29 de diciembre de 2007

You're the one



En el cine, “La Música” tiene una gran importancia, tanto los temas que se componen específicamente para la banda sonora, como los que se recuperan para acompañar situaciones especiales de la película.


En el cine de “José Luis Garci” estas circunstancias se dan de forma indivisible con la propia película, No recuerdo una sola de ellas, en la que yo, inconscientemente no vincule a su título, una banda sonora o alguna canción en particular.

“Asignatura Pendiente” fue mi primer encuentro con Garci, al margen de otras consideraciones técnicas la película me pareció fundamental, una historia directa, próxima y creíble, a la vez divertida y amarga, situada en un momento conocido, con personajes que ya estaban junto a nosotros y con ese punto de esperanza que haces más tuyo cuando regresas a casa. En Asignatura pendiente, reconocí una vieja canción, “Luna de Miel” de “Gloria Lasso”, En su momento, supongo que me pasó desapercibida por que evidentemente no se trataba de una “Rockera al uso”, pero ubicada en la película, tanto el texto como la música, adquirían una importancia más que relativa.
Algo parecido ocurre en “Volver a Empezar” con “Begín to Begín” de Cole Porter, se funden con el argumento y terminan por ser inseparables.


“You’re the One”. Es una de las películas de producción nacional más emotiva e interesante que recuerdo de los últimos años, los planos (esta vez en blanco y negro), las secuencias, los diálogos, la iluminación, la música, los personajes, la fidelidad a una porción de nuestra historia, todo ello servido en una inevitable gran bandeja de nostalgia, son los componentes de un delicioso pastel de bodas en el que cada uno de los pisos, asume su puntual protagonismo.

La banda sonora de Pablo Cervantes, acompaña a la perfección, muy en la línea de sus contemporáneos Carmelo Bernaola y Antón G. Abril, que ya lo hicieran anteriormente para “Anillos de Oro” o “Fortunata y Jacinta”, entre otras, de nuevo Cole Porter con “Noche y Día”, coros de “La Traviata”, fragmentos de J.S. Bach, de Strauss y de Hëndel, y solapando una de las más sensibles secuencias, el entrañable y sentido “Nessun dorma”, en una inolvidable versión de la época de Beniamino Gigli.
Una historia contada y cantada con profunda sensibilidad, con un rigor narrativo que estremece y con unos personajes que se desnudan de alma, descubriendo una parte de nosotros mismos, que en definitiva es la esencia del cine de Garci.


27 de diciembre de 2007

Love Duet


Anochece, el cielo está limpio y estrellado, Batterfly avanza lentamente hacia Pinkerton que descansa en un banco del jardín, se arrodilla a sus pies y le mira tiernamente casi suplicándole.
Las cuerdas frasean entre si abrazando las primeras insinuaciones amorosas de La Mariposa, revoloteando
como ruiseñores desde el fondo del jardín

“Amadme por favor aunque sea un poquito, como se ama a un niño, como a mi me corresponde, amadme por favor”


Pinkerton toma con dulzura las manos de Batterfly, abrazándola tiernamente
“Deja que bese tus queridas manos, ¡mi Butterfly!, Yo te he atrapado, Te abrazo apasionado. Eres mía. Si, para toda la vida”
Se incorporan los vientos, que con una cadencia metódica y envolvente dibujan los fraseados amorosos de ambos“¡Es una noche serena! ¡Mira: todo duerme! ¡Ah, que noche tan dulce!
Cuantas estrellas, ¡jamás las vi tan hermosas!
...La orquesta en pleno se insinúa una y otra vez en la construcción de la melodía que nos lleva lenta pero intensamente hacia el final del Dueto
“Ven, ven, tiembla, brilla cada punto de luz... Ven, se mía, ¡Aleja la angustia de tu corazón!
¡Ah dulce noche! todo esta lleno de amor, ¡el cielo sonríe! ¡Ah! ¡ven! ¡eres mía!”



Aparecen luciérnagas alrededor de los amantes entre las flores y los arbustos, en un “crescendo” sublime las dos voces se funden en una, la orquesta les sigue hasta el final de los agudos, creando un apoteosis final propio del mas espectacular de los orgasmos musicales, hasta deshacerse en una sutil e intimista melodía que da el final al primer acto

                      

26 de diciembre de 2007

Una de Guateques.



“El partido de fútbol que nos enfrentaba aquella tarde a la Academia Martí comenzaba a las 16.30, y las porterías no estaban terminadas, el Sr. Aranda se esforzaba pasando por la regruesadora del taller los postes y largueros que mas tarde completarían el diseño de un estadio a punto de estrenarse.

Eran las dos del mediodía y estábamos todos en el patio, recién llegados de una irrepetible semana de Ejercicios Espirituales. El Santuario de Montiel de Benaguacil, había sido testigo de intensas jornadas con transcendentes reflexiones durante el día e inofensivas timbas de póquer por la noche. Nuestra euforia era incontenible, y los chicos del “Martí” pagaron las consecuencias de nuestra motivación, con una escandalosa goleada.
25 años dan para muchas jornadas tan llenas de emociones como aquella, y aunque lógicamente cambian los protagonistas, las inquietudes y el desenfado con el que se afrontan son similares”.

Pero la fiesta de aquel fin de semana, no acababa con el eufórico estreno del nuevo césped de las Escuelas, El reducido grupo de amigos que compartíamos además del aula, las tardes de los domingos, preparábamos un formidable “Guateque” con suficiente música y comida.
Eran mis primeras salidas con Regina, descubríamos nuestros sentimientos y nuestros cuerpos, a primera hora de la tarde acudíamos todos a la casa de alguno de nosotros.


Era una tarde de reencuentros, después de unos días de exilio religioso, y en ese momento no todos tenían una “pareja formal”, la velada empezaba de forma desenfadada, algunos en pequeñas tertulias recordando anécdotas sucedidas, otros espabilaban, a la caza de una pareja estable al menos para esa tarde.

La música francesa e italiana ocupaban un gran e importante lugar en nuestros álbumes de discos, circunstancia que hoy, curiosamente no se da en absoluto, los Celentano, Morandi, Modugno, Dallara, Mina, Pavone, Ardí, Vartan, Holliday, Brel, Aznavour, etc. Tenían una presencia constante, tanto en las sesiones de baile como en las audiciones, y esa tarde como era habitual aparecieron nuevos discos, y entre ellos uno que inmediatamente y por unanimidad catalogamos como el “Lento “por excelencia:
“Roberta” de Pepino di Capri, se convirtió en una canción imprescindible, no solamente como pieza de baile, que era capaz de levantar como un muelle salido del fondo del sillón a los más perezosos, sino también una apasionante y hermosa canción que apetecía escuchar en cualquier momento.

23 de diciembre de 2007

Idea Vilariño.



Buscamos

cada noche
con esfuerzo
entre tierras pesadas y asfixiantes
ese liviano pájaro de luz
que arde y se nos escapa
en un gemido.

22 de diciembre de 2007

Una tarde con Nino.



"Sufro al pensar que el destino, logró
separarnos...” así empezaba la canción “Mis noches sin ti” que Nino nos dedicó a Regina y a mí, en un concierto, al que fuimos a verle la tarde de nuestra boda.

Vicente Moya “Suco” era su manager, y nos invitó a todos los amigos a asistir al citado concierto en una población próxima a Valencia. Más fiesta y emotividad no se le podía pedir al acontecimiento.

Había conocido a Nino unos días antes, Vicente me acompañó a su casa para supervisar unos trabajos de Decoración y Amueblamiento que le estaban terminando y con los que no estaba satisfecho, me impresionó gratamente una habitación enmoquetada en blanco y con las paredes tapizadas en naranja, unos focos en el techo iluminaban diferentes marcos con los discos de oro y platino conseguidos hasta ese momento y un único mueble, que era un impresionante piano negro. Después de sucesivos encuentros, me pidió que empezara a trabajar en un Proyecto de Macro Discoteca que quería montar, algo atrevido y vanguardista, con mucho acero y cristal.

