que me arrepentí de inmediato de semejante cursilería. Pero ya estaba dicha y partir de ese momento, sólo quedaba esconder mi mirada cada vez que se cruzase con la suya durante el resto de la noche. Su mirada sí, que no su boca, que me atrajo especialmente y a la que perseguí con la vista el resto de la velada. 

        Era fácil localizarla entre la multitud, destacaba de la mayoría por una atractiva madurez dentro de un ajustado y sedoso vestido de color turrón oscuro, casi chocolate. La luz del Bar era justa y puntual, y a ella la adivinaba aprovechando el secuencial giro de algún foco en movimiento.
Esa situación, que generaba nuevas expectativas me gustó y me inquietó, me sentí vulnerable justo en el momento que menos tiempo tenía para reaccionar.

        Cesó el temporal y remitió la lluvia, y el personal buscó acomodo en la terraza que daba al oscuro mar, vi su cuerpo entallado luciendo provocadora sobre una de las barandillas, pero era tarde y la decisión ya estaba tomada, agotaría la velada con Richard y regresaría a Valencia a la mañana siguiente.

       Amaneció por el Peñón y me despedí de mis amigos. La vista de la playa era espectacular, repasaba mentalmente lo sucedido y el común denominador de todas las imágenes era Ella. Sus labios mermelada reclamados por los míos, su cuerpo enfundado en un papel de caramelo y aquella caricia que durante unos segundos mantuvieron mis manos con las suyas al recogerle la copa.

La reconocí paseando lentamente en dirección contraria y me acerqué a Ella, la salude y me saludó. Creo que me esperaba con la misma intuición y deseo que yo la buscaba. Nos temimos por un segundo, pero también creo que ambos asumimos aquella realidad que nos hizo bajar la guardia.

-¿Qué haces por aquí, Ruiseñor?- le dije
-Buscaba soledad- me respondió.
       La miré toda, y con un imprevisto descaro, le susurré al oído:
-Déjame que acaricie de nuevo tus manos, hoy, puedo ser yo tu soledad-“
(Alfredo, y su musa – Altea 2011)

A veces los reencuentros con un mar en sepia, son un refugio para perder el conocimiento y encontrar todo lo demás.

31 de agosto de 2010

Repunte veraniego

De nuevo en este ordenador. Una vez quitado el polvo, blanqueadas las teclas y eliminados miles de Spams, empieza un "Nuevo Ejercicio". No ha sido un buen verano: corto e inquietante, incómodo y austero, menos mal que a última hora llegó Alejandro y lo puso todo en su sitio, bueno, mejor dicho todo fuera de su sitio.
Las caras agrias y lechosas se volvieron dulces y sonrosadas, la mirada que extraviada no encontraba el mar, se llenó de azules y verdes, los músculos entumecidos y vagos recuperaron la elasticidad al agacharse y volverse a agachar, la ropa seria e impoluta se llenó de alegres lamparones de oscuro chocolate y rojo piruleta, las visitas a los vecinos, (hasta el momento desconocidos) se multiplicaron, y conocimos al gatito marrón (que era gris) al perro grannnnnnde y a las gaviotas que se comían las galletas. Dejó de sonar Puccini, y el aire se lleno de Brujitos de Gulugús, Epis y Blases y los don diablos de Parchis.
En mi cabeza todavía resuenan como auras esparcidas frases que tintineantes me persiguen como estas: "yayo, una maz" o "la úrtima, yayo" y así una y otra vez, una y otra vez... ¿O, quizás todo fue un sueño?