Mientras tanto nació su hija Amparo, a cuyo bautizo asistimos, una estupenda cena en el Restaurante de “Los Viveros”. Yo, había diseñado las invitaciones, en las que una simpática cigüeña motorizada traía a una niña del pico que ya alardeaba de ser, una “niña muy brava”. En el fin de Fiesta, Nino nos cantó a capela y con una dedicatoria especial para su hija, una inolvidable versión de “Noelia”.

Nino murió en un accidente de tráfico, unas horas después de nacer mi hija Vanessa.

Años mas tarde se organizó en su recuerdo, un Concierto Homenaje, que resultó ser multitudinario por la gran cantidad de Artistas y Público que asistió a la Plaza de Toros de Valencia, conseguí por mediación de Vicente, que obviamente formaba parte de la Organización, un pase de prensa que me permitió circular libremente con mi vieja Minolta por todo el Recinto, así, deambule toda la noche, entre el auditorio, el escenario y los camerinos, obteniendo primeros planos de todos los que se habían sumado a tan emotivo Homenaje.

No contaré quienes participaron aquella noche aportando su música a un público entregado y emotivo, ni siquiera con quienes compartí largos minutos de charla, ni a quienes fotografié una y otra vez, solamente haré referencia al último tema interpretado aquella noche.

...“Libre” empezó a sonar con su voz en off, acompañado en el escenario por su grupo de siempre, se iluminó la noche, las luces de la plaza se encendieron y, a las primeras notas del grupo, los asistentes, desconcertados se pusieron en pie, sobrecogidos y con ágrimas en los ojos se fundieron en una sola voz, compartiendo con Nino un Dueto inenarrable.

Yo hice lo propio con las mejillas húmedas apoyadas en la parte lateral del escenario.

18 de diciembre de 2007

Amparín.


El tren conocido popularmente como Alcazareño, tenía prevista su llegaba a la estación término de Valencia a las 21.15, pero siempre llegaba con retraso. Se le conocía por ese apodo porque la estación de partida era la de Alcázar de San Juan, histórica población de la provincia de Ciudad Real. Su salida era de madrugada y el recorrido por tierras castellanas y manchegas, hasta entrar en la provincia levantina era lento, permanentemente interrumpido por la cantidad de estaciones y apeaderos en los que paraba para recoger viajeros con destino a Albacete y Valencia. Regresaba en el Alcazareño como en otras tantas ocasiones, sentada en un banco de madera corrido y cargada de cajas, bolsas y paquetes; en tal cantidad que parecía imposible que ella sola hubiera podido subirlas y redistribuirlas por los desnudos anaqueles del compartimento de aquel incomodo vagón de tercera clase.


Eran tiempos, que aunque algo distantes de la posguerra, la precariedad y escasez con la que vivía el pueblo, obligaba a agudizar la imaginación para mantener en circunstancias de supervivencia normales un nivel de vida lo más digno posible. Trabajaba en La Fábrica de Vidrio, y adquiría lotes de piezas desestimadas por defectuosas, que una vez almacenadas y empaquetadas en cantidad razonable para su traslado, llevaba a los pueblos de Casas de Haro en Cuenca y Minaya en Albacete. Muy próximos entre sí. Ambos eran respectivamente lugares de nacimiento de mis abuelos, y en los que entonces y todavía hoy mantenemos relación con una gran parte de nuestra familia, y era con estas familias con las que Amparín intercambiaba vasos, jarras, y todo tipo de recipientes de cristal por latas de plancha metálica de galletas llenas de lentejas y huevos de las gallinas del corral de Santiago, cajas con racimos de uvas pasas de las viñas de Polonio, tomates y pimientos de la huerta de Consolación y piezas de tocino y chorizos procedentes de la última matanza de los marranos de su primo Joaquín.



Amparín tenía una extraordinaria capacidad para el sacrificio y el esfuerzo que suponía semejante tarea, que le obligaba a viajar en esas difíciles condiciones varias veces al año, pero también era poseedora de una gran sensibilidad para las relaciones personales, lo que hacia que la consideración, el respeto y el cariño que toda esa gente le profesaba, superase lo normalmente entendible para unas relaciones que eran algo mas que el hecho de un necesario y simple intercambio mercantil. En su casa, siempre había un sitio para cualquier conocido, familiar o no, que necesitara en un viaje de transición, una cama donde descansar o un plato con el que recuperar fuerzas, en el destino de la mayoría de los familiares de Minaya o Casas de Haro desplazados a la Capital para cualquier gestión, la estancia durante el tiempo que fuera necesario entre las cuatro pequeñas paredes de su casa, era de deseado cumplimiento.

Amparín murió el pasado Junio, su cuerpo le cobro intereses por una intensa, esforzada y emocionante vida, o quizás es que a Dios se le jubilaron los sabios que habitualmente le acompañan aportándole el ánimo y la luz necesaria, y ha resuelto ficharla para su equipo como si de un As del balón se tratara.

Su ultima mirada, que la fue seguro, no solo para mí, sino para todas las personas a las que ha querido, fue una mirada seductora y cómplice, pero no eran solo sus ojos los que miraban, esa seducción era toda su vida que se asomaba en bloque al exterior y como una luz de arco divergente, inundaba todo lo que era a partir de ella, y con esa complicidad daba por hecho, que compartíamos el conocimiento de que se enfrentaba a este ultimo viaje con la ventaja del jugador que juega a la vez a Negras y Rojas.

Pero, mientras tanto, entre aquellos primeros y continuados viajes y este último y definitivo, mi madre, ha vivido con una intensidad propia de las personas que como ella poseían las virtudes y los defectos de ancestrales Reyes, la Templanza, El Equilibrio y La Ecuanimidad, todo ello envuelto en un papel de regalo que era una Llaneza y Sencillez propia del más cándido y natural de los mortales, y se reconvertían filtrados por esta personalidad en continuas manifestaciones de tolerancia, bondad y comprensión, que todos percibíamos como hilos de luz desprendidos de un gran sol de una fuente luminosa inacabable.

Y por no dejar de ser al mismo tiempo, como cualquier Rey, lo mortal y vulnerable que era, sufrió y nos hizo sufrir también, especialmente cuando mi padre murió, porque durante algún tiempo ella murió con Él, y su luz se apagó, y le pudo el drama del que ella tantas vez después saldría airosa, la involuntariedad de quien de pronto sin quererlo se siente solo, de quien sin pedirlo se ve obligado a recomponer una situación impensable, no calculada, la ausencia definitiva de tu otro yo, que eres tu ti mismo y que no acabas de entender.

Toda esa fuerza moral, de la que tantas veces hizo alarde en sus años de joven viajera mercader, o mas tarde alimentando una actividad casi desenfrenada con mi padre compartiendo incansablemente relaciones amistosas y familiares, acudió a ella unos años después de la irreparable perdida, y en un extraño combinado de fuerza y melancolía, se debatió hasta el pasado Junio.

Por más que lo he intentado, no he sabido encontrar una canción que me identificara o trasladara a algún momento vivido con ella, por supuesto que le gustaba la música, pero nunca había demostrado especial preferencia por un cantante o canción determinada, le gustaba y compartía con agrado lo que les gustaba a los demás. En uno de los últimos traslados que hicimos juntos al hospital, sonaba en el coche algún fragmento de Rigoletto, por un momento pensé dedicarle una de las mas bellas arias jamás escritas y localicé al instante “Car Nome”. Sin hacer comentario alguno la deje sonar hasta el final, y después de un breve silencio me dijo: “hijo, yo no entiendo, pero esta canción que has puesto, me ha gustado mu
cho”


                       

15 de diciembre de 2007

Dulce, Dulcísima.


“Sé eu soubesse que morrendo, Tu me habías de chorar, Por una lágrima tua, Que alegría, Me deixaria matar”. Sublime texto con una extraordinaria carga emotiva y poética.

“Lágrimas” interpretada por Dulce Ponte forma parte del activo musical, que tan celosamente, guardo para las ocasiones especiales, aunque lo cierto es que cualquier ocasión se vuelve especial, escuchándola.

En el radio-cassete del coche, escuché por primera vez a Dulce Pontes, era una voz diferente, clara y apasionada, con una gran variedad de registros, las canciones sonaban una detrás de otra, fados, tradicionales portuguesas, gallegas y angoleñas, con un estilo inconfundible, a veces un tanto exótico.

“Lágrimas” tiene una música que es tan hermosa que duele y un texto desgarrador, de los que te da un vuelco el corazón. En Dulce Ponte se dan algunas circunstancias que no hacían previsible a corto o medio plazo la posibilidad de verla en concierto, y de momento me bastaba con oírla a través de sus grabaciones.
En los primeros días de cada año se me agolpan las celebraciones, el 6 “los Reyes”, el 12 San Alfredo y el 16 mi cumpleaños, lo cual no sé, si es bueno o malo, ya que la capacidad de recuperación económica de los míos no es ilimitada, lo que les hace agudizar el ingenio más si cabe. En esta ocasión como en todas las demás, su generosidad y su acierto fueron manifiestos, y entre otros muchos regalos me encontré con uno que me hizo especial ilusión, unas entradas para el concierto que daría el próximo mes de febrero Dulce Pontes  en el Palau de la Música de Valencia.

El concierto fue una agradable sorpresa, pues si ya le conocía sus facetas como cantante, su puesta en escena e interpretación fueron de una exquisitez y sensibilidad extraordinarias, un homenaje a la tierra y sus gentes, con el que nos deleito durante todo el concierto. Años mas tarde, en el Palacio de Congresos de Castellón, presentó su último trabajo “O caraçào tem três portas”, mas de 150 minutos de un directo espectacular, en el que se mezclaron (como siempre) la intimista melancolía del fado y la feliz alegría de algunos de sus temas populares, cantante indiscutible que tanto en sus grabaciones como en sus conciertos magnetiza e ilusiona, recomendación especial para el tema “Há festa na mouraría” del que además de tocar el piano en autora de los arreglos.

                                                

7 de diciembre de 2007

París, Texas

Siempre me ha preocupado y ocupado desarrollar iniciativas que mejorasen las posiciones de nuestro colectivo profesional con respecto al gran público, la elección de un estilo determinado de mueble, en este caso el mueble moderno y de vanguardia, no siempre ha facilitado el entendimiento con la mayoría de los consumidores, que generalmente se ha identificado mas con el Amueblamiento y la decoración clásica, convencional y excesivamente ornamentada. Salvo un puntual periodo de tiempo a principio de los años sesenta, en el que un mueble de trazos y formas limpias, de procedencia mayormente escandinava tuvo una gran acogida entre los consumidores, incluso propiciando cambios anticipados en el mobiliario existente, del que en principio se esperaba mayor vigencia.
Esa tendencia duró lo que duraron los sesenta y de nuevo en los siguientes veinte años nos vimos sumidos en la mayor apatía, sosez y aburrimiento en cuanto a propuestas de vanguardia importantes se refiere, lo que propició un distanciamiento entre el usuario, de nuevo acomodado en un clasicismo excedido y falso y los decoradores de estilo moderno o contemporáneo, que nos empecinábamos en mantener en nuestras exposiciones lo último de Miquel Milá o André Ricard, asumiendo inconscientemente el difícil compromiso de culturizar al consumidor final, la escasez de revistas especializadas en diseño moderno, tanto de mobiliario como de interiorismo y por otra parte la abrumadora influencia de otras muchas publicaciones de contenido vulgar y con la máxima del “Háztelo tú mismo”, hizo peligrar la existencia de muchos establecimientos dedicados exclusivamente a la venta y promoción del mueble y objetos de diseño moderno.
Esta inquietud era compartida y frecuentemente comentada por algunos profesionales del Sector, creíamos conocer el problema y sabíamos que estábamos perdiendo posiciones aceleradamente ante otras propuestas menos especializadas, pero indirectamente mejor respaldadas.
Básicamente las diferencias de nuestro trabajo respecto al de otros establecimientos simplemente expendedores de muebles, son, por un lado, un estudio pormenorizado del espacio a intervenir, con soluciones vinculantes entre el respeto por las zonas de transito, el diseño y la ubicación de los muebles en función de su uso inmediato y cotidiano, la coordinación de elementos y materiales con los que encontrar un perfecto equilibrio, en definitiva en ese momento, era imprescindible trasladar al futuro cliente conceptos y valores para ellos desconocidos, pero aconsejables para la obtención de una calidad y comodidad en un hábitat que podían disfrutar o padecer en función de cómo y a quien planteasen el Amueblamiento de su Casa.
La idea de editar nuestra propia revista, fue tomando fuerza a medida que compartíamos el Proyecto con otros Decoradores y con algunos fabricantes a los que inevitablemente invitamos a participar. El grupo de cinco Tiendas que inicialmente creo y respaldó esta iniciativa estaba formado por Arco Interiorismo, Casa Mobiliario, Espai Jove, Núñez Mobiliario y Criterio, representados a su vez por Salvador Villalba, Salvador García, Juan José Núñez, Regina y yo respectivamente. Para legalizar la operatividad del grupo creamos una Sociedad con carácter de Fundación y sin ánimo de lucro que denominamos “Interiores en Valencia”. 

El Diseño y la Maquetación del primer ejemplar corrió a cargo de Ángel Fuentes, publicista de moda que ya había desarrollado la imagen corporativa de alguno de nosotros, en el interior se combinaban páginas con publicidad, reportajes fotográficos de nuestras tiendas, presentación de novedades o productos singulares y varios artículos sobre iluminación, tapicería de vanguardia o diseño en general, en la colaboración de estas aportaciones técnico-literarias participaban, Manolo Villalba de Sayma Iluminación, María Cardoner de Marieta y Javier Mariscal que además diseñaba la portada con una visión muy particular de algunos edificios emblemáticos de la capital valenciana.
Salvador Villalba y yo, asumimos el compromiso de gestionar con los fabricantes su colaboración, explicándoles con la maqueta en la mano los detalles de este primer ejemplar, negociando su participación en función del tipo de producto que fabricaban y de cómo estaría éste representado. Al margen de cualquier resultado obtenido, que dicho sea de paso fué altamente satisfactorio y con un índice de adhesión impensable. Salvador y yo, consolidamos durante ese periodo una entrañable amistad.
Nuestro primer viaje fué al País Vasco, iniciamos el recorrido de consultas en Zarautz, donde la firma donostiarra Arruti, presentaba una nueva colección de Muebles diseñados por Jordi Teixidor y M. A. Ciganda, en dicho acto coincidimos con otros colegas del sector de la provincia de Alicante, que ya habían oído hablar de nuestro Proyecto, lo que nos sorprendió doblemente pues no solamente se interesaron por conocer los detalles, sino que además nos pidieron formar parte de él, la solicitud nos extrañó pues, se trataba de dos tiendas importantes, Elías Bernabé de Petrel y Zoilo de Elche, dos establecimiento muy identificados con el mueble de vanguardia y de reconocida solvencia, evidentemente la respuesta no dependía únicamente de nosotros dos, pero estábamos convencidos de que la solicitud obtendría el beneplácito del resto del grupo, primero por la entidad y prestigio de los dos solicitantes y segundo porque nos mostraba una perspectiva que hasta ese momento no habíamos contemplado, la de ampliar el colectivo de Interiores en Valencia, a otros profesionales ubicados en otras poblaciones de la Comunidad Valenciana.
En ese mismo viaje obtuvimos la adhesión de otros fabricantes de Orduña, Azpeitia, Azcoitia, Lasarte y San Sebastián.
La experiencia de la Revista, y sobre todo los viajes fortalecieron y desnudaron mi amistad con Salvador, al que necesite y encontré años mas tarde, justo en un difícil momento en el que mis relaciones con Regina, por primera vez se tambalearon de forma seria y preocupante. Padeciendo una tremenda confusión y descolocado por una, hasta el momento desconocida y dramática ansiedad, necesité alejarme de esa situación complicada y aparentemente irreversible, para intentar desde la distancia, verla con una mayor amplitud que me permitiera tomar decisiones razonadas y razonables, le pedí a Salvador un pequeño espacio en su casa para recogerme y reflexionar y él sin mediar pregunta alguna e incondicionalmente la puso toda a mi disposición. 

Durante mi estancia en su casa, un apartamento de dos alturas en una urbanización de adosados en la playa próxima de El Saler, Salvador se ausentó unos días para disfrutar de unas cortas vacaciones en New York.A su regreso, y entre un gran numero de objetos de diseño, ropa, revistas de arquitectura interior y discos, seleccionó entre estos últimos, uno de difícil localización entonces en España, que me ofreció como recuerdo de la que él, deseaba una corta y clarificadora estancia en su casa, se trataba de la banda sonora original de la película del inefable y controvertido Wim Wenders: “Paris Texas”, me la recomendó como un disco imprescindible para alguien que con un mínimo de sensibilidad, percibiera en su música emociones y estímulos edificantes, y así desde la percepción de tanta belleza, desdramatizar cualquier otra situación por muy compleja que pareciese.

La música de Ray Cooder, así como la película, que pude ver más tarde en un monográfico que sobre el director se programó en la Filmoteca Valenciana, fue todo un descubrimiento, inolvidable la escena del reencuentro de Travis (Harry Dean Stanton) con Jane (Nastassja Kinski) a través del cristal de los privados del Club de Alterne, con la versión acústica de la canción mixteca de fondo sobre el denso y emocionante monólogo de Travis. Un disco eminentemente acústico con unos solos de guitarra originales, arrastrando unos acordes armoniosos, plenamente descriptivos cuando los sitúas en el entramado de la película. De haber sido un cuadro, este habría sido una de las más grandes obras abstractas de todos los tiempos.

Recordaré solo una anécdota entre otras muchas, de aquellos viajes con Salvador, una noche en Zarautz y una vez alojados, decidimos salir a tomar una copa a un bar frente al Hotel, era un local sombrío, con una barra acogedora y excelentemente surtida, muy concurrido en ese momento, tanto que nos costó abrirnos paso entre los parroquianos que se despachaban a gusto con sus claros, zuritos y pintxos, ocupando la barra y los pasillos, una vez ubicados al final del local y consumiendo un serio “Gin-Tonic”, comentamos con extrañeza la dificultad que habíamos tenido para acceder en busca de un rincón libre en la barra, así como un insistente e incomodo acercamiento físico que inexplicablemente estábamos padeciendo de nuestros inmediatos contertulios, una rápida mirada a nuestro alrededor y nos dimos cuenta, que las señas de identidad que decoraban las paredes del bar evidenciaban una clara tendencia del mas duro carácter abertxale.
Salvador era un tipo alto, atractivo, de mirada altiva y segura, con el pelo engominado hacía atrás y esa noche, con la gabardina de cuello subido, perfectamente aparentaba un alto cargo de la policía nacional de paisano. Salir de allí nos costó interminables minutos sorteando a aquellos individuos, que con una sutil provocación y seguramente confundidos con nuestro aspecto, nos obligaban al incomodo e insolente roce físico dificultando nuestra salida a través de los diferentes grupos de simpatizantes batasunos que llenaban el local.

Al viaje al País Vasco, le siguieron otros con el mismo objetivo, Cataluña, Comunidad de Madrid y Comunidad Valenciana, donde las adhesiones se sumaron en la mayoría de las visitas, así como las propuestas de participación por parte de otros compañeros profesionales del sector.


6 de diciembre de 2007

24 horas de Le Mans y otros.



La afición de Ramón Paredes por el automovilismo, me aproximó a este mundo de pilotos, marcas, circuitos y competiciones que tiene el máximo exponente en las carreras de Formula 1.
Ramón competía regularmente en Rallyes de ámbito regional, y aunque también participó en alguna competición puntuable para el campeonato nacional, sus mejores clasificaciones las obtuvo en las programadas para la Comunidad Valenciana, de la que llegó a ser Campeón en repetidas ocasiones, su “Alphine 1.100” de color verde, era una clara referencia en las largas jornadas de día y noche, para los que le acompañábamos, formando un equipo de asistencia o acompañamiento de lo más alternativo, al frente del servicio técnico estaba el personal mecánico de “Talleres Parra”, para la logística, información de tiempos y avituallamiento le acompañaban, incansables Salvador y Alberto Alcantarilla, y Regina y yo le proporcionábamos el apoyo moral y la compañía, que en ocasiones menos afortunadas necesitaba como consecuencia de roturas, salidas de carretera o malas clasificaciones.

Asistimos al estreno de la película “24 horas de Le Mans”, convencidos de que un argumento tan monográfico como aquel, relacionado directamente con el mundo de las carreras, y al menos, por el valor documental que podría tener, nos iba a entretener, pero mi sorpresa fue mayor cuando descubrí, que por encima del documento cinematográfico que esperaba ver, estaba una excelente película, con una relación entre los protagonistas difícil y apasionante y una interpretación formidable de Steve McQeen, pero lo que mas me impresionó fue la banda sonora de Michael Legrand, sinfonías y escenas que se materializan siempre que veo y oigo el ruido ensordecedor de esos “bólidos” con motores de gran cilindrada compitiendo en cualquier circuito del mundo.

El Gran Premio de Formula 1 de España se celebraba ese año en Barcelona, en un circuito acondicionado para tal acontecimiento que eran las avenidas que accedían a la montaña de Montjuic.
La ilusión por presenciar una competición de esta magnitud me hizo planear la forma de poder asistir, pero con una perspectiva que no por ser más ambiciosa, resultaba menos viable.
Solicité en la Delegación de la O.J.E. de Valencia, un pase de prensa con la intención de acceder al recinto, por donde suponía, que una cartulina con la palabra “Prensa” en grandes caracteres, llena de cuños, y acompañado de un aparente maletín con material fotográfico, la Minolta y teleobjetivos al hombro, no alertaría a un empleado cansado de ver identificaciones diferentes de todos los medios especializados nacionales e internacionales, y con la candidez y atrevimiento propios de la adolescencia viajé a Barcelona.
Tal y como yo había deseado que sucediese, fui superando los diferentes controles, hasta convalidar en la Sala de Prensa del Circuito mi aparente pase de reportero por otro complementario de libre circulación, resulto tan extremadamente fácil que no salía de mi asombro.
El Gran Premio lo ganó el ingles Jackie Stewart al volante de un “Matra Ford”
Recuerdo haber fotografiado en la zona de “Boxes” a pilotos como Graham Hill, Emerson Fittipaldi, Mario Andretti o James Hant y sobre todo a un emblemático personaje, ya anciano con una gran gorra a cuadros escoceses, levantando la bandera de cuadros negros y blancos en las llegadas, llamado D. José Mª Padierna, Director de Carera y más conocido como “Conde de Villapadierna”

Esa tarde de domingo, finalizaba la Liga Nacional de Fútbol, y el Valencia que jugaba en el estadio de la Av. De Sarriá de la Ciudad Condal, era un serio aspirante al titulo, aprovechando la estancia en Barcelona, por la tarde, y una vez finalizadas las diferentes pruebas automovilísticas, me dirigí al estadio españolista, con la intención de repetir una experiencia similar, tanto la entrada por la puerta de autoridades, por donde accedía la prensa, como y una vez dentro, al terreno de juego, me resulto igualmente fácil, y después de circular libremente por el césped, haciendo fotos a los jugadores de uno y otro equipo, me posicione como era costumbre, detrás y a ambos lados de las porterías. El Valencia perdió, jugando un pésimo partido, pero un empate compartido entre sus dos inmediatos seguidores, también aspirantes al título, el Atlético de Madrid y Barcelona, permitió al Valencia conseguir el preciado Trofeo.
Las Pruebas de “Formula 1”, se simultaneaban anualmente entre los dos circuitos que entonces existían en España, El “Urbano” de Montjuic y el recién inaugurado del Jarama próximo a Madrid, este último con carácter permanente, y estableciendo oficialmente la sede competitiva del Real Automóvil Club de España, hoy para los grandes premios, en Cataluña, el Circuito de Montmeló, ha sustituido al de Montjuic, y se han incorporado los de Jerez y Cheste en Valencia.
Años, mas tarde repetí la experiencia con idéntico resultado, esta vez en el circuito del “Jarama”, otro Gran Premio de Formula 1, en una mañana apasionante, de nuevo, las credenciales obtenidas me permitieron la libre circulación por todo el recinto, puse a trabajar a mi “Minolta SR101”, y esta vez los diferentes objetivos, buscaban entre los detalles constructivos del “coche”, los esfuerzos de los mecánicos en el ejercicio, mil veces repetido del cambio de neumáticos o la mirada concentrada de los pilotos y en la distancia, los movimientos monótonos y aburridos de algunos componentes de la Guardia civil encargada del orden, que solo recobraron la tensión en el momento que el helicóptero que transportaba a los príncipes Juan Carlos y Sofía tomaba tierra.
Esta vez subió al podio Niki Lauda al volante de un Ferrari. A Juan Carlos lo recibió entre un grupo de autoridades, un Jackie Stewart esta vez vestido de paisano acompañado del piloto español Alex Soler Roig que había abandonado la alta competición ese mismo año. El Príncipe compartió con los dos pilotos, durante largo tiempo el desarrollo de las carreras, así como algunos pormenores, recuerdo sus gestos infantiles simulando la conducción de un coche girando las manos sujetas a un imaginario volante.




Por la tarde jugaban en Madrid en el estadio Vicente Calderón el Atlético de Madrid y el Barcelona, pensé que si lo conseguí una vez por que no intentarlo de nuevo. El acceso al estadio fue fácil, pero la libre circulación por el terreno de juego estaba restringida a unas credenciales personales e intransferibles, que evidentemente yo no poseía. Cuando después de intentar el acceso me retiraba a un lugar en las gradas donde ubicarme, alguien que casualmente había presenciado mi insistencia, me llamó desde el césped, era el periodista José Maria García, entonces controvertido reportero a pie de campo, me proporcionó una entrada que todavía conservo y con un gesto de desaprobación hacia el empleado colchonero, le instó a que diese por buena la credencial que yo, le iba a presentar, con José María García estaba su entonces colaborador Joaquín María Puyalt, con los que compartí un momento de agradecimiento.

Un poco de Puccini...



Hay momentos sublimes, situaciones en las que se dan unas circunstancias tales que las hacen irrepetibles. Reconozco que empiezo ha tener una pasión desmedida por la música de Puccini, pero ¿hay acaso, algo tan extraordinario como la conexión cerebral y emocional que se establece cuando participas de la apasionante ceremonia de una Opera? ¿Puede nuestro adulto corazón resistir tanta belleza sin romper en un inevitable llanto por tanta felicidad?

Algunas, han sido las representaciones a las que he asistido, naturalmente siempre acompañado por Regina, decir que hemos visto no sería acertado, porque es algo mas que una meticulosa y atenta visión, diría que hemos compartido con directores, músicos e interpretes, y por supuesto con el espíritu de los autores, a los que dicho sea de paso sientes muy próximos, una especial comunión que te hace disfrutar sin pudor y entregado a cada overtura, aria, dúo, intermedio, coro, etc. pasajes de contenido tan bello y conmovedor, como a la vez trágicos y complejos.

Nuestra primera ópera fue “La Traviata”, el Teatro Principal de Valencia se vistió de gala para la producción compartida del Scottish Opera y La Zarzuela de Madrid, con una mágica puesta en escena de Nuria Espert, y bajo la sobresaiente batuta del maestro Galduf. Repetimos título mas tarde en el Palacio de Festivales de Cantabria en Santander con la dirección musical de Marco Armiliato y Maureen O’flynn como Violetta. El año siguiente en el mismo Palacio vivimos una apoteósica “Tosca” con Isabelle Kabatu, dirección musical de Marco Armiliato y de escena de Roberto Laganá, Una vez más “La Traviata” en el Teatro Principal de Castellón, “La Boheme”, con Aquiles Machado y la soprano Leontina Vaduva, dirigidos por Tiziano Severini, “Suor Angélica” y “Gianni Schicchi” formando parte del Festival Puccini que el Palau de la Música de Valencia celebró como homenaje y en torno al compositor de Lucca, “Turandot” en el Teatro alla Scala de Milán, (acontecimiento del que ya hay cumplida información en estos recuerdos). En el 48º Festival Puccini en Torre del Lago (Lucca) vivimos dos inolvidables noches con sendas representaciones, “Madama Butterfly” con una Mina Tasca brillante, tan brillante como esta ópera, una de las mas apreciadas por su autor, y “Tosca”, con Antonia Cifrone, soberbia a la que el incondicional publico toscano, le aplaudió hasta conseguir un “bis” del famoso y entrañable “Vissi d’arte” dirgidas por Steven Mercurio y Roberto Tolomelli respectivamente.

Estas dos representaciones estuvieron llenas de alicientes añadidos, la visita unas horas antes a “Villa Puccini”, actual Templo Mausoleo del compositor y residencia elegida y reconstruida por él, para pasar la mayor parte de su vida, justo delante del magnifico Lago Massaciuccoli fue muy estimulante, el casual y divertido encuentro con Simonetta Puccini, y el contacto posterior con ese su pequeño espacio vital que tanto le motivó a crear las inspiradas e inmortales páginas musicales de “Madama Batterfly”, “Manon Lescaut” o “La Fanciulla del West”. Sus imagines, su música y su espíritu nos acompaño en toda nuestra estancia en la Toscana.

Mina Tasca y el tenor mejicano Alfredo Portilla nos volvieron a elevar al firmamento lírico en una nueva y sublime representación de la tragedia japonesa en el Palau de la Música de Altea, con la atenta mirada y puesta en escena de Lindsay Kemp, hicieron las delicias de los que llenamos el Auditorio Alteano. ¿Qué decir del coro a “boca cerrada”? Una genialidad más del gran compositor.

En esta corta estancia en la Toscana tengo inevitablemente que detenerme y a la vez recrearme en un hecho que sucedió de forma totalmente casual, en la obligada visita a la casa donde nació y vivió Giacomo Puccini en la ciudad de Lucca, la vivienda, preparada para los visitantes con un recorrido lógico y ordenado te conducía a través de las diferentes estancias exponiendo un variado catálogo de enseres y testimonios personales, mobiliario, vestuario y otras pertenencias de los Puccini, bocetos o simples escritos amistosos, ejercicio epistolar éste, al que el Maestro era gran aficionado, cartas a su mujer Elvira, a su hijo Antonio y a su editor Ricordi, mostrando su preocupación por el desenlace o situación de algunos de sus trabajos, así como innumerables partituras autografiadas, entre las que destacan las de la “Messa a Cuatri Voci”, “Capriccio Sinfónico” o “Turandot”.

La última habitación del emocionante paseo era un Saloncito en cuyo centro destacaba con un impresionante acabado en laca negra brillo el piano Steinwey, donde Puccini compuso entre otras su última e inacabada ópera Turandot, el encuentro con tan entrañable instrumento coincidió con la emisión por los altavoces de ambiente, del fragmento de La Boheme “Che Gelida Manina” inconscientemente y como movido por un incontrolable resorte muscular, extendí la mano sobre el teclado, permaneciendo unido a través del suave tacto de las yemas de mis dedos con las minúsculas teclas de blanco nacarado, durante unos cortos e inolvidables minutos, inexplicablemente nadie entró en esa habitación durante ese espacio de tiempo, resultó imposible controlar las emociones, me imaginé por un momento al Maestro sentado en su taburete, desbordando las partituras vacías, en una locura de notas, manteniendo a la vez un pulso dramático y un instinto teatral, modelando la que podría ser una de sus más famosas operas, composiciones estas, que en definitiva han hecho de Italia el centro de la Opera mundial.

Quiero destacar de este viaje, por un lado la enriquecedora estancia en Lucca, magnifico tesoro arquitectónico de calles milenarias, iglesias que esconden o enseñan valiosísimas manifestaciones artísticas y culturales, las famosas torres que se elevan por encima del cielo luccense, plazas grandes y pequeñas y en especial la del Anfiteatro construida sobre el interior y ruinas del viejo coliseo romano, quedando el espacio oval de la arena como una bella y entretenida zona peatonal, ubicándose en su perímetro algunos de los más atractivos comercios y terrazas, donde reponer fuerzas de paseos que no desearías acabaran nunca, mercados realmente bellos e interesantes, una gastronomía exquisita y unos productos autóctonos como los vinos, vinagres o aceites, suficientes para deleitar los más exigentes paladares del Mundo.
Y por otro, la visita al Centro de Documentación Marino Marini, ubicada en el Palacio del Tau en Pistoia, la contemplación de sus esculturas, aguafuertes, cientos de dibujos dedicados especialmente a la figura del caballo, la famosa escultura y su maqueta en barro original del rostro de Igor Stravinsky, su taller privado lleno de útiles de trabajo que habitualmente permanece cerrado al público, y que nosotros tuvimos la suerte y el privilegio de presenciar, un espacio escénico entrañable para la Obra del mas famoso escultor contemporáneo pistoiese.

1 de diciembre de 2007

¡Puta Mili!


El servicio militar era un acontecimiento que, lejos de ser una experiencia provechosa en la que durante un tiempo razonable nos aproximáramos al peculiar mundo de las estrategias, del conocimiento del material bélico, de la preparación para los desfiles o la disciplina castrense, que no era mayor ni menor que las que algunos soportaban en las fabricas, las oficinas o el campo, y otros se imponían a sí mismos en sus estudios para obtener con éxito oposiciones y exámenes, se convertía en una carrera de despropósitos en la que los mas espabilados y recomendados obtenían licencia para ausentarse, y pasados los tres primeros meses de instrucción, las instalaciones cuartelarias quedaban ocupadas por soldados con el único objetivo que repartirse innumerables guardias, en las que vigilantes de un hipotético peligro que podría acecharnos y que obviamente jamás se producía, uno tenía la sensación de estar perdiendo el tiempo, mientras tanto el resto de la “quinta”, fontaneros, carpinteros, jardineros, etc. liberados de su permanencia en el cuartel, por no se sabe que artículo, se ocupaban durante unas horas a la semana, de reparar y cuidar las residencias particulares o de verano de los respectivos jefes y oficiales.

Ni siquiera puedo entrar a valorar como una característica innata positiva, el típico tópico de que por lo menos en “la mili”, se hacen amigos de verdad y para toda la vida, pues lo cierto es que los amigos lo son, exactamente igual que los del barrio, la escuela, la universidad, el taller o la oficina, y unos lo son mucho, otros menos y otros ni siquiera lo son, a muy pocos los frecuentas en los años posteriores y a solo unos cuantos los recuerdas durante algún tiempo.

Recuerdo con especial cariño un soldado de mi propia reclutada, natural del pueblo navarro de Falces, trabajador del campo y cuyo nombre Liborio parecía que ya lo decía todo, su aspecto a pesar del uniforme no distaba mucho de la caricatura que nos llegaba de los grotescos personajes cinematográficos del cine de Ozores y Leblanc de hacía unos pocos años, sin embargo Liborio era un hombre de una madurez y sensibilidad por encima de la media, su falta de conocimientos enciclopédicos, los compensaba con creces con su peculiar llaneza y obviedad de hombre comprometido a la vida a través de la naturaleza, su pueblo, su campo y sus animales, él no tenía ninguna intención de demostrarlo, era fiel sin proponérselo, su aparente introversión y discreto distanciamiento de los grandes grupos en los momentos de expansión, no era sino una previsión de seguros y desagradables encuentros con los “superdotados capitalinos” que consentidos por parte de la suboficialia de rango inmediato superior, y con una soberbia y vanidad injustificable abusaban de la candidez o indefensión de los Liborios de turno.

José Manuel Cevallos era otro recluta indefenso, moreno con el cabello negro y liso, durante su estancia se dejo crecer un bigote corto, su reclutada, hacía el periodo de instrucción, al tiempo que yo, ya veterano, pasaba horas interminables limpiando el coche del capitán de turno, o llevándole la prueba de la comida al General en su despacho de Jefatura, platos que a la mayoría de las veces ni siquiera miraba.

José Manuel vivía en Torrelavega, una población próxima a Santander, la distancia geográfica con su casa le obligaba a permanecer en el cuartel la mayoría de los fines de semana, como a muchos que viviendo y trabajando en Gerona, Navarra, Lugo, etc. inexplicablemente, los desplazaban durante mas de un año a otro lugar, lejos de su familia y su trabajo, incorporándolos a un colectivo en el que el tedio, la displicencia y la angustia a causa de un trato cruel y arbitrario era el único activo, de un balance, con un resultado en algunos casos lamentablemente dramático, sin entrar a valorar el consiguiente deterioro patrimonial y profesional que significaba una ausencia tan prolongada.

José Manuel y yo, después de compartir muchas horas de ocio, llegamos a intimar, él, era un joven discreto y culto, al que además el distanciamiento de su tierra y de los suyos le afectaba de forma especial, la ecuanimidad y desenfado con el que yo trataba a los aspirantes a soldados, o incluso una vez siéndolos, indistintamente de la reclutada a la perteneciesen, o del servicio que prestaban, facilitaba el acercamiento personal, sobre todo de aquellos, que por su clase social, o por la debilidad moral que suponía las prolongadas ausencias, recibían indiscriminadamente, un trato poco estimulante y alentador.
Parecía inevitable que alguno de aquellos compañeros que encontraron cierto alivio y protección en los que como yo, les respetaban o acompañaban en momentos incómodos, mostraran su agradecimiento de múltiples formas.

José Manuel me invitó a pasar unos días en su casa y conocer a sus padres, convinimos en aprovechar un corto permiso en el mes de agosto, para que yo le llevara con mi coche, y después de tres o cuatro días regresara yo solo.
Conocí a su familia y a sus amigos y fue un anfitrión inseparable durante mi corta estancia, organizó excursiones para enseñarme los Picos de Europa, pueblos como Potes, Santillana del Mar o San Vicente de la Barquera, incluido un partido de fútbol correspondiente a un trofeo veraniego entre el Racing de Santander y un equipo extranjero. Una tarde que tuvo que atender un asunto familiar me sugirió que yo solo, visitara las poblaciones costeras de Castro Urdiales y Laredo.

Todo el viaje, desde Valencia, nos había acompañado un magnetófono de bobinas Marca Grundig TK6L, que también funcionaba con pilas, pero esa tarde, que resultó ser una aventura apasionante, sonó, una y otra vez la cinta con la grabación que había hecho días antes de “In the court of King Crimson”, el pequeño viaje, pausado y lento a través de caminos comarcales, atravesando bosques y poblaciones como Valdecilla, Solares o Colindres, crecía y decrecía al son de los solos de los instrumentos de percusión, de viento o de cuerda, con los que me obsequiaban los chicos de Robert Fripp, y que por la técnica del rebobinado interpretaban incansablemente.
Anocheció a la vuelta y lo que empezó siendo una ligera llovizna, se convirtió en una intensa lluvia que imprimió al regreso un carácter menos distendido, los bosques parecían mas extensos, y las poblaciones mas distantes, su incesante golpeo sobre el coche y el reflejo de sus cortinas de agua sobre los árboles, añadía a la conducción matices siniestros, y mas entrada la noche su reflejo en la densa vegetación adquirieron unos tintes fantasmagóricos, las melodías descriptivas de los Crimson, parecía que se ubicaban en un espacio escénico similar al que estaba viviendo, como si todo aquello, fuera la interpretación de un drama cinematográfico, cuya banda sonora nos preparaba para un final de desenlace glorioso.
Llegué justo para la cena, aliviado por no haber creado ninguna preocupación a mis anfitriones, que compartieron con curiosidad mi particular escenificación de la citada experiencia.

29 de noviembre de 2007

Para Alfredo "Senior"



“Malagueña”, era la canción con la que mi padre animaba las fiestas familiares. En su familia, destacaban algunos componentes por sus cualidades para la lírica, mi padrino Alfredo y mis tíos Vicente, Carmen y Trini formaban parte de una coral que participaba regularmente, en los festivales de Habaneras de Torrevieja.
Lo cierto es que a mi Padre no le recuerdo tantas excelencias musicales, pero sí era un gran cómico, me lo imagino destrozando la canción con una versión histriónica, haciendo q
ue la concurrencia se destornillase de risa.


El primer tocadiscos que tuvimos en casa fue una pequeña maleta roja marca Philips, sus dos partes se separaban entrelazadas por un cable que alimentaba el correspondiente a los altavoces, dejando al descubierto el giradiscos y su brazo. El lote vino acompañado por unos vinilos de tamaño mayor al normal, con unas fotos en las portadas muy representativas y unos títulos que solamente había oído tararear en algunos encuentros familiares.

A partir de ese momento “Bohemios”, La Revoltosa” o “la Canción del Olvido”, se convirtieron en un fondo musical cotidiano. Mi afición por “La Zarzuela” aumentó cuando asistí frecuentemente a las representaciones que los domingos por la tarde se daban en el Teatro del Colegio del Patronato, donde además cursaba estudios primarios. Recuerdo las inconfundibles melodías que surgían de los grupos de cuerda, unos violines y chelos mas que regulares con sonido a madera y olor rancio, una orquesta muy limitada que reunía a entrañables ancianos, tenores, sopranos o barítonos a los que siempre recordare con trajes sacados del “fondo de armario” del teatro. El campesino vestido de pana de “El Caserío”. La mujer triste ataviada de seda negra de “La Dolorosa” o los coloristas y volantineros de Casta y Susana de “La Verbena de la Paloma”. Y sobre todos ellos, al Actor Mora, el único del que recuerdo el nombre, que daba vida a los personajes cómicos de las Zarzuelas.

Domingo tras domingo y desde lo alto del “Gallinero” fui familiarizándome con las situaciones, los personajes, los preludios y los intermedios, los títulos y sus autores. Ese, fue sin duda el poso que sedimentado durante mucho tiempo, me ha permitido demasiados años más tarde apasionarme por la Opera. Del comentario anterior podría desprenderse que mis conocimientos de la opera son amplios y precisos, pero la realidad es que mi introducción en este mundo esta limitada de momento y de forma particular a algunos autores italianos, Puccini y Verdi, son entre otros, a los que mejor y más fácil acceso he tenido.

En alguno de mis viajes a la feria de Milán, paseando por la puerta del “Teatro Alla Escala” soñaba con la posibilidad de coincidir algún año con la representación de alguna de mis Operas favoritas.
Durante algún tiempo estuve siguiendo de cerca la programación y comprobando año tras año, que no se daba esta circunstancia, valorando por supuesto, la enorme dificultad que supondría, que aún en el caso de que se diera, tendría para la obtención de las entradas.

A la compra por correo del libro que editaba el Teatro, con la programación anual de la temporada lírica, le sustituyó, el inmediato acceso a su página Web a través de Internet y de esta forma obtenía una más completa y puntual información. En una de mis visitas a la citada página, comprobé con enorme sorpresa una representación de “Turandot”, prevista para la primavera próxima, y aunque por unas semanas no coincidía con las fechas de la Feria, acaricie la posibilidad de cambiar el objetivo del viaje dándole un carácter más lúdico y menos profesional. Todavía quedaba lo más difícil... conseguir entradas para el evento. Fui desestimando la opción de conseguirlas por mis propios medios, y también la de obtenerlas por mediación de amigos y conocidos en Milán.

Casualmente la citada representación tenia además unas connotaciones especiales, La dirección musical corría a cargo del famosísimo Sínopoli -desgraciadamente falleció unas semanas antes mientras dirigía una opera en Berlín- la Dirección artística, era obra del japonés Keita Asari, que ya había impactado la temporada anterior con su puesta en escena de “Madame Butterfly”, y que junto al tenor Nicola Martinucci, las sopranos Alexandra Marc y Cristina Gallardo y el bajo Andrea Papi, hacían de la representación un exquisito bocado para los paladares operísticos, más exigentes del Mundo. Recordé la eficacia de otros viajes organizados por “El Corte Ingles” y pensé que planteado como un paquete que estuviera compuesto por el traslado, la estancia y las entradas, quizás habría alguna posibilidad, formulé la petición, y esperé paciente.

Tres meses más tarde, cuando el asunto por mi parte estaba olvidado, recibí un fax con un presupuesto global de una opción remota pero viable, condicionada a la inmediata aceptación de dicho presupuesto.

El taxi nos dejó a Regina y a mí, en la puerta del teatro, era muy pronto, no obstante el acceso ya estaba permitido, queríamos vivir intensamente esas horas. Mirando, tocando y leyendo todo lo que se ponía a nuestro alcance, paseamos durante largo tiempo entrando a través de corredores en palcos, platea, vestíbulos, nos deteníamos ante las esculturas, que decoraban los foyer de las diferentes Galerías: Puccini, Verdi, Toscanini, Rossini...
Ocupamos nuestros privilegiados asientos en la quinta fila de platea, recreándonos en la visión de los palcos semi-iluminados en la penumbra general de la Sala, en el inmenso telón de terciopelo rojo con el escudo del Teatro bordado en oro y la espectacular lámpara de “araña” que dominaba desde la cúpula de platea, todo era pura magia.

Empezó “Turandot”, acabó “Turandot”, y nosotros de nuevo salimos los últimos.

24 de noviembre de 2007

El Llach que más me gusta.


Lluis Llach es mi músico de cabecera. Me ha acompañado en la segunda mitad de mi vida, lo he disfrutado en mis mejores momentos y lo he utilizado para recomponerme en los peores. Sigue siendo una referencia estimulante de la que no quiero prescindir. La presencia de su música ha sido una constante en lo bueno y en lo menos bueno, me gusta el Llach letrista, pero me apasiona el Llach músico.
Lo conocí una noche en un concierto en “La Sociedad Coral El Micalet” de Valencia, eran tiempos de “Madame” y “La Gallineta”, se acababa de editar su tercer disco “I si canto trist”.Asistí, con mi amigo Ramón Paredes y su jefe D. Salvador Mir. -30 años después D. Salvador sigue siendo su jefe, pero hace tiempo que para nosotros es sencillamente Salvador-.Aquella primera noche, Salvador llamó mi atención, por su aspecto pulcro y de porte elegante, trajeado y con corbata, el pelo cortado a navaja, aterrizado no sé por que extraña razón, entre aquella panda de “rojos” con barba, incluidos Ramón y yo, que aunque con cierta disposición a la protesta estábamos mas por “Com un abre NU” que por “La Estaca”.
Aquella noche descubrí un artista completo, sus textos eran frescos y valientes, expresados con unos registros líricos desgarradores, inusuales para un cantautor “Pop”. Textos que evidenciaban mensajes de fuerte compromiso social, y a la vez tiernos y poéticos sobre los que se construían las más bellas canciones de amor por las personas y por la naturaleza.
Huelga decir que a partir de ese momento, nos convertimos en incondicionales de la Obra de Llach, comprando sus discos y asistiendo a sus conciertos. Ramón me ha vuelto a acompañar en otras ocasiones, pero mi entusiasmo por el cantautor ampurdanés, ha hecho que también quisiera compartir esta fiesta de música y sensibilidad que son sus conciertos, con otras dos personas, Regina que me acompaña siempre y José Badenes que lo hace con frecuencia.
Recuerdo especialmente, un concierto al que asistimos una noche de verano, en el Teatro Romano de Sagunto, antes de la más que correcta intervención de los arquitectos Grassi y Portaceli, actualizando rigurosa y adecuadamente el Foro Saguntino. Aquella era una noche parcialmente nublada, las estrellas se dibujaban veladamente en un cielo gris oscuro. La luna se adivinaba tapada por el caprichoso movimiento de las nubes, con un aforo inusualmente reducido, casi familiar, la Comunión de Llach con el auditorio se consolidaba mágicamente tal y como avanzaba la noche, las canciones se sucedían una tras otra, y a pesar de los incómodos asientos de piedra con la hierba crecida alrededor, el tiempo, se nos escapaba entre canción y canción, justo en el comienzo de “Abril 74” las nubes se abrieron y nos descubrieron una inmaculada imagen de la luna, un murmullo general recorrió el desnudo anfiteatro celebrando la feliz coincidencia, la sonrisa cómplice de Llach acabo siendo una mueca agradecida, en un gesto que se perdió hacía lo alto del firmamento. Nos quedó la sensación de haber sido testigos de un momento mágico e irrepetible.

                                                 

..Mariposas de Hierro


Del Pop Inglés y Americano nos llegaba la música de Grupos llamados de Rock Experimental, que componían pequeñas sinfonías con una duración mayor que los temas convencionales. Temas básicos a partir de los instrumentos de siempre o en la mayoría de los casos con la incorporación de nuevos equipos de teclados, sintetizadores, etc. Más tarde algunas de las Obras más sobresalientes se grabarían de nuevo con arreglos más ambiciosos y la colaboración de Grandes Coros y Orquestas Sinfónicas. Algunos de estos trabajos por su largo desarrollo y lo descriptivo de su contenido se les llamó “Operas Rock”
La primera canción de estas características que yo escuché fue “In a gadda da vida”, un tema contundente, repetitivo en el que la percusión y el órgano eléctrico asumían todo el protagonismo, que hasta ese momento correspondía a las guitarras.
Solíamos ir a la discoteca “Studio” la más Pop-Art de Valencia Una puesta en escena galáctica, cromados y telas con dibujos geométricos en las paredes y una obra gráfica que era un homenaje a la obra de “Warhol”. Se repetían con diferentes colores los famosos retratos a una tinta de las caras de los Beatles, Marilín y la Sopa Campbell. Con la misma técnica, retratos del Che y Mao. Una iluminación basándose en claroscuros y deslumbrantes golpes de flash, con las que transcurrían las tardes de los domingos.

Pero en aquella ocasión era de noche y día laborable, hacia tiempo que trabajaba como delineante en el Estudio del Decorador Ramiro de la Torre, y con frecuencia, coincidiendo con su santo, cumpleaños o algún éxito profesional, solía invitarnos a cenar con nuestras parejas. Con el tiempo he llegado a la conclusión de que aquellos encuentros, además de confirmar unas excelentes relaciones entre nosotros, tenían una intención filosófica muy propia de la personalidad de él. Trataba de crear momentos con un componente lúdico y al margen del ambiente estrictamente profesional que alimentase la idea de “Equipo". Situaciones estas que propiciaba creando unas relaciones desenfadadas pero a la vez de una total incondicionalidad.

D. Ramiro era un hombre culto, con grandes habilidades, tanto en su relación con las personas como con los objetos. Titulado como Profesor Mercantil y Aparejador, había centrado sus esfuerzos y conocimientos en la creación de un Estudio de Decoración, sus excelentes relaciones sociales y familiares le permitieron tener un envidiable “Fondo de Comercio” y con una extraña mezcla de técnica constructiva y creatividad se había

posicionado como uno de los mejores Decoradores del momento. Amante de la Obra y de su planimetría, que desarrollaba y resolvía hasta los más insignificantes detalles. Todo lo que tenía de riguroso con su trabajo, lo tenia de sencillo y hasta un tanto descuidado en su vida personal, recuerdo los esfuerzos de Chelo, su secretaria, para que mantuviese su guardarropía actualizada. Buen lector de revistas especializadas en temas mecánicos y científicos, recibía puntualmente entre otras la suscripción del “Reader Digest”, lo que le permitía ser un locuaz y animado conversador.

Aquella noche, de pronto sonaron las primeras notas de “In da gadda...” y como con un resorte nos levantamos a bailar. Fue media hora mágica, envolvente, un tanto ayudados por el carácter de “Fiesta” que tenía la velada y otro deshinividos por las dos o tres copas que nos hacían entrar en situación. En cualquier caso, ahí estaban los “Iron Butterfly” llenándonos de un ritmo machacón, e interminable, en ese momento todos los gestos valían, los mas rítmicos de los jóvenes y los menos ortodoxos de los “mayores”. Ese “In da gadda...” fue el punto de partida de una pequeña colección de temas especialmente raros.
Años más tarde, otra noche de día laborable, y después de las que llegaron a ser habituales partidas de Frontón, los martes en el “Jai Alai” me encontré de nuevo con el tema de los “Iron...”. Cenábamos después de la partida en el mismo bar de los Frontones. Acompañando a Vicente “Suco” o a Manolo “Don Pío” que por aquel entonces tenían una relativa actividad en el mundo del “Show-Business” terminábamos la velada tomando una copa en alguna Discoteca de moda.
Hacia unos días que habían reformado unos sótanos ubicados en la esquina de la antigua calle de Falangista Esteve y San Vicente, convirtiéndolos en la Sala de Baile “Stop” que ya entonces me pareció demasiado oscura y con una estética mas que cuestionable, pero con un formidable equipo de sonido. Al sonar de nuevo las primeras notas del “In da gadda...” sentí la misma atracción hacia la pista, pero esta vez las circunstancias no eran las mismas, y me pareció ridículo dejar el grupo y ponerme a bailar yo solo, cosa que sí hicieron unas parejas que compartían otro rincón de la Sala, reconocí entre ellos a Alfredo Mayordomo, amigo al que hacia tiempo que no veía, nos saludamos cuando terminó la canción y hablamos de ella, sus preferencias musicales tenían muchos puntos en común con las mías, y me reprochó el exceso de pudor que me había privado de esa irrecuperable media hora de baile.

A Alfredo Mayordomo me lo presentó un amigo común que conocía nuestras afinidades por la Música y por el Deporte, casualmente vivíamos muy cerca el uno del otro, y además de coincidir para oír música, decidimos formar un equipo de fútbol en el barrio. Pertenecía a una familia acomodada y tenia muy buena relación con militares de graduación del Cuartel de Ingenieros próximo a nuestra casa, conseguimos utilizar sus instalaciones deportivas, así como toda la intendencia en prendas y material deportivo. Era la época en la que él jugaba en el equipo de Rugby de la universidad y yo, en los juveniles federados del Patronato y capitaneaba el primer equipo de los Jesuitas, con lo cual, y ante tanta actividad deportiva incompatible, aquel Proyecto de equipo de barrio tenia los días contados.
Compartimos algunas tertulias culturales, frecuentaba los grupos de teatro independiente y universitario valenciano. Una tarde de Domingo estando Regina y yo recién casados, se presentó en casa con los componentes de un grupo de teatro, encabezados por Rodolf Sirera, -hoy autor dramaturgo consagrado y entonces guionista en ciernes-. Rodolfo tomaba la iniciativa, era el genio creador del grupo, de aspecto taciturno y algo siniestro, con melena y barba ensortijada, y casualmente en ese momento pareja de Merche Rull, antes novia de aquel amigo común que me presentó a Mayordomo. Estaban preparando el estreno de una Obra de Teatro Experimental que precisaba una puesta en escena diferente, algo vivo, con movimiento durante casi toda la representación, no recuerdo el contenido del guión, pero durante un par de horas, en las que dieron buena cuenta de todas las existencias de nuestra neverao., les estuve dibujando diferentes escenarios, pantallas móviles, estructuras de madera y tela, que se superponían en las diferentes escenas.
La Obra, creo, nunca se llegó a estrenar.

18 de noviembre de 2007

Cada Canción... un Recuerdo



“Cada Canción un Recuerdo”... es el título de un programa de radio que se emite desde los años 60, en el que utilizando el sistema tradicional de los Discos Dedicados, los oyentes solicitan con anterioridad y para una fecha determinada, la emisión de una canción que dedican a terceras personas, recordando algún momento especial que ambos han compartido con ese fondo musical.

Es muy difícil llevar al papel, a modo de diario, los recuerdos más significativos de Cincuenta y Cuatro años de existencia, me gustaría hacerlo con una cierta coherencia narrativa, y con algún orden histórico. No me refiero a seguir un orden cronológico, sino a que cada uno de los momentos relatados tenga un hilo de continuidad, que las situaciones, las personas y las emociones con ellas compartidas queden reflejadas con una cadencia fácil de seguir.

Lo cierto es que, si en todo este tiempo ha habido una razón que aglutine e identifique los diferentes momentos aquí recordados, esta sin duda, ha sido la Música.
El recuerdo de aquel programa de radio, me va a permitir conducir estas letras de forma fácil, aunque desordenada.

Otro aspecto de estos recuerdos sobre los que quiero insistir es su aparente tono de “Diario” es obvio que creemos escribir para nosotros solos, pero no es menos cierto, que en el fondo siempre nos queda una preocupación mal entendida, de que aquello que disfrazamos de secreto, también se pueda leer por terceros, circunstancia esta por otro lado, más que probable, y que por esta razón estos recuerdos pueden resultar algo “sesgados e incompletos”
(Un problema de memoria, o de excesivo pudor)